Cuando tras el apoteósico concierto de Pulp del año pasado se comentaba qué nos tendría reservado la organización para celebrar el vigésimo aniversario de Bilbao BBK Live, se generó una gran expectación entre su público. Cierto aire de decepción siguió al anuncio definitivo, sin cabezas de cartel tan rotundos como en otras ediciones y con una letra mediana más irregular que de costumbre. Un pequeño bajón en las cifras –112.500 asistentes frente a los 115.000 de 2025 o los 120.000 de 2023– y, sobre todo, una menor afluencia de público internacional así lo corroboran. El calor tremendo durante las tres jornadas tampoco ha contribuido a mejorar las sensaciones. La sombra de los árboles del Basoa, ese singular club de baile al aire libre, ha ayudado a soportar el bochorno y el tedio de algunos momentos.
El jueves cumplieron los dos grandes reclamos: David Byrne con una excelente puesta en escena similar a la de su anterior visita en 2018 basada en la pegada de los temas de su antigua banda, Talking Heads; y FKA twigs y las impactantes coreografías y sonido de su frenético show. También gustó el shoegaze con marchamo electrónico de los alemanes Apparat. Los tres bolos llegaron por la noche para poner un buen broche a una anodina tarde, con algún momento digno de acartonada gala televisiva de otros tiempos.
Belle And Sebastian, banda veterana del indie pop, celebrando el trigésimo aniversario de sus dos primeros LPs, acudieron al rescate del viernes con su encanto. También fueron notables la electrónica vintage de los belgas Soulwax, la implacable sesión de baile de Richie Hawtin, con bajos sobre los que se podía caminar, y la frescura de Yerai Cortés y sus seis coristas flamencas. Sin embargo, la estrella mainstream del festival, el británico Robbie Williams, ofreció un concierto más propio de un casino para zombis en Las Vegas. También sonó destensado el otrora vibrante soul de Alabama Shakes.
En la última jornada, tanto Lilly Allen como Dellafuente demostraron que, como estrellas de la última década, poseen la brillantez y la audacia escénica necesaria para brillar en un escenario grande. La británica, a solas, con una elegante lección de pop en primera persona, y el granadino con una gran banda de aires latinos que inyectaron músculo y grandeur cinematográfica a la melancólica rumba urbana de su puño y letra. IDLES, que ya casi son de la casa, siguen conservando la tensión.
Las sorpresas de Alcalá Norte, Barry B, Arde Bogotá o Hofe, Kiliki y Merina Gris no cambiaron el estado de ánimo del festival, que el año que viene debería ponerse las pilas y dar un golpe en la mesa si no quieren perder lo afianzado tras tantos años en su emblemático entorno, dada la fiera competencia del fin de semana, con otros festivales de gran formato también en marcha. Pepe Nave
A ese mismo escenario, y tras David Byrne (lean la crónica del festival Cruïlla para saber de su espléndido concierto), se subió el alemán Sascha Ring, conocido como Apparat, en formato quinteto, todos de negro impoluto. ¿Cómo neutralizar el subidón rítmico y teatral de Byrne? Pues con el trance experimental de este gigante, andará por los dos metros, que también lo es en su faceta musical. Al margen de la electrónica selecta de Moderat, Apparat lleva construyendo una inmensa carrera en solitario en todo lo que va de siglo para ahora proponer un concierto orgánico, basado en su álbum “A Hum Of Maybe” (2026). Hay (sutiles) bases electrónicas, pero el mayor peso lo llevan las dos guitarras y su búsqueda continua de nuevas texturas, afinaciones y misterios. Súmese a todo ello la concentración absoluta (germánica) de cada uno de los instrumentistas, que también se reparten trombón con sordina, mandolina, contrabajo, violín o percusión. El resultado, no muy lejano de sus compatriotas The Notwist, puede que beba de Thom Yorke, sobre todo su manera de cantar en cortos interludios, e incluso de David Sylvian, pero todo lo que allí sucede es tan extraordinario como subjetivo y sorprendente. Pasaban las dos y media de la madrugada. Buen momento para que en tu mente se establezca una dura pugna entre la laxitud y el éxtasis. Javier Corral “Jerry”
En el escenario Nagusia, FKA twigs presentó un show basado en la euforia bailable de su hedonista “EUSEXUA” (2025). Un sonido contundente, algo más sucio que el de sus álbumes, sirvió de soporte para las ininterrumpidas coreografías de un nutrido grupo de bailarines con escasa ropa y esculturales cuerpos liderado por la propia diva, que entre numerosos cambios de vestuario se atrevió con el pole dance, acrobacias colgada de cadenas y los típicos bailes en grupo con carga sexual. El espectáculo no da un segundo de respiro y todo parece estudiado al milímetro. En lo musical, sonido pregrabado con el refuerzo de un percusionista y un DJ para el desenfreno de “HARD”, “Room Of Fools” o “Love Crimes”. Desde el lado profesional, todo impecable; desde el lado emocional, algo frío excepto en los recuerdos a su anterior material, como en la elegante sensibilidad de “Two Weeks” de “LP1” (2014) o la belleza íntima de “Cellophane” de “MAGDALENE” (2019). Pepe Nave
¿Hemos tenido alguna vez simpatía por Robbie Williams y su música? Pues no. Aun así, estábamos en el escenario Nagusia, predispuestos a recoger las migajas que el entertainer inglés –imparcial él, dice ser el mejor del mundo– nos pudiera regalar. Pero solo recibimos tópicos y una bofetada de brocha gorda tras otra. Viste fatal, habla demasiado, grita, pide la interacción con nula delicadeza, abusa de las versiones, el show chusco y el confeti, cuando rockea no pasa de lo tópico, cuando se pone tierno le puede la vena sensiblera… Y se pone pesado con el fútbol (su concierto coincide con el desenlace del España-Bélgica), el Mundial y Lamine Yamal (hasta se coloca la camiseta de la Roja, que desde luego parece su color favorito, en tono chillón, claro). Tampoco el público le siguió con ese fervor reservado a las estrellas y si reapareció para el bis fue más por voluntad propia. Pulp, Arctic Monkeys, Massive Attack… sin querer nos venían a la mente recientes cabezas de cartel que en ese mismo gran escenario habíamos disfrutado, y no este tipo tosco que se carga torticeramente “New York, New York” o (dedicada a su padre) “My Way” (¡si Sinatra y Vicious levantaran la cabeza...!) y que presenta a la banda con introducciones de “Personal Jesus” (Depeche Mode), “Another One Bites The Dust” (Queen), “Hey Jude” (The Beatles)… a modo de redundante karaoke. Lo más salvable llegó precisamente en la propina con “Feel”, quizá su mejor canción”. Y con “Angels”, un agradable remedo de Elton John con el que se despidió acompañado de su hija adolescente (vete-tú-a-saber-por-qué). De “Britpop” (2026), el álbum que se supone propicia la gira, solo rescata “Rocket” y “Pretty Face”, esas en las que ansía ser Oasis. Pero tampoco. Javier Corral “Jerry”
Escuchando un minuto a Thee Sacred Souls en el escenario Repsol se entiende por qué han grabado con el sello Daptone, casa del soul retro bien hecho. La banda de San Diego suena como los ángeles, con densidad y matices, sobresaliendo la dulce voz de Josh Lane, con timbre parecido al de Curtis Mayfield. Si en “Will I See You Again?” su soul se acerca al lovers rock jamaicano, en “Live For You” danza al ritmo del “What’s Going On?” de Marvin Gaye. ¿Déjà vu? Todo el del mundo, pero con esa exquisitez no hay peros que valgan.
En el trigésimo aniversario de sus dos primeros álbumes, “Tigermilk” y “If You’re Feeling Sinister”, Belle And Sebastian han estado tocando su contenido íntegro en días alternos. En su primer festival del año, se decidieron por un repertorio de hits, con espacio para los citados LPs como “The State That I’m In” del primero o “Me And The Major” del segundo. Su apabullante selección de dianas pop sonó tan bien como siempre. El ritual de “The Boy With The Arab Strap”, con más de treinta fans bailando sobre el escenario San Miguel, se hizo un poco largo para los que lo hemos visto unas cuantas veces, pero el cierre con “Sleep The Clock Around” nos puso en nuestro sitio.
Si alguien pensaba que el bolo de Soulwax sería otra puerta a los clubes del final del siglo XX, los hermanos Dewaele –que también están en el festival como 2ManyDjs– taparon bocas mostrando una mayor amplitud de registro. Desde el origen, donde Kraftwerk, el post-punk y el EBM de compatriotas belgas como Front 242 se cruzaban en las míticas discotecas de la ruta valenciana, recogieron las migas del camino que siguió James Murphy y sus LCD Soundsystem. Un set impactante sobre el escenario Nagusia, con tres baterías sobre un andamio y dos teclistas acompañando a los Dewaele, en el centro con dos vetustos sintetizadores. Stephen puso aplomo en los temas vocales como “Run Free” o su reciente single “Perfect We Are Not”, que evidencia que lo siguen teniendo. Pepe Nave
En las antípodas de lo anterior se situó el concierto en el escenario Nagusia de Dellafuente, con un montaje escénico que retrasó el concierto 25 minutos y más de veinte músicos sobre las tablas, dispuestos en varios escalones cual latina big band. En el centro, Dellafuente, que no cambió su outfit Decathlon, y una serie de amigos ante una mesa con cinta transportadora sobre la que pasaban bandejas de viandas, marisco o uvas que iban picoteando mientras el líder de la función cantaba. En pantalla se veía la comida desde arriba con el título “El banquete”, un guiño-guiño a la sobremesa de C. Tangana. La otra referencia, obviamente, es el último Bad Bunny y su sonido Fania a lo grande, que el granadino se apropió para vestir con lustrosos ropajes coreados éxitos como “Romero Santo”, “Ayer”, “Bailaora” o el cierre con “Muchas caricias – Fin de fiestas”. Melancolía de barrio en Cinemascope. Pepe Nave