Tal vez uno de los problemas fuese su llamada “multidimensionalidad”. Porque nada o muy poco en “Forever Changes” (Elektra, 1967) es lo que parece. Empezando por su extraño título, que no es necesariamente un aforismo griego sobre la insustancialidad del cosmos. Se entiende mejor como “Love forever changes”, título completo del disco según el cantante y multinstrumentista Arthur Lee, su autor principal, en referencia también a la propia naturaleza cambiante de Love.
El nombre del grupo también resulta engañoso. Lee operaba a finales de 1965 como The Grass Roots, nombre que acabó desechando al averiguar que un grupo rival de San Francisco lo había patentado antes que él. Para conocer los entresijos de esta historia recomendamos leer “Arthur Lee. Esplendor y decadencia de Love” (Contra, 2022), de Barney Hoskins, y en especial “Forever Changes. The Authorized Biography Of Arthur Lee & Love” (Jawbone, 2010), de John Einarson, a partir de las notas de su protagonista.
Bryan Andrew MacLean (1946-1998). Niño rico de Beverly Hills, criado al son de Rodgers y Hammerstein y el flamenco, amigo íntimo de Liza Minnelli, aportó genio –algunos de los mejores temas de Love eran suyos– y hype –fue roadie de The Byrds en 1965 y conocía a fondo el ambiente folk-rock de Sunset Strip–. Acusaba a Lee de robarle las ideas y de rechazar sus canciones –algunas pueden encontrarse en “ifyoubelievein” (Sundazed, 1997) y “Candy’s Waltz” (Sundazed, 2000)–. Tras “Forever Changes” acepta una oferta envenenada de Elektra para hacer su disco en solitario que no fructifica, decide desintoxicarse de su adicción al caballo y se convierte al cristianismo. Muere infartado un día de Navidad en el baño de un restaurante de Hollywood. Maria McKee, cantante de Lone Justice y bipolar como él, es su hermanastra.
Johnny Marshall Echols (1947). Clavado a Johnny Mathis –con rasgos afroamericanos, como su amigo de la infancia Arthur Lee–, guitarrista ecléctico –jazz, soul, rock, era fan de Tim Hardin– de gran reputación en Hollywood –son icónicas sus fotos con una Gibson de doble mástil–, fue instrumentalmente la piedra angular de Love. Apócrifamente acusado junto a Forssi de atracar una tienda de dónuts o de liquidar con similares fines crematísticos a Neil Rappaport –un road manager de Love a quien Lee dedicaría dos canciones–, acabó mudándose a Nueva York, donde pudo liberarse de las drogas duras impartiendo clases de guitarra y trabajando como músico de sesión. Love With Johnny Echols actuarán en España el próximo mes de abril.
Ken Raymond Forssi (1943-1998). Estudiante de arte, aficionado a los coches como Arthur Lee –conducían, respectivamente, sendos Jaguar y Porsche–, componente de los Surfaris –llegaron a tocar en Japón–, sus imaginativas líneas de bajo forman una parte esencial del sonido de Love. Tras un breve paso como dibujante en Hanna-Barbera, regresó a Florida con sus padres y tocó en bandas locales, muriendo a los 55 años de un tumor cerebral sin haber podido salir nunca de las drogas.
Michael Stuart-Ware (1944). “Entre bastidores. De viaje con el grupo Love” (Metropolitan, 2008) es un libro de fácil lectura donde Stuart –lo de Ware es posterior– aporta su versión de los hechos con jugosas anécdotas sobre los entresijos de Love y el Hollywood de la época. Tras emplearse en Atlantic Records y rechazar una oferta de Neil Diamond, se retira de todo –música y drogas– a mediados de los años setenta.
Dave Angel (1940). Procedente del jazz –era saxofonista– y de la música clásica, trabajaba como compositor y arreglista en Paramount Pictures. Veía en el líder de Love un “compositor de sinfonías” que “superaba la falta de flexibilidad del rock con sus originales progresiones de acordes” y se lamentaba de que no hubiese tenido más oportunidades para desarrollar el talento intuitivo que demostró en “Forever Changes”. Un Lee musicalmente ágrafo pero perfeccionista y sobrio, según Angel, durante las tres semanas que necesitaron para componer los arreglos. De hecho, los arreglos de las canciones firmadas por Arthur Lee fueron compuestos por este, asumiendo Angel básicamente el papel de asesor y transcriptor, mientras que este se adjudica toda la autoría en el caso de los temas escritos por MacLean.
Jac Holzman (1931). Por el director de Elektra pasaron decisiones importantes como la secuenciación del álbum o el descarte de “Wonder People (I Do Wonder)”, un tema de Lee orquestado por Angel localizable en las sucesivas reediciones del disco. Es coautor del fundamental “Follow The Music. The Life And High Times Of Elektra Records In The Great Years Of American Pop Culture” (First Media, 2007).
Bruce Botnick (1945). Ingeniero de sonido de Jerry Goldsmith, The Beach Boys, Jack Nitzsche, Tim Hardin o The Doors, es el insustituible arquitecto técnico de “Forever Changes”. Acabó mal con Arthur Lee hasta el punto de querer borrarse como productor. La contratación de Dave Angel fue una sugerencia de la madre de este galgo, Priscilla Nemoy, copista musical de Les Baxter, Frank Sinatra o Nat King Cole. La reedición de 2008 incluyó una versión alternativa del álbum –o “primera mezcla” sin pulir, según Botnick– donde se aprecian algo más todos los instrumentos. Casi todos se quejaron del sonido excesivamente compacto o amalgamado de un disco cuyos másteres originales se perdieron cuando Elektra se mudó a Los Ángeles a principios de los años setenta.
The Wrecking Crew. Equipo de músicos de sesión formado por el guitarrista Billy Strange (1930-2012), inseparable de Lee Hazlewood; la bajista Carol Kaye (1935), aunque también se acredita a Chuck Berghofer (1937); el percusionista Hal Blaine (1929-2019) y Don Randi (1937) a los teclados. Canela en rama. A ellos habría que añadir los cuatro vientos y siete cuerdas –con Norman Botnick, el padre de Bruce, a la viola– procedentes de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles.
Echols corrobora la versión de que, molesto por la exclusión de la mayor parte de sus composiciones en un álbum que iba a ser inicialmente doble, Bryan MacLean urdió un complot: tocar descuidadamente los temas de Arthur Lee. Michael Stuart-Ware, habitualmente el tipo más sereno de Love, achaca el descentramiento a la falta de ensayos: si un tema tan simple como “7 And 7 Is” había requerido más de 40 tomas, canciones tan complicadas como las de “Forever Changes” requerían de un mayor tiempo de maduración. Arthur Lee había permitido que se registraran las interacciones del grupo en el estudio, lo cual enrareció aún más el ambiente por los comentarios cáusticos que espetaba a unos músicos indolentes incapaces de afinar sus instrumentos.
Como no podía ser de otra forma, Love ha sido objeto de múltiples rimas y leyendas. Una de ellas es achacar las dificultades iniciales en la grabación de “Forever Changes” a los problemas del grupo con las drogas duras cuando estas todavía no habían entrado en juego, según aseguran sus componentes o testigos directos como Botnick. Otra es “Gethsemane”, la supuesta segunda parte del álbum integrada por temas descartados de Echols y MacLean, santo grial cuya existencia Lee siempre descartó de forma radical.
Con el beneplácito de Holzman, él y Botnick convocaron a los amotinados para comunicarles que The Wrecking Crew se iban a encargar de las pistas básicas del disco, es decir, de su estructura ósea. Todos sabían que tal decisión encarecería el álbum –el acuerdo con Elektra era que la banda se embolsaría el dinero sobrante de los 25.000 dólares asignados como presupuesto: con esto jugó Arthur Lee para escatimar durante años las regalías a sus compañeros– y que el resultado no iba a sonar precisamente a Love, pero el ardid funcionó: viéndose con la soga al cuello, MacLean y compañía se comprometieron a asimilar el repertorio durante el verano de 1967 coincidiendo con una invitación del Festival de Monterey, evento gratuito por el que no cobrarían nada y organizado por un viejo villano llamado Lou Adler, el de los Grass Roots de San Francisco. Arthur Lee rechazó el bolo por amor al arte, un tiro en el pie en términos de publicidad.
El disco quedó listo con apenas una semana efectiva de trabajo, entre junio y septiembre de 1967, a lo largo de tres estudios: Western Recorders, Skyhill –de Leon Russell– y Sunset Sound Recorders, donde Angel dirigió a la orquesta el último día programado, un 18 de septiembre, con la presencia silenciosa de Lee sentado en una silla y el asombro de aquellos músicos “serios” que no entendían cómo semejante desarrapado había podido componer algo tan especial. Al terminar felicitó a Angel y nunca más volvieron a verse. Dos días más tarde Botnick hizo las mezclas. El rompecabezas mágico quedaba resuelto.
Un descarte de Bryan MacLean para el primer álbum del grupo cristalizó en la obertura perfecta de “Forever Changes”. Dicen que inspirada en el “Capricho español” de Rimsky-Kórsakov, Angel añadió un novedoso septeto “barroco” de cuerdas y arreglo de trompeta para cinco mariachis a lo Herb Alpert & The Tijuana Brass. Afín al enigmático ethos del álbum, Lee suspendió el sentido lírico apostillando “Or” al título, imponiendo de paso su voz a la de MacLean en la mezcla final para mortificación de su amigo. Holzman la seleccionó como único single del disco, disgustando esta vez al tirano absoluto de Love.
Aquello de la “sangre mezclada con barro que se torna gris” lo aprendió Arthur Lee de un veterano de guerra que conoció en San Francisco en un concierto de Janis Joplin. Otros temas pacifistas de la época como “For What It’s Worth” de Buffalo Springfield o “The Unknown Soldier” de The Doors suenan casi pueriles en comparación. Sin participación de la orquesta, su ritmo hipnótico hace galopar la melodía entre imágenes sangrientas, temor a la extinción y un riff ácido de Johnny Echols simbolizando el horror.
Es uno de los cortes donde The Wrecking Crew intervino más a fondo. Sus ingrávidos arreglos de cuerda y gráciles guitarras acústicas giran alrededor de una antigua relación amorosa de Arthur Lee. En su interesante opúsculo “Forever Changes” (Bloomsbury 33 1/3, 2003), Andrew Hultkrans asegura sin rubor que frases como “envuelto en mi armadura con mis cosas materiales” apelan a ciertas creencias gnósticas no confirmadas. En el primer disco de Love encontramos la pariente lejana “And More”.
Cuesta creer que Ken Forssi tuviese que retomar su intrincada línea de bajo ante los apuros de Carol Kaye en este primer corte del que se hizo cargo The Wrecking Crew tras la debacle inicial de los porreros. Holzman la secuenció después de “Andmoreagain” favoreciendo la homogeneidad sonora del álbum. Tomando prestado el nombre del periódico de Superman, suele interpretarse como una crítica a la superficialidad corriente en Hollywood con una guerra cruenta en marcha. The Doors usaron el verso “waiting for the sun” para titular su álbum de 1968, que además contiene “Love Street”, una de las canciones que Jim Morrison dedicó a su musa Pamela Courson, antiguo ligue de Arthur Lee. Ibon Errazkin formó parte en los años noventa –junto al añorado Pedro San Martín (1971-2011) y Borja Sánchez de La Buena Vida, más su compañero en Le Mans, el batería Gorka Ochoa– del grupo instrumental Daily Planet.
Segunda y última canción firmada por MacLean, admitida por los pelos y de nuevo cantada por Lee. El puede que sobrevalorado pelirrojo se quejó del excesivo dramatismo de unos arreglos –más cuerdas y trompetas fronterizas– que en absoluto restan delicadeza a su pieza acústica inspirada esta vez en “El teniente Kijé” (1934) de Sergei Prokófiev. Su espiritualidad encaja en una época marcada por las lecturas de Hermann Hesse, Alan Watts, Aldous Huxley y otros promotores menos responsables del LSD como Carlos Castaneda o Timothy Leary, además de presumiblemente proyectar la añoranza freudiana de una figura paterna. Botnick había invitado a Neil Young, sin blanca y excedente de Buffalo Springfield, para producir “Forever Changes”. Abandonó antes de empezar, pero acabaría escribiendo un tema homónimo.
Otro corte del primer disco de Love, “Mushroom Clouds”, también hacía referencia a la Guerra Fría. “Sentado en la ladera, viendo morir a toda esa gente, me sentiría mucho mejor al otro lado”: en aquella colina se alzaba la nueva casa de Lee, donde Roger Corman acababa de rodar, con Peter Fonda y un guion de Jack Nicholson, “The Trip” (1967). “A veces negocio con números” no es la numerología de Hultkrans, sino solo porros o “numbers” en el argot del momento. Termina con una frase de Peter Weiss en la obra “Marat/Sade” (1964), donde Lee parece decantarse por el cinismo libertino de Sade en lugar del idealismo revolucionario de Marat mientras Don Randi teclea el clavecín.
Entre Clark Street y Hilldale Avenue, en un tramo de Sunset Boulevard, se encuentra la mítica sala Whisky A Go-Go donde Jac Holzman descubrió a The Doors por recomendación de Love, puede que una estratagema fallida de Arthur Lee para salir de Elektra Records tras recibir una buena oferta de MCA: Holzman acabó promocionando a la banda de Jim Morrison en detrimento de la suya. Lee acudía a The Eating Affair, un restaurante cercano donde había una gramola con canciones de Love: la canción rememora aquel ambiente energético de la ciudad. Destacan la consistencia de los ritmos de Michael Stuart-Ware, como en el resto del disco, los punteos acústicos de Johnny Echols y otro solo de trompeta.
Pocos pilluelos podían salirse con la suya cantando “el moco ha cristalizado en mis pantalones / veo un azulillo sobre la rama, creo que sacaré mi pistola”. Los temas raciales del álbum asoman de nuevo en este descarte de “Da Capo” con los indios americanos en el foco. La mezcla de flujo de conciencia, prédica lisérgica y poética callejera de Arthur Lee, encuadrable en la de tipos como Little Richard –sin gritar–, Frank Zappa, Mark E. Smith o David Thomas, alcanza aquí su expresividad máxima gracias a un infalible Echols.
Basada en “Hummingbirds”, una maqueta instrumental que asoma indefectiblemente en las reediciones del disco, el látigo de Lee podría estar apuntando malévolamente a las frecuentes imágenes de MacLean: flores, niñas con coleta, tiovivos y pajarillos en un reino de Oz –uno de los apelativos de Laurel Canyon– engalanado de bucólicos pizzicatos.
Don Randi da cuenta ahora del piano Steinway que había en el estudio Sunset Sound para uno de los números acústicos más rockeros de “Forever Changes”, cuya intención era replicar las dinámicas de Bo Diddley con ciertos tonos country añadidos avant la lettre. El mal rollo que Lee inocula en las venas de aquel edén comunitario que duró hasta 1975 anticipaba algo por venir en apenas dos años: el “sistema” apuntillando la utopía hippy.
“Forever Changes” termina triunfalmente con este corte compuesto por tres fragmentos inconclusos que Lee cedió a Forssi para que los ensamblara empleando sus líneas de bajo –trabajo por el que no recibió crédito alguno–. Durante sus siete minutos hay tiempo para diversas digresiones armónicas y una conclusión positiva: “Este es el momento en el que vivo y afrontaré cada día con una sonrisa, ya que el tiempo concedido es breve”. La rough mix del álbum contenía una versión alternativa del tema con un rapeo al final, detalle que Botnick eliminó en la mezcla definitiva.
La foto de la contraportada pertenece a Ronnie Haran, mánager oficiosa de Love y la cazatalentos de Whiskey A Go-Go que descubrió a The Doors antes que Elektra. Lee sostiene un jarrón con flores muertas que Stuart había roto fortuitamente minutos antes negando que se tratara de un gesto anti flower-power por parte de ninguno. Echols sujeta un canuto mientras luce el sombrero ruso que cubre su incipiente alopecia. Forssi exhalaba humo de su cigarro mientras que MacLean representa el autoproclamado papel de bufón. Son abundantes los entuertos que Michael Stuart-Ware, el miembro más centrado y reservado de Love, relata en su autobiografía con MacLean como protagonista.
Mención aparte merece su relación con The Doors, fans obsesos de Love y contendientes en Elektra con más ganas que ellos de labrarse una carrera profesional seria: en 1968 ya estaban conquistando Europa y en 1969 sacaron su propio álbum orquestado, “The Soft Parade”, más cerca de Nino Bravo que del sublime “Forever Changes”. Ray Manzarek apenas los menciona en “Light My Fire. My Life With The Doors” (Arrow, 1999), a diferencia de John Densmore en “Riders On The Storm. My Life With Jim Morrison And The Doors” (Delta, 1991). Arthur Lee estaba convencido de que Jim Morrison fusilaba sus visiones apocalípticas y le pisaba los pasos fichando por el mismo sello, paseando otro labrador negro o saliendo con Miss Courson.
La evolución meteórica de Love se produjo entre 1965 y 1967, entre los mandatos de The Byrds y The Doors. Apenas dos años y medio focalizados en las escasas dos millas de Sunset Strip, en el mismo corazón del Sunset Boulevard que Billy Wilder retrató, con homicidio y todo, en “El crepúsculo de los dioses” (1950). Publicado el 1 de noviembre de 1967, “Forever Changes” no pasó del puesto 154 en la lista Billboard. Demasiado sofisticado para su tiempo, lastrado por una distribución pobre fuera de California, Holzman cree además que publicarlo cerca de las navidades no ayudó a que escalara un poco más a pesar de las buenas críticas que cosechó en la prensa especializada estadounidense.
Arthur Lee tampoco estaba dispuesto a dormir fuera de casa para promocionar el disco, dificultad que se añadía a la de plasmar aquellas orquestaciones en directo. Habiendo sido siempre dificultoso para ellos tratándose de un grupo interracial, especialmente en el sur del país, Love dejaron poco a poco de actuar con asiduidad. Aquello acabó con la paciencia de una banda ociosa que empezó a matar la frustración inyectándose heroína. Después de grabar un último single a principios de 1968, “Your Mind And We Belong Together” / “Laughing Stock”, la mejor formación de Love emprende una rara gira por Nueva York, momento en el que Echols y compañía, escasos de existencias, venden a espaldas de su líder los instrumentos alquilados por Elektra, furgoneta incluida. Lee decide romper con ellos para abandonarse a la rentable autocomplacencia del blues-rock con “Four Sail” (Elektra, 1969), álbum que cerraba su contrato con Elektra y que incluye el clásico “Always See Your Face”, iniciando una carrera elíptica que vuelve a rozar el sol, si bien en modo revival, a partir de 1993 gracias a su asociación con los jóvenes Baby Lemonade.
En Reino Unido la historia fue diferente y “Forever Changes” alcanzó el puesto 24 de las listas en 1968. Syd Barrett, Nick Drake o Robert Plant lo adoraban. En 1994, Alan McGee invitó a Arthur Lee al décimo aniversario de su sello Creation y en 2002 cinco laboristas de la Cámara de los Comunes elevaron una moción para proclamar su tercer disco “the greatest album of all time” –“Astral Weeks” (1968), de Van Morrison, quedó en segundo puesto–, a cuya ceremonia acudió. Sus antecedentes penales probablemente frenaron en Estados Unidos un homenaje tan merecido como estrafalario, pero desde 2008 “Forever Changes” consta en el Grammy Hall Of Fame y en 2011 ingresó en el Congress’ National Recording Registry con esta ficha. “Berlin” (1973), de Lou Reed, “Ocean Rain” (1984), de Echo & The Bunnymen, o “Ladies And Gentlemen We Are Floating In Space” (1997), de Spiritualized, algunos ejemplos adicionales de su raro influjo en tres décadas distintas, no consiguieron destronarlo.
Brillante y oblicuo como un palimpsesto posmoderno milimétricamente concebido, “Forever Changes” conserva las huellas turbulentas de una nación en las postrimerías del movimiento por los derechos civiles, con las incipientes protestas universitarias antimilitaristas en marcha –1967 fue el segundo año con mayor número de bajas mortales estadounidenses en la guerra de Vietnam, solo superado en 1968–; revueltas juveniles como la brutalmente aplacada en Hollywood por la policía a raíz de las quejas vecinales que propiciaron una serie de toques de queda de 1966, episodio inmortalizado en la película “Infierno en Sunset Strip” (Arthur Dreyfuss, 1967); o la amenaza nuclear persistente que Stanley Kubrick parodió en “¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú” (1964).
En su atalaya inexpugnable de Kirkwood, cerca de Laurel Canyon, como Polibio frente a la destrucción de Cartago, Arthur Lee observaba el panorama angelino desde un prisma crítico, con los ojos bien abiertos pero distanciado y antiépico, inmerso como estaba en aquella forma de vida hedonista, convencido de su inminente deterioro físico a pesar de los primorosos 22 años que tenía cuando grabó “Forever Changes”. Hasta las cejas de enteógenos, anticontracultural en su desconfianza patógena, el escepticismo libertino de Lee se alinearía con el de la cronista Joan Didion en “Arrastrarse hacia Belén” (1968) sobre la escena hippy natural de Haight-Ashbury en San Francisco: puede leerse en “Los que sueñan el sueño dorado” (Random House, 2012). Amenazado por un alistamiento militar que nunca se produjo, aquel joven neurasténico pertrechado de botas militares, ropa de bucanero y gafas romboidales se sentía incapaz de reinterpretar la brecha flower¡ power de su generación a base de sunshine pop como Strawberry Alarm Clock.
Anticipándose a la ruina de la quimera hippy tras los crímenes de Robert Kennedy y Martin Luther King (1968), de Sharon Tate y sus acompañantes en Cielo Drive a manos de la Familia Manson, del joven negro Meredith Hunter en Altamont por los Hell Angels (ambos en 1969) o de cuatro estudiantes en Ohio por la Guardia Nacional (1970), parido entre la Era de Acuario y el Reino de Mordor, hermético pero universalista en su enfoque y evitando con más que razonable éxito los clichés estéticos del momento, es habitual que “Forever Changes” aún requiera tiempo para entenderse del todo, si es que esto es posible o siquiera aconsejable. Pero quienes aún tengan la paciencia de escuchar un álbum entero sin ceder a la hipnosis catastrófica del scroll –no tan cambiante como nos quieren hacer creer–, el “punk barroco”, “garage soul”, “ambient psych rock” o “acid folk de cámara”, lo que ustedes quieran, de Sir Arthur Lee acabará por no defraudarlos. ∎