Su nombre es Suzanne.
Su nombre es Suzanne.

En portada

Suzanne Vega

Ángeles, ratas y el fin del secreto sobre Luka

Fotos: Ebru Yildiz

17.03.2026

Ajena a la comodidad del icono folk, Suzanne Vega regresó el año pasado con “Flying With Angels”, un álbum que es puro nervio neoyorquino y confesión a corazón abierto. Entre la crudeza de quien admite ser la niña que sufría abusos en aquella “Luka” que el star system recibió con un mutismo casi reverencial, y la fragilidad de una vida marcada por la salud de su marido tras años volcada en el teatro, charlamos con ella antes de su regreso a España. A finales de marzo visitará Barcelona (28), Pamplona (30) y Madrid (31). Es una conversación a la que asoman Bruce Springsteen, Lucinda Williams, Lou Reed, Leonard Cohen y Philip Glass.

S

uzanne Vega (Santa Mónica, California, 1959) emergió desde los bares de Greenwich Village con un oído clínico para la escena mínima y terminó facturando himnos globales como “Tom’s Diner” o esa “Luka” que, décadas después, ha confesado como una herida propia. Su debut homónimo, publicado en 1985, la situó rápido en el mapa, pero fue su álbum “Solitude Standing” (A&M, 1987) el que la convirtió en un nombre masivo. Lejos de acomodarse, Vega siguió moviéndose por registros y texturas: del intimismo narrativo al pulso más eléctrico y urbano de “99.9F°” (A&M, 1992), y de ahí a una discografía que siempre ha preferido el riesgo. Trabajos como “Tales From The Realm Of The Queen Of Pentacles” (Cooking Vinyl, 2014), inspirado en una escritura más simbólica, o “An Evening Of New York Songs And Stories” (Cooking Vinyl, 2020), grabado en el Café Carlyle de Nueva York, confirman esa curiosidad por cambiar de piel pero sin perder su identidad.

Tras años volcada en el teatro diseccionando a Carson McCullers en “Carson McCullers Talks About Love”, del director Kay Matschullat, la pandemia la pilló en un Nueva York espectral, limpiando la casa y tomando notas mientras las ratas se adueñaban de las avenidas. De ese clima de alarma –y de la zozobra personal: su marido perdió el habla tras padecer dos ictus– surge “Flying With Angels” (Cooking Vinyl-Popstock!, 2025). A través de videollamada, conversamos con una artista que, cuatro décadas después, sigue empeñada en tener futuro, y no solo pasado.

El vídeo de “Luka” (1987), dirigido por Michael Patterson y Candace Reckinger.

“Flying With Angels” llega después de muchos años sin publicar un álbum en estudio. ¿Qué tuvo que pasar para que volvieras a escribir?

Dediqué gran parte de los últimos diez años a una pieza teatral. Era un monólogo sobre la escritora Carson McCullers. A partir de ahí, también hicimos una película de la obra, “Lover, Beloved” (dirigida por Michael Tully, estrenada en 2022). Terminamos en otoño de 2019 y entonces pensé: “Por fin, ahora sí, voy a empezar a trabajar en un nuevo disco”. Empecé a prepararme… y nos topamos de lleno con el COVID. Había tomado la decisión de quedarme en Nueva York y estaba francamente tensa, la gente se estaba muriendo. Me pasaba los días limpiando la casa y tomando notas. Muchas de las canciones del nuevo álbum nacen precisamente de ahí. Temas como “Rats” o “Witch” describen ese clima de urgencia.

El título tiene algo muy protector, casi luminoso, en contraste con todo lo que cuentas. ¿Qué idea te llevó a llamarlo así?

Durante los años del COVID ocurrió algo muy duro en mi familia: mi marido sufrió dos ictus. De repente me vi siendo responsable de su salud y de su bienestar, pasando semanas en el hospital. En ese momento sentí que estaba rodeada de ángeles que me sostenían y me ayudaban a seguir adelante. También ahora, con el clima político actual, siento que los necesitamos porque las ratas están volviendo: esa agresividad, esa gente que toma lo que quiere sin importar nada. Frente a eso, necesitamos protección para seguir avanzando.

Hablabas del proceso que habéis vivido juntos. ¿Él sabía desde el principio que algunas canciones como “Witch” estaban escritas pensando en él?

Se lo conté y le puse las canciones hace tres años. Aunque nunca volverá a ser el mismo, su capacidad cognitiva ha ido regresando, y para mí era importante que lo supiera. Cuando escuchó “Witch”, me dio un abrazo muy fuerte y sentí que la había entendido. Además, en la canción usamos un sample de su voz, grabada antes de que perdiera el habla, lo que le da un valor muy especial.


“Durante los años del COVID mi marido sufrió dos ictus. En ese momento sentí que estaba rodeada de ángeles que me sostenían. También ahora, con el clima político actual, siento que los necesitamos porque las ratas están volviendo: esa gente que toma lo que quiere sin importar nada”


En el disco también hay una canción, “Lucinda”, dedicada a Lucinda Williams. ¿Qué te llevó a escribir sobre ella?

Leí su autobiografía y me gustó mucho. Eso me recordó que había empezado una canción sobre ella casi 25 años atrás, después de verla tocar en un festival. Entonces solo había escrito un par de estrofas y eran sobre su aspecto –el pelo, el maquillaje, la ropa– y ahí se quedó. Al leer su libro pensé que era el momento de terminarla, pero hablando de quién es ella de verdad, de su carácter y su naturaleza interior. Volví a la autobiografía, tomé algunas frases que ella usa para describirse y a partir de ahí cerré la canción. Probablemente es la que más tiempo me ha llevado acabar: casi 25 años.

Antes hablabas de “Rats” y de cómo conecta con lo que ocurrió durante la pandemia. ¿De dónde salen esas imágenes?

Todas las historias de “Rats” son reales. Un día escuché a una mujer hablando con su vecina y decía que las ratas, tal y como cuento en la canción, habían roído la parte de abajo de un Prius aparcado en la calle y se habían comido el asiento trasero. Así que le pregunté si podía usar su historia para la canción, porque estaba escribiendo una sobre ratas. Y me dijo que sí, claro. Durante la pandemia fue un problema serio en Nueva York.

“Rats”: clip realizado por Martha Colburn.

En “Speaker’s Corner” hablas de la importancia de tener voz en medio de tanto ruido. ¿De dónde nace esa canción para ti?

Hay algo irónico en todo esto que vuelve a tener que ver con mi marido. Ejercía como abogado, poeta de spoken word y especialista en la Primera Enmienda. Defendía a personas que protestaban y luchaban por poder expresarse, y hablábamos mucho de cómo los espacios públicos para la palabra –esos speaker’s corners donde la gente podía hablar de política, poesía o lo que fuera– estaban desapareciendo para convertirse en centros comerciales. Lo curioso es que alguien que dedicó su vida a proteger la voz de otros haya perdido la suya y sea yo quien tenga que ayudarle a recuperarla. Mientras tanto, internet funciona como un nuevo espacio saturado de ruido y desinformación, amplificado por los algoritmos. Todo eso estaba muy presente cuando empecé a escribir la canción.

¿Hay alguna historia que todavía no hayas encontrado la manera adecuada de convertir en canción?

Sí, creo que sí. Muchas canciones de este disco se escribieron hace dos o tres años, antes de la administración actual, y no esperaba que mi país acabara con el gobierno que tiene ahora. Pensé que haría lo correcto, pero no fue así. El álbum tiene un trasfondo político, pero me gustaría ser capaz de escribir una canción como la que hizo Bruce Springsteen, “Streets Of Minneapolis”. No es solo un tema político, es una buena canción. Es lo que hacía falta y ha sido muy valiente.

Hablando de canciones que de verdad funcionan, ¿qué sientes cuando vuelves a tocar temas que has interpretado cientos de veces?

¡Me encanta! Si una canción no me gusta, la saco del repertorio. Temas como “Luka” siguen siendo significativos para mí y para el público. “Tom’s Diner” se ha convertido en algo festivo: la gente canta, baila, se mueve, y eso me hace feliz. El amor nuevo en “Gypsy”, la reina cruel en “The Queen And The Soldier”… Interpretarlas hace que vuelvan a cobrar vida dentro de mí. No tiene sentido que un grupo no quiera tocar su canción más conocida. La gente paga una entrada para escucharla.


“No esperaba que mi país acabara con el gobierno que tiene ahora. Pensé que haría lo correcto, pero no fue así. El álbum tiene un trasfondo político, pero me gustaría ser capaz de escribir una canción como la que hizo Bruce Springsteen sobre Minneapolis”


“Luka” es una pieza muy especial y también muy delicada. Cuando se supo que estaba relacionada con tu propia experiencia, ¿cómo reaccionó el público y la gente de la industria?

Fue en 2019, con un historiador que trabajaba para la web del Museo de Historia de Nueva York. Vino y me dijo: “He investigado y sé que tú eres Luka”. Confié en él y pensé que era un buen momento para hablar de ello. Para mi sorpresa, no hubo prácticamente ninguna reacción. Pensé que se haría viral, pero no pasó nada. Con el tiempo, poco a poco, la gente empezó a preguntar si era verdad, pero salió muy despacio. Fue curioso porque cuando se pensaba que yo era la vecina que escribía sobre un niño, eso interesaba más. Pero cuando se supo que yo era Luka, de pronto se hizo el silencio. Nadie dijo nada. Para mí, lo importante era que fuera verdad, una historia real. No importaba si me había pasado a mí o a otro niño. Los niños maltratados de la canción éramos mis hermanos, mis hermanas y yo. Eso no me hace especial. Si los medios no querían hablar de ello...

Y en el caso de “Tom’s Diner”, que ha tenido tantas vidas a través de otros artistas, ¿qué te hace decir que sí cuando alguien quiere usarla o samplearla? Me sorprendió “ATTITUDE” para IVE.

Los artistas tienen que pedir permiso y pagar, y yo puedo decir que no, pero la verdad es que digo que sí casi siempre. Si escucho la canción y siento que hay un punto de vista artístico, suelo aceptarlo, aunque sea provocadora. Cuando 2Pac hizo su versión, era muy cruda, pero auténtica. Era su visión y por eso dije que sí.

Las veces que he dicho que no han sido muy pocas. Una fue para pornografía, me pareció completamente fuera de lugar. Solo digo que no cuando siento que alguien lo fuerza demasiado o intenta hacerlo comercial de una manera ofensiva. En general, me resulta fascinante y disfruto escuchando esas reinterpretaciones.

Mirando tu discografía con perspectiva, ¿hay algún disco al que te sientas especialmente unida y que creas que ha quedado un poco fuera del foco?

Mi disco favorito creo que es “99.9F°”. Me divertí muchísimo haciéndolo y fue un momento muy bonito de mi vida. Aún hoy me parece un álbum lleno de vitalidad, color y textura, y me gusta escucharlo, aunque sé que también es uno de los discos favoritos de mucha gente. Otro es “Tales From The Realm Of The Queen Of Pentacles”. Es un álbum muy mío, con una temática espiritual. En su momento hubo quien pensó que era demasiado etéreo, pero hay canciones ahí que son de mis favoritas: “I Never Wear White” o “Song Of The Stoic”, que es como la segunda parte de “Luka”. Algún día me gustaría reeditarlo solo para decir “volved a escucharlo”.

Narraciones de ciudad.
Narraciones de ciudad.

Pensaba que “Bad Wisdom”, de “99.9F°”, era esa segunda parte. ¿Podríamos considerarla como su prima hermana entonces?

Definitivamente sí. Mucha gente, sobre todo muchas mujeres, la entienden de verdad. Conecta con ellas y se queda ahí.

Tu trabajo en teatro ha sido muy importante durante estos años. Primero con “Carson McCullers Talks About Love” y después con “Bob & Carol & Ted & Alice”, que se truncó con la pandemia. ¿Cómo ha influido esta etapa en lo musical?

Me enseñó a ensayar. Nunca me había gustado, siempre he sido más de probar las cosas directamente en público e improvisar. A veces funcionaba y otras no. En el teatro iba cada mañana a ensayar y la directora me decía que probara cosas, y yo me pasaba el tiempo disculpándome porque sentía que no sabía lo que estaba haciendo. Hasta que un día me dijo: “Esto es un ensayo, aquí es donde te equivocas y descubres qué funciona”. Dejé de disculparme y entendí que ese era el espacio para desmoronarse, no delante del público. Luego ensayas y, cuando subes al escenario, tienes la confianza para moverte, para hacer lo que sientas. Eso es lo que me llevé de esos años: llegar preparada. Y así es como me siento ahora.

¿Tenías formación teatral previa?

Tenía algo de formación teatral, pero fue bastante casual. En la universidad necesitaba un trabajo y entré en el departamento de teatro encargándome del vestuario. Me preguntaron si sabía coser y dije que sabía coser botones, porque se los cosía a las camisas de mi padre, y me contrataron. A partir de ahí empecé a tomar clases técnicas y poco a poco también de interpretación, hasta acabar haciendo una especialización secundaria en teatro. No era una formación académica estricta: hacíamos ejercicios y el profesor nos decía que eran horribles y que volviéramos a casa a resolverlo. Era muy orgánico, pero también te enseñaba mucho.


“Con Leonard Cohen aprendí que se puede escribir sobre cuestiones complejas: el sexo, la política, la política personal o la religión, que está muy presente en su obra. También aprendí que una canción no tiene por qué ser lineal”


Tu relación creativa con el compositor y productor Gerry Leonard parece apoyarse también mucho en la confianza. ¿Cómo es vuestra relación después de tantos años trabajando juntos?

Gerry Leonard es un artista en sí mismo. Trabajamos bien juntos porque sabe ver lo que necesito y me da una base sobre la que puedo experimentar. En 26 años nunca me ha dicho “no puedes hacer eso”. Eso me da muchísima confianza. Es una relación dinámica, discutimos, pero él traduce técnicamente lo que yo tengo en la cabeza. Yo le lanzo referencias muy abiertas, del tipo “Trent Reznor mezclado con jungle”, y él consigue que funcionen. En ese sentido, es casi un genio.

¿Y cómo sabéis cuándo una canción está realmente terminada?

Cuando los dos estamos satisfechos. A veces él siente que falta algo, como una introducción. Pasó con “Witch”: si empezaba directamente hablando de la bruja no se entendía nada, así que la enmarcamos. Otras veces él piensa que no está acabada y yo digo que sí, que no voy a tocarla más. Hay canciones que son así: cuatro versos simples, sin puente ni introducción. Empiezan, avanzan y se acaban. Y eso también está bien.

Has hablado mucho de la influencia de Lou Reed y Leonard Cohen. ¿Qué dirías que has aprendido de cada uno de ellos?

En realidad son tres figuras a las que siempre vuelvo. Voy a incluir también a Philip Glass. De Lou Reed aprendí a decir la verdad y a ser directa. Lou no usa metáforas, su escritura es casi periodística, muy frontal. Creo que Paul Simon dijo una vez que Lou Reed nunca había usado una metáfora, y pienso que es bastante cierto. A mí eso me ayuda, porque tiendo a vivir en el mundo de las metáforas. Lou me enseñó a cortar por lo sano y a ir al núcleo.

Carrera de fondo.
Carrera de fondo.

¿Y de Leonard Cohen?

Tiene una melancolía profunda, pero también mucho sentido del humor. Me encanta la intimidad de su voz, la guitarra acústica y ese coro de mujeres detrás. Con él aprendí que se puede escribir sobre cuestiones complejas: el sexo, la política, la política personal o la religión, que está muy presente en su obra. También aprendí que una canción no tiene por qué ser lineal. En “Suzanne”, por ejemplo, primero describe a la mujer, el té, las naranjas, y de repente aparece Jesús caminando sobre el agua. Entendí que una canción puede ser una sucesión de imágenes y que no todo tiene que encajar de forma lógica.

Ya solo nos queda Philip Glass...

De él aprendí el valor de la repetición y cómo el momento va cambiando dentro de ella. Durante “Solitude Standing” me sentí muy influida por él, porque había trabajado con Philip en esa época –se refiere al disco “Song From Liquid Days” (1986) de Philip Glass, en el que Vega coescribió dos temas: “Lightning” y “Freezing”–. Esos riffs, especialmente en la canción “Solitude Standing”, vienen de ahí: la idea minimalista de coger algo pequeño, repetirlo con ligeras variaciones y confiar en que eso es suficiente. Me sentí muy liberada trabajando así.

Cuando miras la industria musical actual, ¿qué es lo más positivo y lo más preocupante del momento que estamos viviendo?

Lo positivo es la enorme diversidad de mujeres que hay ahora mismo. Mujeres muy distintas entre sí, con estéticas y elecciones diferentes. Billie Eilish, por ejemplo, tiene su propia estética y no se muestra de forma sexualizada, y eso también es una elección. En ese sentido hay algo muy bueno: hay espacio para muchas formas distintas de ser mujer.

¿Y lo negativo?

Lo negativo es que la industria ya no valora la música como antes. La gente no quiere pagar por ella, ahora es prácticamente gratis. Yo empecé cuando se compraban álbumes, luego llegaron los CDs caros, Napster y todo empezó a regalarse. Nunca pensé que la industria fuera tan cambiante. Creía que había reglas fijas, pero no es así. Cada década es distinta y tienes que adaptarte. Yo me voy adaptando y por eso sigo aquí. ∎

Etiquetas

Contenidos relacionados