Hablar de cine de terror en nuestro país exige, de forma inevitable, pronunciar el nombre de Desirée de Fez (Barcelona, 1977). Periodista, crítica cinematográfica y una de las voces más influyentes del género gracias a hitos como su ensayo autobiográfico “Reina del grito. Un viaje por los miedos femeninos” (Blackie Books, 2020) o el pódcast “Marea Nocturna”, Desirée se ha consolidado como la gran cartógrafa de nuestros miedos contemporáneos. Ahora ha dado por fin su esperadísimo salto a la ficción con “No la dejes sola” (Blackie Books, 2026), una novela perturbadora y catártica que desciende a las profundidades de los vínculos familiares asfixiantes y la ansiedad. Entre el realismo suburbano y el body horror más visceral, la historia de Alba, Diana y Carmen se convierte en un espejo deformante de las dependencias afectivas y las neurosis compartidas que todos, en mayor o menor medida, arrastramos.
Para desgranar los secretos de este debut literario, nos citamos con ella en Casa Blackie, el cuartel general de su editorial en Barcelona. Pero el viaje no se queda solo en el papel; para acompañar la lectura, Desirée nos ha preparado una personalísima e intuitiva playlist donde conviven desde los ritmos urbanos de rusowsky y Ralphie Choo hasta la nostalgia desgarrada de Camela, Triana o El Último de la Fila.
Charli XCX decía hace poco que para ella actuar es más fácil que cantar, como si una disciplina ofreciera un tipo de protección que la otra no. En tu caso, ¿dónde te sientes más expuesta: en la escritura periodística o en la narrativa? ¿Hay algo en la ficción que te permita esconderte, o todo lo contrario?
He vivido mis dos libros de forma muy parecida en cuanto a exposición personal. Aunque este es una ficción con situaciones que nunca han ocurrido, me he dado cuenta de que no sé escribir explorando universos que no tengan que ver conmigo. Admiro a quien hace novela histórica, pero yo necesito llevarme el fantástico y el terror a mi propio mundo: mi ciudad, mi intimidad y la de mi entorno. Con el personaje de Diana corría el riesgo de que se pareciera demasiado a mí, ya que vengo de la autoficción con “Reina del grito”. Pero si quería contar la ansiedad de una mujer de más de 40 años en el centro de Barcelona, que es freelance, persigue facturas y tiene a su familia en otro barrio, ¿para qué disfrazarlo? Las neurosis nos vienen de ahí: de intentar controlar demasiadas cosas a la vez. No me expongo por “contar intimidades”, sino porque el libro es un destilado de mi visión de la familia, la amistad y la cultura popular.
Hay una idea en la novela que me parece muy reveladora: esa sensación de que los preparativos –anticipar, imaginar, organizar– son casi mejores que la experiencia en sí. Me hizo pensar en algo muy personal: esa ilusión previa a ir a festivales, planear rutas imposibles, obsesionarse con horarios… y luego la realidad nunca está del todo a la altura. ¿Cómo ha sido en tu caso el proceso de escribir la novela?
Ha sido un buen proceso. Aunque es mi primera ficción, en “Reina del grito” ya había introducido diálogos y descripciones narrativas. Además, mi experiencia en guion me familiarizó con el diseño de escenas y personajes, por lo que todo fluyó de forma orgánica. El gran aprendizaje de una novela es que exige muchísima disciplina y control emocional para no hundirte si algo falla tras meses de trabajo. Con mi editora, Rebeca, no nos marcamos plazos estrictos. No tenía la presión de un éxito comercial previo, ya que venía de un ensayo muy de nicho, así que el proceso no fue frustrante. Al contrario, la única dificultad fue compaginarlo con mis dos hijos y mi otro trabajo. Como soy muy insegura, me protegí no enseñando el manuscrito a nadie más que a mi editora hasta que estuvo muy avanzado; sabía que cualquier crítica prematura me haría echarme atrás. Solo al final lo compartí con Carlo Padial y con mi íntimo amigo Miqui Otero, quienes siempre me impulsaron a escribir desde un lugar ajeno al periodismo.
El libro retrata relaciones familiares llenas de amor, pero también atravesadas por tensiones muy sutiles. Me impactó cómo la madre reacciona ante la hija como crítica de cine y cómo esa dinámica cambia cuando entra en juego la maternidad.
La base del libro es explorar cómo las relaciones que parten del amor más puro, si se gestionan sin herramientas, pueden volverse asfixiantes y generar dependencia. Carmen, la madre, proyecta en su hija Diana lo que ella no pudo ser: una mujer que va por libre y asiste a eventos. Pero cuando Diana se queda embarazada, el hechizo se rompe. La “nueva mujer” se parece demasiado a ella y asume sus mismas obligaciones, pasando de la admiración a una relación de igual a igual. Esto ocurre a menudo con el afecto adulto: tus padres empiezan a verte como un par cuando experimentas el primer golpe gordo de la vida, ya sea la maternidad, una hipoteca difícil o una ruptura dolorosa. En ese punto, tus problemas se asemejan a los suyos y se desvanece la fantasía de la hija idílica.
Hay algo muy poderoso en cómo retratas la neurosis cotidiana: pequeñas obsesiones que crecen hasta volverse casi físicas. ¿Te interesaba capturar ese momento en el que una manía aparentemente trivial se convierte en síntoma de algo más profundo?
Sí, ese comportamiento obsesivo-compulsivo es muy común; a mí me pasaba con la plancha de la ropa. Mi psicóloga me dio una regla: mientras esas manías no alteren tu rutina ni te hagan llegar tarde, están bajo control. El peligro empieza cuando entras en un bucle y regresas a comprobarlo una y otra vez. Diana roza ese límite cuando llega a la función navideña de su hija justo cuando está terminando. Quería plantear un body horror costumbrista: cómo el cuerpo de estas mujeres emite señales físicas de que van al límite antes de que ellas decidan frenar. Por ejemplo, Alba sufre una urticaria severa en los ojos que no se trata por no interferir con la lactancia, Carmen se castiga yendo en pleno diciembre a cuidar a sus nietos de madrugada usando calcetines finos de verano, y Diana lleva fatal engordar porque su cuerpo reacciona con moratones provocados por la ropa ajustada y mala circulación. Estar al lado de alguien incómodo en su cuerpo rompe la serenidad de los demás. Quería sembrar esa tensión cotidiana para que el estallido final tuviera sentido.
Vienes de la crítica de cine, especialmente de terror, pero aquí el miedo no es espectacular, sino cotidiano, casi invisible.
Llevo años obsesionada con el terror corporal aplicado al cuerpo femenino por escritoras y directoras actuales, como Mariana Enriquez, Mónica Ojeda o las películas “Titane” y “La sustancia”. Soy admiradora absoluta de David Cronenberg y me interesaba mucho ver cómo se ha reformulado este discurso en los últimos diez años. Quería dividir este miedo en dos: un clímax final muy explosivo, sangriento y visceral que me permitiera disfrutar de las claves del género, y una primera mitad donde la angustia naciera de lo cotidiano y del desgaste físico.
Muchas de las canciones de la playlist, como “I Don’t Want To Get Over You” de The Magnetic Fields o “Dancing On My Own” de Robyn, parecen quedarse en el dolor en lugar de superarlo. ¿Sientes que Alba también está en ese lugar, más de sostener lo que siente que de intentar resolverlo?
Sí. Al revisar la playlist me di cuenta de que casi todas las canciones giran en torno al amor y al desamor. No hay temas de protesta; hay una clara tendencia a habitar el dolor. El disco de The Magnetic Fields refleja muy bien esa inercia de quedarse estancado en un sufrimiento por falta de herramientas, que es exactamente lo mismo que les ocurre a las protagonistas en sus dinámicas familiares.
También hablan de dependencia emocional o de la dificultad de estar sola. En el caso de Alba, ¿dirías que ama o que necesita? ¿Dónde está la línea entre ambas cosas?
Hay una línea delgadísima. Cuando el afecto no se comunica bien, el amor puro se transforma en una necesidad dependiente y oscura. En el caso de Alba, su banda sonora es Camela. Me inspiré en mi hermana pequeña, que escuchaba a Camela sin parar en un camping clavado al del libro. Aunque en esa época yo prefería la música en inglés, con los años redescubrí a Camela de forma no irónica: son brillantes, directos y viscerales. Su tema “Lágrimas de amor” suena en una escena clave y marca el desenlace porque define perfectamente ese sentimiento sufrido.
El momento en el que Alba se queda encerrada en el centro comercial en Nochebuena convierte un espacio cotidiano en algo inquietante. Si tuvieras que ponerle una canción de esta playlist, ¿cuál sería y por qué?
Habría elegido “Everytime” de Britney Spears. Me atrae mucho la idea de musicalizar un clímax de terror con un baladón pop comercial para generar contraste. El problema es que Harmony Korine se me adelantó de forma magistral hace doce años usando ese mismo tema en “Spring Breakers”. Si no existiera ese precedente, habría sido la canción ideal.
¿Concebiste la playlist como banda sonora de “No la dejes sola” o como una forma de entender lo que habías escrito?
Es una mezcla. Suelo hacer listas en Spotify de forma muy intuitiva, pero aquí quise ser visceral y honesta. Incluye canciones que escucho compulsivamente en el metro y otras que utilicé para entrar en la atmósfera del libro mientras paseaba o hacía tareas domésticas, ya que no puedo escribir con música. Ha acabado funcionando como un puente hacia el universo de la novela y como un reflejo de mis propias obsesiones.
Las dos playlists de los “Sintonizando a…” que he hecho dialogan accidentalmente. Leila Méndez me dijo que no se atrevió a poner Ralphie Choo y rusowsky para no pasarse de moderna.
¡Qué bueno! Durante el último año de escritura me obsesioné con “DAISY”, el disco de rusowsky. Su energía creativa y la de colectivos como rusia-idk me parecieron una revelación brillante y desacomplejada. Su música se etiqueta como bedroom pop, algo que asocio a la necesidad de encerrarse en un cuarto pequeño de barrio a crear. Me ayudó mucho a dar músculo a la fase final del manuscrito. Al principio me daba cierta vergüenza incluir a rusowsky o a Ralphie Choo por complejo de edad, pensando: “¿Qué hace esta señora escuchando a estos chavales?”. Pero luego recordé que The Strokes o The Libertines tenían la misma edad al empezar. Decidí quitarme los prejuicios.
En la playlist conviven artistas muy distintos, desde Triana hasta rusowsky. Aunque suenan muy diferentes, todos hablan de emociones bastante parecidas. ¿Te interesa esa idea de que ciertas formas de sentir se repiten aunque cambien los estilos y las épocas?
Sí. Triana y la rumba de Los Chichos o Los Chunguitos era la música que ponía mi padre y el sonido de mi infancia. Ver que esa misma honestidad desgarrada conecta con la propuesta actual de rusowsky demuestra que la pulsión emocional no cambia, solo el envoltorio. Buscaba que el libro tuviera esa misma mezcla de referentes sin prejuicios intelectuales.
Hay canciones muy directas emocionalmente, como las de Camela, frente a otras más contenidas o irónicas. ¿Buscabas ese contraste entre distintas formas de expresar el mismo sentimiento?
Me interesa mucho el choque de vivencias dentro de una misma casa. Mientras mi hermana escuchaba a Camela de forma apasionada, yo vivía mi adolescencia con El Último de la Fila. Son dos formas muy distintas de canalizar la emoción, una directa y otra más generacional, y ambas conviven en mi memoria afectiva.
Si alguien leyera “No la dejes sola” y luego escuchara esta playlist, ¿qué crees que entendería mejor del libro que quizá no está dicho de forma explícita?
Entendería que no hay ninguna pretensión de impresionar. Verían que el libro se mueve por amor a la melodía pop y descubrirían varios huevos de pascua. Por ejemplo, la frase del libro “qué era aquello que se removía” es un homenaje directo al estribillo de “Enrique VIII” de La Estrella de David, un grupo que me conecta con el barrio y los trayectos. También percibirían la influencia del Baix Llobregat a través de Joe Crepúsculo, que es de Sant Joan Despí. Alguien me dijo una vez que “Supercrepus” sería la banda sonora ideal para una película en un camping, porque sus canciones celebran la juventud perdida. Discos como el de Family o el de Joe Crepúsculo son narraciones de microhistorias urbanas de amor y desamor. La playlist revela que la novela comparte ese mismo motor: la memoria sentimental de la periferia. ∎