Álbum

Chelsea Wolfe

The DarkLoma Vista-Music As Usual, 2026
Hubo un tiempo en el que, seducido por esa mezcla, tanto musical como estética (porque la estética, aunque elemento menor, también cuenta en el juego de la seducción), entre el doom metal y el folk, como una novela de gótico americano con banda sonora compuesta por una mujer criada en un parque de caravanas, que escribía poemas suicidas a los 9 años y a los 11 se ahogaba en tragos de licor de malta, estaba fascinado con Chelsea Wolfe. Eso fue hace un tiempo. Luego, como a tantos otros y otras, le perdí la pista. Tontería que me hizo llegar tarde, muy tarde, a álbumes tan notables y recomendables como “Bloodmoon: I” (2021) y “She Reaches Out To She Reaches Out To She” (2024).

Algo tan absurdo como saber que su nuevo disco iba a llamarse “The Dark”, el título más simple, ejemplificante y evidente para describir la propuesta de la norteamericana, propició que regresara a ella. Le he puesto ganas, como cuando sabes que una relación está definitivamente rota, pero lo intentas una vez más, más por lo que vivisteis en el pasado que por lo que presumiblemente podríais vivir en el futuro, que es nada, porque ya nada os une, pero me he quedado tan tibio como aquel vaso de agua medio lleno olvidado en la encimera un día de agosto. Pero Chelsea, el problema muy probablemente, casi seguro, no es tuyo. O parafraseando al genio boricua: no eres tú, no eres tú, no eres tú, no eres tú, soy yo. No te quiero hacer sufrir. Es mejor olvidar y dejarlo así. Échame la culpa.

Uno fantasea con encontrarse a una Kate Bush obsesionada con la discografía de Burzum (algo de eso hay, aunque tímidamente y echándole ganas en temas como “I’m Not There”). Un alma torturada que intenta recomponerse componiendo baladas asesinas como Nicolás en la cueva. Una PJ Harvey doom. Unos Portishead versionando las grabaciones americanas de Johnny Cash. Pero no. Pero, Chelsea, una vez más te digo que no eres tú, que soy yo.

Acompañada, una vez más, de su eterno compañero de viaje creativo Ben Chisholm, sumando esta vez al equipo a Jennifer Decilveo, compositora y productora que se ha ganado una reputación trabajando para gente como Miley Cyrus o Hozier –también fue la productora del tercer largo de las madrileñas Hinds, “The Prettiest Curse” (2020)–, Wolfe defiende el disco como un trabajo de ruptura con su yo anterior. El de una mujer que llegada a la cuarentena quiere dejar atrás relaciones tóxicas y las muchas secuelas derivadas de ellas. Un propósito, no solo lícito sino deseable, que la ha impulsado a confeccionar una colección de canciones para nada radiantes, pero sí mucho más accesibles, sonando en la mayoría del minutaje como si Evanescence fueran la banda de acompañamiento de Lana Del Rey (“Seethe” es el paradigma de ello). Me quedo con los momentos en los que se desnuda y, acompañada casi únicamente de guitarra y voz, logra desgarrarnos algo por dentro, como en la inicial “Cold”, en “Halo” o en “Death Is Not The End”, de lejos el mejor corte de “The Dark”. Pero insisto, Chelsea, no eres tú, soy yo. ∎

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