Según la organización, han sido 48.000 personas las que han asistido a las tres jornadas de esta nueva edición de Azkena Rock. Es una cifra que se puede dar por buena y que prácticamente se repite año a año en la capital alavesa. A un paso de celebrar su primer cuarto de siglo, el festival de las raíces y el poderío de las guitarras rockeras se debate entre la reiteración de propuestas anteriores y ampliar el abanico a nuevas apuestas, al menos en la letra intermedia, como ha podido ser este año el caso de Sleaford Mods, Carpenter Brut o incluso Tropical Fuck Storm, que en realidad ya tomaron parte en la edición prepandemia. A sabiendas de que seguirán siendo los Alice Cooper, The Hives o Social Distortion de turno quienes acaparen el escenario principal y los horarios prime time. Ya no llama la atención, claro, que el público sea abrumadoramente masculino, bastante veteranillo y elija el negro como color imprescendible. La misma lealtad se refleja en su preferencia por los sonidos más duros y rudos que acumula el cartel.
Tampoco es novedad que el agua se convierta en invitado indeseable y arruine el ya de por sí poco esmerado outfit del respetable con esos holgados chubasqueros-ponchos imposibles, como por ejemplo en el impecable concierto de Los Enemigos. Lo suyo es que después las verdaderas tormentas eléctricas se desaten en los escenarios, y de eso a buen seguro que cualquiera se llevó más de una: Tropical Fuck Storm y Jason Isbell & The 400 Unit principalmente, para quien esto suscribe. Todo ello dentro en un amplio surtido que muy bien podría incluir a los propios cabezas de cartel aludidos, o a otros como Sugar, Corrosion Of Conformity, The Adicts, Superchunk... o Dwarves, Les Robots y Henge, destacados de la carpa Trashville. Bueno, pues ya queda menos de un año para un 25 cumpleaños que anuncia abonos disponibles y fechas del 17 al 19 de junio de 2027. Javier Corral “Jerry”
También se le fue la fuerza por la boca a Howlin’ Pelle Almqvist, el líder de The Hives, quienes regresaron a la ciudad 16 años después de su primera visita. Y es una lástima, porque su banda es de las pocas capaces de actuar en un macrofestival manteniendo la cercanía y el sudor propios del rock de sala. Su garage punk-rock es a prueba de balas, como atestiguaron sobre el God pepinazos del calibre de “Enough Is Enough”, “Come On!”, “Tick Tick Boom” o “Hate To Say I Told You So”, mejor conocida como “Because I Wanna”, por la que Iggy y los Stooges deberían percibir royalties. Pero el líder de los suecos, cuyos trajes incorporaban adornos luminosos, insistió en salpicar el show de chanzas, saludos en descacharrado castellano y euskera e idas y venidas al foso que, pasados los primeros minutos, perdieron la gracia al romper el ritmo y diluir la energía. Tras proponerse varias veces para repetir en 2027, clausuraron con “The Hives Forever Forever The Hives” un bolo que habría sido redondo con más canciones y menos cháchara, como le reprochó a la cara una espectadora en uno de sus saltos a la arena. Al menos esa noche el inefable Pelle acuñó el término que servirá para identificar a la parroquia vitoriana en las próximas décadas: “¡Azkenitos!”.
En las antípodas y en el Respect se ubicaron The Adicts, que al filo de la madrugada despacharon una veintena de temas entre el “Let’s Go” del inicio y el despiporre final con “Viva la revolución” y “You’ll Never Walk Alone”, tocada mientras infinidad de balones gigantes de playa volaban sobre la muchedumbre cantora. Maquillado de blanco en plan Joker, con bombín, guantes y atuendos varios, Monkey y sus drugos mostraron una forma envidiable en la gira de su adiós a medio siglo de punk melódico, teatral y festivo. Los británicos utilizaron toneladas de confeti, serpentinas y toda suerte de trucos escénicos, pero lo hicieron dando siempre la debida importancia a las canciones, encadenadas a la perfección en un espectáculo sin pausas ni tiempos muertos que fue el gran tapado del jueves, en opinión de no pocos “azkenitos” y “azkenitas”. Juan G. Andrés
El final de Tropical Fuck Storm se solapa con los primeros minutos de Alice Cooper, la gran atracción de la noche en un escenario principal (God) a rebosar. En contraste a lo anterior, el show –nunca mejor dicho– del estadounidense es una entretenida caricatura de aquel Alice Cooper de los años setenta que incorporó guillotina y serpientes a su inicial y atractivo hard rock de estímulo glam. Incluso cuando recuperó clásicos de entonces, como su megaéxito “School’s Out” (que hace combinar con “Another Brick In The Wall” de Pink Floyd), “No More Mr. Nice Guy”, “I’m Eighteen”, “Muscle Of Love”, “Only Women Bleed” o el “Under My Wheels” con que se despide, el canon de su sonido gira hacia un AOR-hair metal exhibicionista y machacón. Todo es como de otra época, como de aquel rock fálico en desuso, como una rueda de prensa de Florentino, y apela a los bajos instintos, a los placeres culpables, a sabiendas de que la diversión proviene de ahí... ¿Es solo shock rock but I like it...? Puede ser: con sus 78 años a cuestas, en su plataforma-podio, con su maquillaje grosero, sus collares, sus muñecas, sus tres guitarristas de venga poses y punteos, sus camisas de fuerza, su cara de orate, sus chisteras, sus bastones, sus cuchillos, sus maracas, sus loqueros, sus inoportunos paparazzis, su hija bailarina (Calico Cooper), sus posibles pregrabados, sus asesinatos de pega, su cabeza guillotinada, su confeti final... Ah, y su versión del “Smells Like Teen Spirit” de Nirvana para Kurt... Todo falso, todo mentira... todo entretenido e hilarante. Javier Corral “Jerry”
El sábado volvió a llover. Llovió y paró varias veces, con más o menos intensidad y más o menos como tomadura de pelo, hasta convertirse en hábito y casi carecer ya de importancia. Todo siguió según lo previsto. “Hase calor”, dijo en medio de su actuación en el God el líder de Superchunk, Mac McCaughan, porque a su hora todavía no había refrescado. El cuarteto mixto de Carolina del Norte, a tono con ello, ofreció un concierto ardiente y muy enérgico, sin bajar nunca el pie del acelerador, intercalando clásicos noventeros como “Driveway To Driveway” o la inicial “Slack Motherfucker” con varios momentos de “Songs In The Key Of Yikes” (2025). A estas alturas sería improcedente pedirles grandes sorpresas, se mantienen en ese lado intermedio de las bandas que hicieron historia en el underground de tres décadas atrás, solo apto para convencidos. A veces más cercanos a la melodía power pop, pero sin sacrificio de la aridez y rugosidad del espíritu independiente y directo del sello punk. Sus bazas están en una vigorosa solidez, mejorada si cabe por su nueva baterista Laura King, quien exhibía camiseta de Bikini Kill.
Pero lo mejor estaba por llegar en el escenario Respect. Tal vez alguien dudó de la ubicación de Jason Isbell & The 400 Unit en ese horario nocturno y estelar en un festival tan dado a los vatios. Pero el ex Drive-By Truckers –quizá la banda de rock sureño más personal de este siglo, o sin quizá; los rememoró un par de veces durante el concierto– se salió de principio a fin con este formato de sexteto. Cantó con una potencia y una claridad de quitarse sombrero, gorra, bombín y txapela, alcanzando registros casi insólitos. Como cuando empezó solo en la penúltima “Cover Me Up” para poco a poco ir dejando entrar al resto de la banda, que a su vez intercalaba el formato típico de rock con guitarras, bajo y batería con otros menos convencionales: dos baterías, acordeón, contrabajo, acústica o mandolina eléctrica. La piel de gallina en la excelsa “Danko/Manuel”, en evidente homenaje a The Band, es uno de esos momentos que compensa viajes, mojaduras o cansancios, y queda grabado en el corazón para siempre. La alargada sombra de Crazy Horse, que a tantos cobija, tomaba un nuevo impulso en sus largas cabalgadas a tres guitarras. También la huella sureña de esos The Allman Brothers Band de Duane Allman y Dickey Betts, tantas veces tan mal perseguida y continuada, en la despedida final de una pletórica “This Ain’t It” ante un público extasiado y probablemente exhausto. Javier Corral “Jerry”