Alice Cooper, rock de teatro. Foto: Juan G. Andrés
Alice Cooper, rock de teatro. Foto: Juan G. Andrés

Festival

Azkena Rock: vendavales, tormentas y caricaturas

La claridad de su propuesta y la fidelidad de su público han permitido que un festival tan especializado como Azkena Rock –se celebró en Vitoria-Gasteiz entre el 18 y el 20 de junio– camine con paso firme hacia su primer cuarto de siglo de existencia. Su cartel siempre garantiza grandes momentos para los amantes del guitarreo clásico y en este edición hemos vuelto a comprobarlo.

Según la organización, han sido 48.000 personas las que han asistido a las tres jornadas de esta nueva edición de Azkena Rock. Es una cifra que se puede dar por buena y que prácticamente se repite año a año en la capital alavesa. A un paso de celebrar su primer cuarto de siglo, el festival de las raíces y el poderío de las guitarras rockeras se debate entre la reiteración de propuestas anteriores y ampliar el abanico a nuevas apuestas, al menos en la letra intermedia, como ha podido ser este año el caso de Sleaford Mods, Carpenter Brut o incluso Tropical Fuck Storm, que en realidad ya tomaron parte en la edición prepandemia. A sabiendas de que seguirán siendo los Alice Cooper, The Hives o Social Distortion de turno quienes acaparen el escenario principal y los horarios prime time. Ya no llama la atención, claro, que el público sea abrumadoramente masculino, bastante veteranillo y elija el negro como color imprescendible. La misma lealtad se refleja en su preferencia por los sonidos más duros y rudos que acumula el cartel.

Tampoco es novedad que el agua se convierta en invitado indeseable y arruine el ya de por sí poco esmerado outfit del respetable con esos holgados chubasqueros-ponchos imposibles, como por ejemplo en el impecable concierto de Los Enemigos. Lo suyo es que después las verdaderas tormentas eléctricas se desaten en los escenarios, y de eso a buen seguro que cualquiera se llevó más de una: Tropical Fuck Storm y Jason Isbell & The 400 Unit principalmente, para quien esto suscribe. Todo ello dentro en un amplio surtido que muy bien podría incluir a los propios cabezas de cartel aludidos, o a otros como Sugar, Corrosion Of Conformity, The Adicts, Superchunk... o Dwarves, Les Robots y Henge, destacados de la carpa Trashville. Bueno, pues ya queda menos de un año para un 25 cumpleaños que anuncia abonos disponibles y fechas del 17 al 19 de junio de 2027. Javier Corral “Jerry”

Jueves, 18 de junio

Es de sobra conocida la querencia del Azkena por la música de raíz negra, a la que siempre reserva un hueco en el cartel. Este año fue el turno de Robert Finley, oriundo de Luisiana, exmilitar, carpintero de profesión aquejado de glaucoma que no pudo ganarse dignamente el pan con su arte hasta hace diez años, gracias al apoyo del black key Dan Auerbach. El septuagenario apareció en el escenario God de rojo con camisa y pantalones vaqueros, corbata sureña y un sombrero negro que de manera elegante se quitaba y volvía a calarse siempre que terminaba de interpretar una canción. “Medicine Woman”, “Livin’ Out A Suitcase”, “Real Love Is Like Hard Time”, “Sneaking Around”, “Souled Out On You” y “Get It While You Can”, entre otras, revelaron una técnica vocal sublime que le permitía transitar del grave al falsete con pasmosa facilidad. Finley y su pequeña gran banda se despidieron con “I Wanna Thank You”, cuyos coros resonaron cual amoroso mantra, aunque fue la audiencia la que tuvo más motivos para agradecer un recital de soul sureño y blues sin artificios, pleno de emoción y espiritualidad.

Robert Finley, guiso sureño. Foto: Juan G. Andrés
Robert Finley, guiso sureño. Foto: Juan G. Andrés
Hace 16 años, los más viejos del lugar descubrimos a Imelda May en un doblete memorable, tanto como el vestido que lució plagado de monstruos de películas de la Universal. En aquel bautismo rockabilly todavía lucía tupé y mechón rubio, pero en 2016 comprobamos cómo la dublinesa iba cambiando de look y abría su abanico estilístico disco a disco. En esta edición, sin embargo, retornó al origen respaldada por su exmarido, el gigante de la guitarra Darrell Higham, con quien hacía una década que no actuaba en ese formato. La reunión, organizada en exclusiva para el festival alavés, fue soberbia gracias a tonadas como “Inside Out”, “Big Bad Handsome Man”, “Poor Boy”, “Don’t Do Me No Wrong”, “Love Tattoo”, “Wild Woman”, “Mayhem” y “Right Amount Of Wrong”, tocadas sobre el God a una velocidad endiablada con mucho swing o con extrema delicadeza soul, según lo requiriera la ocasión. Del sol apenas quedaban los rescoldos cuando tras hacerse de rogar como buena diva, regresó armada con un bodhran, tambor típico irlandés que tañó para introducir su incontestable y coreado “Johnny Got A Boom Boom”. El habitual cierre con la versión rockabilly del “Tainted Love” de Ed Cobb dejó en el aire un pensamiento colectivo: “Ya queda menos para la cuarta visita de Imelda”.

Imelda May, dama de rock. Foto: Juan G. Andrés
Imelda May, dama de rock. Foto: Juan G. Andrés
Aunque las habituales tormentas azkeneras no hicieron su aparición hasta el día siguiente, el jueves Corrosion Of Conformity liberaron en el Respect un aguacero de ruido y furia que contrastó con la calidez de las propuestas previas. A punto de cumplir 45 años sobre las tablas, los de Raleigh, Carolina del Norte, se dejaron de sutilezas y abrasaron las campas de Mendizabala con su apisonadora sónica: ritmos pesados y riffs matadores convivieron en una fórmula sustentada en géneros diversos como el southern metal, el sludge o el stoner, presentes en piezas como “Who’s Got the Fire”, “Good God/Baad Man” o el clásico de clásicos “Clean My Wounds”. Los de Pepper Keenan elevaron la intensidad de tal modo que durante unos minutos hicieron callar a las hordas charlatanas, esas que, edición tras edición, cotizan al alza en un festival que hace no mucho se jactaba de tener un público atento y conocedor.

Corrosion Of Conformity, entrando a matar. Foto: Juan G. Andrés
Corrosion Of Conformity, entrando a matar. Foto: Juan G. Andrés

También se le fue la fuerza por la boca a Howlin’ Pelle Almqvist, el líder de The Hives, quienes regresaron a la ciudad 16 años después de su primera visita. Y es una lástima, porque su banda es de las pocas capaces de actuar en un macrofestival manteniendo la cercanía y el sudor propios del rock de sala. Su garage punk-rock es a prueba de balas, como atestiguaron sobre el God pepinazos del calibre de “Enough Is Enough”, “Come On!”, “Tick Tick Boom” o “Hate To Say I Told You So”, mejor conocida como “Because I Wanna”, por la que Iggy y los Stooges deberían percibir royalties. Pero el líder de los suecos, cuyos trajes incorporaban adornos luminosos, insistió en salpicar el show de chanzas, saludos en descacharrado castellano y euskera e idas y venidas al foso que, pasados los primeros minutos, perdieron la gracia al romper el ritmo y diluir la energía. Tras proponerse varias veces para repetir en 2027, clausuraron con “The Hives Forever Forever The Hives” un bolo que habría sido redondo con más canciones y menos cháchara, como le reprochó a la cara una espectadora en uno de sus saltos a la arena. Al menos esa noche el inefable Pelle acuñó el término que servirá para identificar a la parroquia vitoriana en las próximas décadas: “¡Azkenitos!”.

The Hives, suecos de garage. Foto: Juan G. Andrés
The Hives, suecos de garage. Foto: Juan G. Andrés

En las antípodas y en el Respect se ubicaron The Adicts, que al filo de la madrugada despacharon una veintena de temas entre el “Let’s Go” del inicio y el despiporre final con “Viva la revolución” y “You’ll Never Walk Alone”, tocada mientras infinidad de balones gigantes de playa volaban sobre la muchedumbre cantora. Maquillado de blanco en plan Joker, con bombín, guantes y atuendos varios, Monkey y sus drugos mostraron una forma envidiable en la gira de su adiós a medio siglo de punk melódico, teatral y festivo. Los británicos utilizaron toneladas de confeti, serpentinas y toda suerte de trucos escénicos, pero lo hicieron dando siempre la debida importancia a las canciones, encadenadas a la perfección en un espectáculo sin pausas ni tiempos muertos que fue el gran tapado del jueves, en opinión de no pocos “azkenitos” y “azkenitas”. Juan G. Andrés

Despiporre con The Adicts. Foto: Juan G. Andrés
Despiporre con The Adicts. Foto: Juan G. Andrés

Viernes, 19 de junio

El clima vitoriano se distingue más por extremos frío-calor, pero la segunda jornada azkenera vino marcada por una lluvia intermitente entre el vendaval y el sirimiri. Tuvieron suerte The Del Fuegos, porque poco antes de su hora cesó el aguacero. El ahora quinteto bostoniano, con la inclusión de la teclista y vocalista ocasional Claudia Eliaza Zanes, esposa de un Dan Zanes con el pelo teñido de azul, extendía su reciente reunión a Europa e incluso han anunciado un par de visitas a salas de Bilbao y Madrid para el próximo noviembre. Aquellos dos álbumes de mediados de los ochenta, que les colocaron en la punta de lanza de lo que entonces llamamos Nuevo Rock Americano – “The Longest Day” (1984) y “Boston, Mass.” (1985)– fueron la base de un concierto competente y fluido en el escenario Respect pero que también dejó patente la lejanía cronológica de su propuesta. Además de “Backseat Nothing”, “Night On The Town”, “Nervous And Shaky” o la conmovedora “I Still Want You”, destacados de aquellos álbumes iniciales, se unieron a recreaciones insuficientes de “If You Don’t Know Me By Now”, baladón soul de Harold Melvin & The Blue Notes con Teddy Pendergrass de 1972 , o “Evil Ways”, primer gran éxito de Carlos Santana en 1969 que el chicano adoptó a su vez del percusionista jazzero Willie Bobo.

The Del Fuegos, rock fluido. Foto: Juan G. Andrés
The Del Fuegos, rock fluido. Foto: Juan G. Andrés
“Enemigos los dolores de muelas”. Así presentó su concierto en el Gold Josele Santiago en esta nueva vida de Los Enemigos, que ya desde “John Wayne” elevaron la contundencia. “Me sobra carnaval” y “Brindis” precedieron a esa canción llamada “Señora” que el maestro Serrat pareció escribir pensando en ellos. La banda de Josele, Fino Oyonarte, Chema Pérez y David Krahe –Fino puso la voz en “No se lo cuentes”– mantuvo el tipo hasta el final de un concierto que apartó a los menos convencidos, tras un vendaval a mitad de set poco menos que invocado por los madrileños. Todas esas canciones imperecederas –como “Desde el jergón”, “Esta mañana he vuelto al barrio”, “Dentro”, “Septiembre” o la despedida de “Paracaídas”– dejaron paso a la reciente “Canciones chulas” antes del remate con “Siete mil canciones” de su álbum con “Bestieza” (2020). Nos faltó esa delicioso medio tiempo llamado “Miss Dinamarca” que acaban de adelantar su próximo álbum, previsto para octubre, que además hubiera desengrasado un poco el set, orientado a su lado más crudo y duro. El cuarteto madrileño sustituyó a Counting Crows, dicho sea de paso.

Los Enemigos: Josele Santiago, siempre cabal. Foto: Juan G. Andrés
Los Enemigos: Josele Santiago, siempre cabal. Foto: Juan G. Andrés
Teníamos mucho interés en el concierto de Sugar, presentado, en la tarima del God, como su primera visita peninsular desde 1993, y que además finiquitaba en el festival alavés su gira europea de regreso, tras los dos sold out en Londres. Un incombustible Bob Mould, que este otoño cumple 66 años, forjó un sonido que caracterizó buena parte del rock alternativo de los primeros años noventa, cuando ya había marcado la década previa con el hardcore universitario de Hüsker Dü. Las bazas de Sugar se sustentan en una amalgama de distorsión y melodía enérgica que a día de hoy quizá necesitaría una revisión –¿tal vez un segundo guitarrista de apoyo?– para agilizar un sonido demasiado monolítico, recio como un roble, sólido como una roca. Quizá tampoco jugaron a favor, me comentaba el compañero Pepe Nave, los cuatro temas interpretados por la apagada voz del bajista David Barbe. A una velocidad endiablada fueron cayendo temas de “Copper Blue” (1992), “Beaster” (1993), “File Under: Easy Listening” (1994) y “Besides” (1995), con las explosivas “Titled” y “JC Auto” como momentos más memorables. También les dio tiempo a presentar las novedosas “House Of Dead Memories” y “Long Live Love”, algo más reposadas, pero sin perder su innegociable firmeza, mientras la lluvia retornaba a Mendizabala.

Bob Mould: la resurrección de Sugar. Foto: Juan G. Andrés
Bob Mould: la resurrección de Sugar. Foto: Juan G. Andrés
En un escenario menor, La Salve, pero con un público más amplio que el que les acompañó en la edición de 2019, los australianos Tropical Fuck Storm volvieron a demostrar que su vigencia y versatilidad se sitúa en otro peldaño al de tanta banda veterana reverdeciendo viejos laureles. Los de Melbourne, –a los que ya hemos visto muchas veces en directo y que tampoco son tan jóvenes: Gareth Liddiard tiene 51 años y Fiona Kitschin, Erica Dunn y Lauren Hammel hace tiempo que superaron la adolescencia– poseen ese gen del rock desafiante y perturbador solo al alcance de los elegidos. La forma en que retuercen sus canciones, en que extienden sus exploraciones guitarreras, en que combinan sus voces, en que gesticulan sus cuerpos, en que lubrifican unos sonidos intensos hasta el paroxismo, son un lujo necesario para un festival que no se puede quedar en la restauración de fósiles. “Fairyland Codex”, su último álbum publicado hace exactamente un año, acapara sin abusar el set, completado por esa vuelta de campaña hacia unas tinieblas impetuosas que le dan al rescate de “Ann” del debut de The Stooges.

Tropical Fuck Storm, australianos perturbadores. Foto: Juan G. Andrés
Tropical Fuck Storm, australianos perturbadores. Foto: Juan G. Andrés

El final de Tropical Fuck Storm se solapa con los primeros minutos de Alice Cooper, la gran atracción de la noche en un escenario principal (God) a rebosar. En contraste a lo anterior, el show –nunca mejor dicho– del estadounidense es una entretenida caricatura de aquel Alice Cooper de los años setenta que incorporó guillotina y serpientes a su inicial y atractivo hard rock de estímulo glam. Incluso cuando recuperó clásicos de entonces, como su megaéxito “School’s Out” (que hace combinar con “Another Brick In The Wall” de Pink Floyd), “No More Mr. Nice Guy”, “I’m Eighteen”, “Muscle Of Love”, “Only Women Bleed” o el “Under My Wheels” con que se despide, el canon de su sonido gira hacia un AOR-hair metal exhibicionista y machacón. Todo es como de otra época, como de aquel rock fálico en desuso, como una rueda de prensa de Florentino, y apela a los bajos instintos, a los placeres culpables, a sabiendas de que la diversión proviene de ahí... ¿Es solo shock rock but I like it...? Puede ser: con sus 78 años a cuestas, en su plataforma-podio, con su maquillaje grosero, sus collares, sus muñecas, sus tres guitarristas de venga poses y punteos, sus camisas de fuerza, su cara de orate, sus chisteras, sus bastones, sus cuchillos, sus maracas, sus loqueros, sus inoportunos paparazzis, su hija bailarina (Calico Cooper), sus posibles pregrabados, sus asesinatos de pega, su cabeza guillotinada, su confeti final... Ah, y su versión del “Smells Like Teen Spirit” de Nirvana para Kurt... Todo falso, todo mentira... todo entretenido e hilarante. Javier Corral “Jerry”

Alice Cooper, entretenimiento intachable. Foto: Juan G. Andrés
Alice Cooper, entretenimiento intachable. Foto: Juan G. Andrés

Sábado, 20 de junio

El sábado volvió a llover. Llovió y paró varias veces, con más o menos intensidad y más o menos como tomadura de pelo, hasta convertirse en hábito y casi carecer ya de importancia. Todo siguió según lo previsto. “Hase calor”, dijo en medio de su actuación en el God el líder de Superchunk, Mac McCaughan, porque a su hora todavía no había refrescado. El cuarteto mixto de Carolina del Norte, a tono con ello, ofreció un concierto ardiente y muy enérgico, sin bajar nunca el pie del acelerador, intercalando clásicos noventeros como “Driveway To Driveway” o la inicial “Slack Motherfucker” con varios momentos de “Songs In The Key Of Yikes” (2025). A estas alturas sería improcedente pedirles grandes sorpresas, se mantienen en ese lado intermedio de las bandas que hicieron historia en el underground de tres décadas atrás, solo apto para convencidos. A veces más cercanos a la melodía power pop, pero sin sacrificio de la aridez y rugosidad del espíritu independiente y directo del sello punk. Sus bazas están en una vigorosa solidez, mejorada si cabe por su nueva baterista Laura King, quien exhibía camiseta de Bikini Kill.

Superchunk: Mac McCaughan, pisando el acelerador. Foto: Juan G. Andrés
Superchunk: Mac McCaughan, pisando el acelerador. Foto: Juan G. Andrés
La verdad es que entre tanta guitarra se agradeció que aparecieran en escena Sleaford Mods, probablemente desconocidos para el asistente medio del festival, si bien su discurso entronca perfectamente con la furia del punk, informado aquí de hip hop y electrónica. Jason Williamson es quien no para de cantar-despotricar y Andrew Fearn es el que no hace nada sino bailar a su bola y poner cara de circunstancias, porque en realidad ya lo ha hecho todo programando los fértiles y cortantes bucles instrumentales que dan consistencia a lo que alguien definió como “discursos minimalistas de punk-hop electrónico para la clase trabajadora”. Con pantalones cortos y camisetas desgastadas, parecen recién salidos de una película de Guy Ritchie, granujas a todo ritmo que poco a poco se van ganando al personal en un set –escenario Respect– que va de menos a más, centrado en su último álbum, “The Demise Of Planet X” (2026), desde la machacona “Megaton” a la magnética “Bad Santa” y su flauta envolvente. Para el final reservan su brillante revisión del “West End Girls” de Pet Shop Boys, que pone a bailar a rockeros de tomo y lomo, la penetrante “Jobseeker” y su clásica “Tweet Tweet Tweet”, donde ya trataban la adicción a las redes o el auge de la extrema derecha.

Sleaford Mods: granujas sin fronteras. Foto: Juan G. Andrés
Sleaford Mods: granujas sin fronteras. Foto: Juan G. Andrés
Con Social Distortion, principal atractivo popular de la jornada en el escenario God, regresamos a la ortodoxia del festival. Los californianos repetían cuatro años después de su anterior visita en el mismo escenario principal. También actuaron aquí en 2005. Ahora llegaban con su nuevo álbum, “Born To Kill” (2026), cuyo tema titular encabeza un concierto que comienza con alguna deficiencia de sonido, un tanto opaco en ese arranque. Mike Ness se muestra en plena forma cumplidos los 64 años, restablecido de un cáncer diagnosticado en 2023, adicciones aparte. Y su voz suena más auténtica y sobria, con esos registros emocionales que dan el poso y las cicatrices: la lágrima tatuada en su cara le delata. La banda –rejuvenecida con el batería David Hidalgo Jr., hijo del líder de Los Lobos, más un teclista– le seguía y complementaba en su coherencia legendaria de punk emocional que no hace ascos a una herencia de raíces country y blues. El ir y venir de las canciones del disco a presentar –“Tonight”, “No Way Out” o “Partners In Crime”– enlazaba sin problema con clásicos, como “Sometimes I Do”, “Ball And Chain” o las coreadas “Story Of My Life” o “Don’t Drag Me Down”.

Social Distortion: Mike Ness revivido. Foto: Juan G. Andrés
Social Distortion: Mike Ness revivido. Foto: Juan G. Andrés

Pero lo mejor estaba por llegar en el escenario Respect. Tal vez alguien dudó de la ubicación de Jason Isbell & The 400 Unit en ese horario nocturno y estelar en un festival tan dado a los vatios. Pero el ex Drive-By Truckers –quizá la banda de rock sureño más personal de este siglo, o sin quizá; los rememoró un par de veces durante el concierto– se salió de principio a fin con este formato de sexteto. Cantó con una potencia y una claridad de quitarse sombrero, gorra, bombín y txapela, alcanzando registros casi insólitos. Como cuando empezó solo en la penúltima “Cover Me Up” para poco a poco ir dejando entrar al resto de la banda, que a su vez intercalaba el formato típico de rock con guitarras, bajo y batería con otros menos convencionales: dos baterías, acordeón, contrabajo, acústica o mandolina eléctrica. La piel de gallina en la excelsa “Danko/Manuel”, en evidente homenaje a The Band, es uno de esos momentos que compensa viajes, mojaduras o cansancios, y queda grabado en el corazón para siempre. La alargada sombra de Crazy Horse, que a tantos cobija, tomaba un nuevo impulso en sus largas cabalgadas a tres guitarras. También la huella sureña de esos The Allman Brothers Band de Duane Allman y Dickey Betts, tantas veces tan mal perseguida y continuada, en la despedida final de una pletórica “This Ain’t It” ante un público extasiado y probablemente exhausto. Javier Corral “Jerry”

La grandeza de Jason Isbell & The 400 Unit. Foto: Juan G. Andrés
La grandeza de Jason Isbell & The 400 Unit. Foto: Juan G. Andrés
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