El cielo plomizo que llevaba semanas azotando la capital no logró amansar la fanfarria; al contrario, pareció alimentar el misticismo. La formación llegó a Madrid Río para presentar su nuevo universo, “From The Pyre” (2025), y el ambiente en la sala La Riviera –especialmente juvenil– confirmó que su impacto iba más allá de lo estrictamente musical. Bajo una lluvia persistente y con una cola que parecía no tener fin antes de que abrieran las puertas, ya se intuía, entre los abrigos, una sintonía estética con el imaginario del grupo: algo más cercano a una “convención gótica suave” o a un aire gothic Bridgerton. Una comunidad profundamente implicada, que vivió cada cambio de registro del set y supo cuándo estallar en aplausos y cuándo guardar un silencio reverencial.
Tras su paso por Lisboa y un día de descanso además de la firma de discos en el UMusic Shop del centro, The Last Dinner Party por fin debutó en Madrid. La cita precede a su parada de esta noche en la sala Razzmatazz de Barcelona, segunda incursión en la Ciudad Condal tras haber actuado en Primavera Sound 2024. Recordemos que habían debutado por aquí en el Bilbao BBK Live 2023. Durante la velada repasaron íntegro su nuevo álbum y buena parte de “Prelude To Ecstasy” (2024), sumando además el celebrado “Big Dog” y la inédita en Europa “Knocking At The Sky”.
Como aperitivo, el dúo angelino Sunday (1994) abrió la velada bajo la sintonía de “Twin Peaks” y con un neón luminoso marcando su nombre. El proyecto de Paige Turner y Lee Newell, reforzado anoche por Christine Meisenhelter al bajo y Puma a la batería, se movió en una ambigüedad difícil de descifrar. Pese al entusiasmo de parte del público, la actuación pareció confiar más en el envoltorio estético que en la consistencia de las composiciones. La actitud apuntaba alto, pero ciertos detalles restaron naturalidad al pase: algún título mal anunciado, guitarras pregrabadas demasiado evidentes y pequeñas imprecisiones rítmicas en los platos que rompieron la fluidez. “Tired Boy”, junto a “Stained Glass Window” y “TV Car Chase”, y con Paige mostrando incluso un cartel con el lema “I wish I was more like you”, reforzaron esa voluntad mercadotécnica de impacto visual.
A las nueve de la noche, tras media hora de teloneros y otra de espera, llegó el momento esperado. La sala, ya al límite, se entregó por fin a la misa pagana de The Last Dinner Party (con su batería presentado como “Dave”, a secas), que arrancó con la solemnidad de “Agnus Dei”. Una invocación panorámica en la que la voz de Abigail Morris pareció descender desde las nubes mientras el grupo se desplegaba con precisión apabullante. Y, ahora sí, conviene recorrer el set de principio a fin, porque lo que ocurrió anoche se sostuvo canción a canción. La audiencia despertó con las sacudidas de “Count The Ways”, donde la guitarrista Emily Roberts soltó un riff sórdido desde su guitarra de bronce, confirmando su lugar como nueva heroína de las seis cuerdas. Esa intensidad desembocó en “The Feminine Urge”, propiciando el primer gran sing-along de la velada en una convergencia casi catártica que unió el material nuevo con el de su debut.
Abigail dominó la escena con una teatralidad glam, transformando La Riviera en su imperio personal al sonar “Caesar On A TV Screen”, mientras Aurora Nishevci dejaba el piano de cola y el teclado para colgarse el keytar. Como contrapunto, los asistentes acompañaron en respetuoso silencio “On Your Side”, entendiendo que la pieza exigía recogimiento. Fue una pausa necesaria en la que la cohesión emocional de la formación brilló con luz propia. Antes de interpretarla, su vocalista celebró su primera vez en Madrid. Contó su visita al Prado, su fascinación por Goya –“What a fan!”– y agradeció a la capital su belleza y su cultura. Después, la urgencia regresó con “Second Best”, otra joya de su último trabajo que desprendió una energía penetrante, con el bajo de Georgia Davies afilando la arista del tema y ecos de Siouxsie And The Banshees. Su inicio coral, casi esquelético, resultó sobre las tablas todavía más hipnótico.
El sonido cayó en cascada hasta inundar el recinto con una vibración que contrastaba con el peso emocional de los teclados cuando Aurora tomó el mando vocal en “I Hold Your Anger”. Este cambio de temperatura, partiendo de una presencia más estática, fue fundamental para el equilibrio de la actuación, apoyado por los coros tímidos pero celestiales de Emily. No fue la única vez que la artista aportó este contrapunto terrenal, pues en “Gjuha” regresó para ofrecernos un precioso pasaje íntegramente en albanés. El silencio de los asistentes subrayó la autenticidad de este puente cultural, realzado por la mandolina de Roberts. Entremedias, “Woman Is A Tree” convirtió la sala en un pequeño aquelarre contemporáneo: las cinco integrantes entonaron armonías casi litúrgicas mientras la audiencia, que había coreado “guapa” y “reina” en bucle, respondía con una devoción perfectamente sincronizada. Su majestuosidad regresó en “Rifle”, liderada por la guitarrista y cantante Lizzie Mayland, cuyo interludio en francés con Abigail fue un detalle de absoluta sofisticación. La rabia visceral de esta entrega (que alcanzó en vivo un parecido con nuestros Triana) se filtró en la sala convirtiéndose en uno de los pasajes más celebrados del set.
“Big Dog” fue también una de las sorpresas de la noche, con el spoken word inicial de Georgia marcando el pulso de una formación de rock de primer nivel y con Aurora irrumpiendo al saxo. Tras las texturas post-punk de “Burn Alive” –composición que según explicaron no suelen tocar sobre las tablas y que tiene un significado especial por ser la primera que escribieron juntas– y con una puesta en escena más teatral que nunca por parte de Abigail, todo volvió a estallar con “The Scythe”. Fue un despliegue de ambición artística –con Emily incluso a la flauta– que dio paso a una interpretación de absoluta compenetración y armonía vocal. Como había anticipado Morris minutos antes, esas canciones no terminan en el estudio: se completan cuando la sala las hace suyas.
Ya en el tramo definitivo, tras un breve parón por un desmayo en las primeras filas, “Sail Away” se presentó con solemnidad, con Aurora al piano de cola acompañando a Abigail bajo un juego de luces medido al milímetro. Luego llegó otro hit, “Sinner”, con una flamante Lizzie también a las voces y un espíritu festivo que terminó de consolidarlo como clásico moderno antes de dar paso a “My Lady Of Mercy”. Allí, entre palmas y una coreografía rítmica, se rompió la barrera entre el tablado y el fervor de una multitud entregada. La “extravagancia ruidosa” de “Inferno” seguida de la inédita “Knocking At The Sky” –primera vez que la interpretaban en Europa– preparó el terreno para el estallido final de “Nothing Matters”: pura magia escénica y euforia colectiva.
Los bises se convirtieron en una ceremonia de teatralidad, acompañada de un agradecimiento total que abarcó a toda la tripulación, desde el puesto de merchandising hasta el conductor del autobús. Con “This Is The Killer Speaking” convirtieron el final en un ritual lúdico, entre coreografías y arengas cómplices al público. El regreso al origen con el reprise de “Agnus Dei” selló la noche como empezó: en clave coral y con la sensación de completar el círculo. Si esto hubiera sido una cena, pediríamos repetir plato, aunque algo nos dice que la próxima visita de las centinelas del pop barroco actual a Madrid será en un estadio. ¿Es posible que alguien más comparta ahora la extraña pulsión de buscar un anticuario para comprar una cubertería de plata o un candelabro? Lo que sí es seguro es que abandonamos La Riviera jurando haber visto a una sombra victoriana mezclarse con el humo de la sala, aunque lo más probable es que fuera simplemente la resaca emocional. ∎