Nick Cave & The Bad Seeds, a lo grande. Foto: Javier Bragado
Nick Cave & The Bad Seeds, a lo grande. Foto: Javier Bragado

Festival

Mad Cool, ritos de paso

Un Nick Cave imperial, la brujería elemental de Florence + The Machine, Lorde en su mejor concierto desde los tiempos de “Melodrama”, el explosivo arcoiris de Pulp, la fiesta remember de Moby, el círculo ritual de A Perfect Circle o el maridaje de un concierto sólido de Kings Of Leon con la victoria de España ante Bélgica en cuartos de final del Mundial marcan una edición de Mad Cool con brotes verdes pero aún con serias deficiencias. En su décimo aniversario, el festival madrileño parece apostar por un modelo centrado en su escenario principal, en el que todo lo demás parece, cuando menos, accesorio.

Después de la profunda indefinición de la pasada edición, Mad Cool enfrentaba su décimo aniversario con una propuesta artística que, al menos sobre el papel, parecía estructurarse en torno a tres líneas claras: el rock –clásico, exitoso, radiofónico; a veces muy bueno, pero no son ni la calidad ni el riesgo los criterios principales de este festival–, las divas pop y los que están en el medio, aquellos con más o menos tolerancia ravera. En la práctica, sin embargo, Mad Cool 2026 se ha revelado más como un no-festival, una cita cada vez más pensada en torno a la capacidad de arrastre que generan uno o dos conciertos por día en el escenario principal más que en poder disfrutar de un estilo u otro o de algún tipo de variedad: elige tu batalla (cena) y considera lo demás accesorio. Es la única forma de hacer que este sarao resulte al menos algo satisfactorio.

Esta idea queda reforzada con la polémica decisión de prescindir del escenario 2 para ampliar el merendero, porque cenar, aquí, también es el escenario principal: el resultado final le da la razón a Mad Cool porque en toda la edición tan solo el concierto de Zara Larsson en el escenario Orange se desbordó, pero también es peligroso, pues no hace sino concentrar aún más el foco en torno a los grupos principales, que además a día de hoy ya no son los cabezas de cartel, sino simplemente los que tengan la suerte de caer en el Region Of Madrid. La eliminación de un segundo escenario que funcione en alternancia con el principal ha provocado que este año se solapen varios reclamos principales por completo. Pero es que además la situación de ambos provoca que además se solape el sonido, cuando no está además infiltrándose el sonido que se escapa del escenario Loop.

El escenario Orange es, en estas circunstancias, casi impracticable, muy a menudo un desperdicio en todos los sentidos. Y esto es un problema que hay que revisar: con Zara Larsson fue flagrante a nivel de capacidad y por lo tanto también de sonido; los conciertos de Moby o David Byrne sucedieron mientras Foo Fighters y Pulp (al mismo tamaño de letra en el póster) disparaban con el doble de potencia; y en Interpol era imposible librarse de la sombra energética de los Twenty One Pilots incluso en pleno meollo del asunto.

¿Por qué Mad Cool, ante este panorama, no decide adoptar el formato de un All Points East o del viejo Super Bock Super Rock, más centrados en las actuaciones de un gran escenario principal? Más cuando la presión de los vecinos y de la Comunidad de Madrid limita tanto temporalmente la celebración del festival por arriba mientras las condiciones climáticas extremas de pleno julio en Madrid lo hacen por abajo, acortando profundamente las horas hábiles del festival. Si el Mad Cool continúa sobreviviendo y sigue vendiendo entradas (57.000 asistentes, sold out, el miércoles y el jueves; 53.000 el viernes y 48.000 el sábado) es precisamente por su capacidad para ofrecer estos grandes conciertos, con un buen sonido, en un buen recinto –con poco romanticismo, eso sí– y con un buen plan de movilidad para volver a casa sobre todo si uno vive o se aloja en el centro-sur de Madrid. Y vender algo más grande, que a día de hoy no puede abarcar (probablemente nunca lo haga), lo único que consigue es manchar la propuesta y la vivencia de los que asisten. Cuando Mad Cool entienda bien sus fortalezas, o incluso cuando mire al corazón de la ciudad de otra manera, quizá entonces pueda dejar de ser la experiencia agridulce que nos hemos acostumbrado a que sea. Diego Rubio

Miércoles, 8 de julio

Hola, chavalitas y chavalitos: bastardillos musicofílicos con el paladar tan bien educado como para leer esto. El tito Galo os desea que gocéis de la pirotecnia literaria de estas crónicas porque: oh, sí, hermanos rockdeluxeros, damos la bienvenida, un año más, a este delirio guiriatractivo, supraexpectante, sacaleches (muchas veces de las malas: trenes para regresar a casa con horarios falseados y meadas en la cara de los asistentes) que es el festival Mad Cool. Del éxodo beodo previo a la llegada al recinto ya hemos dado la chapa otros años. Las norias, los concursos de tómbola gitana vestidos por el sartorial corporativismo. Nada nuevo bajo el sol (¡y qué sol, diablos!). Lo de los maderos con dispositivos aeronáuticos y canes husmeando braguetas para aumentar cuota sí es más nuevo. Vigilad, aspiracionales compañeros, cannábicos y metanfetamínicos camaradas, porque habitamos tierras hostiles.

Pero vayamos a lo que nos ocupa. Dogstar. Sería idiota negarlo. Tener a Keanu Reeves de bajista es una bendita maldición. Dogstar tiene ingredientes de sobra para ser una banda por derecho propio. Buen vocalista, buenos riffs, buen batera. Pero es el bajo... no, ¡el bajista! quien atrae. ¿Y por qué no, oye? Ver al prota de “Matrix” con su desaliñada magia tambalearse por el escenario Loop es toda una visión. Mientras el cantante roza el shoegaze con esa voz a lo Dave Grohl –para su desgracia, coincide con el concierto de Foo Fighters en una pequeña parte–, resulta que es Keanu el saltarín animador. Recorren con audacia su segundo disco, con el que se colocan muy por encima de la expectación derivada de su idolatrado miembro actoral. Suena limpio. Suenan wah-wahs. Suena a “sé lo que me hago, nena, soy un bastardo de los noventa”.

Dogstar: el bajo de Keanu Reeves. Foto: Alfredo Arias
Dogstar: el bajo de Keanu Reeves. Foto: Alfredo Arias
Y mientras Dogstar babea, Foo Fighters capitanea la atención de la primera jornada en el escenario Region Of Madrid. Se dice con acierto que Dave Grohl es uno de los mejores músicos de su generación. Casi tres horas de bolo y conserva el ritmo, la energía, el grito. La mirada coñona de Jack Black. La melena rizada de careta llega a hacerle cosquillas en las fosas nasales. Mismo karma para el resto de la banda. Las patas de gallo no amilanan el espíritu. Recuerdan sus 31 años de trayectoria, en especial con “These Days”. Y aunque su negativa a aceptar fotógrafos invita al esputo y la indignación, este pecador lo admite: ¡Vaya espectáculo! Con un recorrido colmado de toda su discografía, así como algún regalito tipo solo de batería nirvanero o entonar el “Ace Of Spades” de Motörhead, los titanes del rock alternativo conservan su vigor. Galo Abrain

Jehnny Beth, actitud y sudor. Foto: Alfredo Arias
Jehnny Beth, actitud y sudor. Foto: Alfredo Arias

El escenario Loop, bajo carpa, era una sauna a las siete de la tarde. Jehnny Beth salió con su banda con el pelo en la cara (muy emo, muy dosmilero, muy poco práctico) y un sonido que dentro de la lona se hacía bola. Nos dio igual. La ex de Savages se bajó al foso ya en “High Resolution Sadness”, metió una versión de “Army Of Me” de Björk y remató “Push Ups” haciendo flexiones de verdad, subiendo fans al escenario a acompañarla. No era competición, pero de serlo ganaba ella: está más fuerte que el vinagre.

The Last Dinner Party parecen princesas Disney que hubieran empuñado una motosierra para acabar con todo. Con lazos rojos en los micros y plataformas por las que subir y bajar, la cantante se mueve como un hada y canta algo parecido a lírico mientras el grupo despacha su rock de sacristía. Sonaron sus greatest hits, hubo un dúo en francés, saxo en algún momento cercano al post-rock y flauta travesera en “The Scythe”, una de sus mejores baladas. Pocas bandas jóvenes sostienen a la vez lo ceremonioso y lo cachondo.

The Last Dinner Party: encuentro de brujas. Foto: Sergio Morales
The Last Dinner Party: encuentro de brujas. Foto: Sergio Morales
Wolf Alice salieron con el sol todavía pegando fuerte y un fallo técnico que los obligó a saltarse un tema. El bolo se parte en dos: primera mitad tranquila, segunda más grungera. A comienzos del repertorio (en “White Horses”) canta el batería Joel Amey, mientas Ellie Rowsell presentó “Just Two Girls” como la canción para beberse un vino con una amiga. Poco después hubo un momento de country y otro con Rowsell aullando por un megáfono en “Yuk Foo”. A lo largo del concierto recuerdan por momentos a The Cranberries y se creen algo más rockeros de lo que son: avisan de que hoy lo van a dar todo y acto seguido cae un pop-rock de manual.

Wolf Alice, tirando de manual. Foto: Alfredo Arias
Wolf Alice, tirando de manual. Foto: Alfredo Arias
Cerró el escenario Loop The Vaccines, a los que movieron de día y hora y acabaron rematando un espacio pensado para electrónica: raro que lo abriera Jehnny Beth y lo cerrasen ellos, dos bandas de guitarras. La coartada de su actuación era el 15º aniversario de su debut “What Did You Expect From The Vaccines?”. Da igual el número: 15 años, 20 años o ninguno. Justin Young y compañía iban a tocarlo de todos modos, porque son las que a la gente les interesan y de las cuales siguen viviendo. La novedad fue “Ten Years Too Far”, estrenada esa misma noche. Como desde hace 15 años; The Vaccines, sin misterio. Marta España

The Vaccines: sin misterio. Foto: Alfredo Arias
The Vaccines: sin misterio. Foto: Alfredo Arias

Se ve uno cogiendo la línea 3 del Metro de Madrid, a las cinco y pico de la tarde de un miércoles sofocante de julio, tote al hombro, un poco como el meme de CJ al principio de “GTA: San Andreas”: Oh, shit. Here we go again. ¿Por qué voy otra vez al Mad Cool, aparte de porque me paguen, si suelo decepcionarme, si tiene pocas propuestas que me interesen, si vive demasiado de una nostalgia rockopopera que a mí en general no me toca nada, si ha demostrado sobradamente tener muy poca capacidad para emocionarme como evento colectivo? Pues porque quiero ver a Moby, que no lo he visto nunca. Y ya que estamos, pues veo otra vez a The War On Drugs o un rato a The Last Dinner Party, a ver si ahora sí consigo conectar con ellas, que hasta ahora no ha habido manera. Supongo que en esto todos somos un poco iguales con el Mad Cool: no nos entusiasma demasiado pero siempre hay un grupo que nos hace confiar en que esta vez quizá sí merecerá la pena.

Antes de Moby, por aquello de contar lo que pasa, me acerco a ver a las mexicanas The Warning, power trio que abre el escenario Region Of Madrid al filo de las siete de la tarde y a temperaturas tórridas. Es un recuerdo en toda la frente de lo que es el Mad Cool: rokkk music de radiofórmula, con una ambición muy épica pero poco combativa, evidente filo pop coreable y referencias claras entre los primeros Muse y unos Metallica superficiales; por un momento se me había olvidado que esta noche rockeaban los Foo Fighters, pero ellas me lo recuerdan. También una idea que siempre ha rondado mi cabeza: ¿esto sí pero Taylor Swift no? Sometimes, I don’t get the rockist people.

The Warning: épica sin combate. Foto: Sergio Morales
The Warning: épica sin combate. Foto: Sergio Morales
Más en mi zona de confort están The War On Drugs, esos titanes de la americana para adultos que pasaron, a lo largo de los 2010, de huracán alternativo a dial de radio de carretera. Se encaraman al escenario Orange con toda su artillería sonora, más taller de orfebres que fábrica en cadena, pero se quedan esta vez a medio camino: la intimidad del escenario no favorece su sonido festivalero, más expansivo, pero tampoco sirve para replicar sus virtudes en sala, donde la corriente siempre está más controlada. Son una de esas bandas que se hubiera beneficiado con creces de tener a su disposición un escenario principal, pero lo cierto es que se defienden de sobra con un repertorio que ya no necesita realmente de actualizaciones o florituras porque es prácticamente un clásico contemporáneo: “Red Eyes”, “Pain”, “An Ocean In Between The Waves”, “Strangest Thing”, “Under The Pressure”... Poco más necesitan los de Adam Granduciel para dar siempre un gran concierto, propulsivo, intenso y lleno de detalles.

The War On Drugs y Adam Granduciel: el valor del detalle. Foto: Sergio Morales
The War On Drugs y Adam Granduciel: el valor del detalle. Foto: Sergio Morales

Pero el plato fuerte de mi jornada era Moby, cerrando en su caso el escenario Orange mientras luchaba por colarse el sonido de Foo Fighters: “La última vez que coincidí con la banda de Dave Grohl fue en un concierto con Minor Threat en 1986”, recordó el neoyorquino, visiblemente comprometido con esta gira en la que está celebrando su repertorio más recordado y que le ha devuelto a nuestro país después de quince años de ausencia. La idea del concierto es interesante, y seguramente lo que piden los fans más acérrimos de la primera etapa más pistera de Moby. También es la mejor manera de acercar su carrera a los posibles nuevos adeptos o a las generaciones más jóvenes, desde los que lo conocieron por “Play” (1999) hasta los que quizá se han acercado a él por algún remix o colaboración reciente: ofrecer una especie de grandes éxitos con las grandes canciones de aquel disco, de “18” (2002) y de “Hotel” (2005), pero tratadas como si de los primeros sencillos de Moby (“Go”, “Next Is E” o “Feeling So Real”, que ocupó el momento del clímax) se tratara. Esto es: traduciendo el lenguaje downtempo que adoptó a partir de los dos mil a la Hi-NRG de sus inicios, prescindiendo de los ambientes o las elaboraciones tranceras para apostarlo todo al house de Nueva York y a la discoteca de los años noventa, pero con la composición “rockera” de sus últimas etapas, con banda completa, viola, violín y una cantante de góspel-soul. El resultado roza por momentos lo excesivo y lo hortera, pero lo cierto es que es una decisión salomónica que permite que la energía siempre se mantenga en posición ascendente y que canciones como “Find My Baby”, “Natural Blues”, “Lift Me Up” o la legendaria “Porcelain” encajen en una misma narrativa sonora. Está claro que Eminem no tenía ni puta idea de lo que decía con aquello de “Nobody listen to techno, Moby”; cuesta creer que el chaval se criara en Detroit. Diego Rubio

Moby: repaso ascendente. Foto: Alfredo Arias
Moby: repaso ascendente. Foto: Alfredo Arias

Jueves 9 de julio

Buenas tardes/noches, queridísimos ketaminoadictos. Yung Prado, el más pezqueñín de los DJ patrios, tiene a bien animar el cotarro del escenario Loop de Iberdola. Cuerpos tozudos se mueven al son de los ritmos retro, maravilloso lugar común, del catalán. Entremés prematuro del cachondeíto matutino. Los hay bailongos. Juguetones. Estáticos. E incluso algún tío un poco cringoso. De esos rapados con chanclas y cara de cascarle a su madre. Pero todos oscilan complacidos, fraternales: la música amansa a las fieras. Hay incluso madres de mediana edad que se arriman a este que escribe a reconocer la magia del pincha. Palabras textuales: “Mis hijas lo queman. Ha venido a alegrar la vida de los que están aquí”. Pues nada, salud Prado. Let’s go, Gufi.

Yung Prado, liviana diversión. Foto: Alfredo Arias
Yung Prado, liviana diversión. Foto: Alfredo Arias
La Paloma abren su actuación en el escenario Mahou Reserva con “Sabotage” de Beastie Boys como sintonía, y gusta presagiar una energía igual de desatada. Cojonuda energía física, aunque si el cantante y guitarrista Lucas Sierra se atiza más la cabeza, se le van a olvidar las letras. Dicen saber lo que quieren, pero les cuesta dejar los años malotes dosmileros. Nada en contra. Será la vida cíclica, como el tránsito intestinal. Dios quiera que haya más palomas en las playlists juveniles que revientapelvis puertorriqueñas. Hasta citan a Raymond Carver, cuando se preguntan “de qué hablamos cuando hablamos de amor”, estrenando temas. Da gusto ver cuellos al borde del colapso cervical y rodillas puestas a prueba en la era digital. Moñadas mediante, el flow two thousand se impone en los tímpanos patrios. Y este cronista brinda con sangre de pichón por este sacro resurgir.

La Paloma: vuelo juvenil. Foto: Sergio Morales
La Paloma: vuelo juvenil. Foto: Sergio Morales
Cambio al escenario Orange. Quién hubiera dicho que el soul-pop de Teddy Swims fuese a cautivar tanta atención... ¡Sus millones de escuchas en Spotify, tarado! Sí, vale. Uno intuye cosas en la digitalidad, pero es ver el bolo de este hermoso taleguero atiborrado de tatuajes y dilataciones y recuperar el espíritu. Rebosa nervio vocal sobre las tablas. ¡Y qué banda! ¡Y qué coros! Incluso el overbooking anglosajón merece el sacrificio de la marabunta por ver a este prodigio con pintas de Ángel del Infierno jubilado. Solo palabras de elogio para la paradójica entonación dulce, sensible y melosa de Swims, descargada bajo ese bigote Judas Priest. Aunque a uno le dé un poquito de diabetes tanta disneyficación. Al César lo que es del César.

Teddy Swims: el valor de una voz. Foto: Alfredo Arias
Teddy Swims: el valor de una voz. Foto: Alfredo Arias
Acabamos la jornada, celtipoperos míos, con Florence + The Machine deslizándose por el escenario como una musa pelirroja levitante sobre el Region Of Madrid: cualquiera diría que ha invocado el viento madrileño que mece su melena. Con piruetas de alegre colegiala, Florence Welch marca el ritmo sobre ese particular gesto metalero en la mano que oscila con una dulzura ajena al heavy. Su vocecilla de hippie sensible recuerda a una hare krishna plegada al solsticio de verano y toda esa paja yogui-new age sobre la que lleva erigiendo su performance veinte años. Algo tiene que haber de saludable en ello porque uno la ve fresca y exquisita. Bien armonizada. Zumbona, cual rojiza butterfly estival. ¿Habrá hecho un pacto con los fuegos fatuos esta Mérida –la prota de “Brave: Indomable”– para conservar tan digna presencia? Debe de ser eso. O el kéfir. O su inocente amorío con la vida. Casi peliculero. Casi forzado. Pero del todo respetable para quien lo lleva ejerciendo tanto tiempo. A veces –no muchas– también hay autenticidad en lo flower power. Galo Abrain

Florence + The Machine: polvo de ángel. Foto: Javier Bragado
Florence + The Machine: polvo de ángel. Foto: Javier Bragado
Lorde vino a Madrid por primera vez, y lo hizo para presentar “Virgin” (2025), su cuarto disco, en la única fecha española de la gira. Le tocó la caída del sol en el escenario Region Of Madrid. Detrás de ella, una banda en equis entre una cacharrería de sintetizadores preciosa; delante, la neozelandesa aparece envuelta en electrodos que traducen su pulso y su tensión en los visuales de las pantallas. La macroproducción del show está pensada para la noche, y a plena luz se le veían las costuras, pero aun así emociona: pidió guardar el móvil y reivindicó un encuentro real, porque es la más hippy de nuestras divas actuales. Y por si alguien lo dudaba, se fumó un trocolo en “Girl, So Confusing”, su colaboración con Charli XCX, que sobraba un poco, aunque tiene chiste: Charli la escribió desde los celos hacia Lorde, y esta la exhibe ahora como una de sus grandes bazas.

Lorde: alta tensión. Foto: Javier Bragado
Lorde: alta tensión. Foto: Javier Bragado
Lo de Zara Larsson es mamarracheo y niñateo del bueno: todo rosa y chicle, estética de chiringuito, coche de Barbie y coreografías a mansalva. Menudo upgrade desde aquel festival DCode de 2016: la reactivación se la debe a su reciente featuring con PinkPantheress; pero el directo está a la altura, más rockero que en streaming. El desastre, sin duda, fue el recinto: montar el escenario Region Of Madrid en ese espacio generó un embudo y un sonido que no había forma de juzgar sin hacer cola.

Zara Larsson: pop de marabunta. Foto: Javier Bragado
Zara Larsson: pop de marabunta. Foto: Javier Bragado
Al anochecer, seguimos en el Region Of Madrid, JENNIE firmó el mejor equilibrio de la noche entre un concierto de k-pop y uno de aspirante a superestrella global. Viene de BLACKPINK, pero en solitario coge lo mejor del grupo y lo lleva a su terreno. La puesta en escena es poderosa y las canciones están bien producidas: por eso –aunque “Ruby” (2025), su primer álbum, suene a collage sin concepto–, en directo funcionan bien. El cuerpo de baile pesa tanto como ella y la banda se marca solos de guitarra a ratos horteras (lo que este espectáculo pide, por otra parte). El envés: juntar a todas las divas el mismo día asegura un público entregado y sin fiscalizadores del pop, pero lo justo sería repartirlas por el cartel junto a los cabezas de siempre, ¿o qué? Marta España

JENNIE. gimme k-pop. Foto: Alfredo Arias
JENNIE. gimme k-pop. Foto: Alfredo Arias
Camino por el recinto a primera hora de la tarde en dirección a las carpas. Acaba de ser el concierto de CMAT y ya me he arrancado a bailar en línea: aunque el sonido, como en general en casi todos los conciertos del escenario Orange, acompañara poco, me divierto con la unión entre eurodance, mamarracheo, pop británico sin miramientos y country desenfadado que despliega la irlandesa con carismática desvergüenza, acompañada por unos músicos que son siempre parte cómplice de la coreografía del show. Necesito urgentemente recargar los hielos de mi bebida energética, maná contra la solana.

CMAT: remolino irlandés. Foto: Sergio Morales
CMAT: remolino irlandés. Foto: Sergio Morales
Apenas cruzo la mirada con unos conocidos a los que hace tiempo (años) que no veo, e intento desviarla con disimulo pero sin éxito. Me interceptan, emocionados: vienen a ver a Lorde y, de paso, a Florence + The Machine. “Planazo”, les digo. Honestamente me lo parece. No tengo mucha prisa, así que charlamos un rato entre ida y venida a la barra. “Voy a ver a Chloe Slater. “¿Chloe qué?”, dice una de las chicas. Otro me pregunta qué hago en Rockdelux. “Básicamente soy ‘la ravera’”, resumo: si hay DJs en un festival, si hay que trasnochar, si hay que gastar zapatilla, probablemente ahí estará Diego. “Pero ¿ibas a…?”. Se vienen un rato, convencidos por la idea de refugio climático que suponen las carpas de Mahou ante el azote solar del mundo exterior. Y lo cierto es que disfrutamos del concierto de la joven británica, a la postre también refugio simbólico para la novedad rock entre tantos sospechosos habituales: estrenó en directo varias canciones de lo que será su debut, “Riot Youth”, y dejó buenas sensaciones con su vestido babydoll y su actitud riot grrrl. “En el fondo es como que toda la generación de revivalistas noventeras tipo Soccer Mommy o Snail Mail nos llevó a Olivia Rodrigo, y ahora Olivia nos lleva a esta reversión que parte del pop pero que apuesta más por el ruido que convoca una banda que por las fórmulas de la industria”, pienso. Mis acompañantes ya se han ido.

Chloe Slater: buenas sensaciones. Foto: Alfredo Arias
Chloe Slater: buenas sensaciones. Foto: Alfredo Arias
Unas horas después, en la vorágine de techno y electro house en la que Boys Noize había convertido el Loop, a otro tipo que también pregunta curioso por mi trabajo le digo que “soy más bien versátil”, y se sorprende de que no vaya corriendo a ver el principio de Florence + The Machine, como muchos a nuestro alrededor. Hace calor, acaba de salir a cantar Taichu y ha subido aún más la temperatura, y se agradece salir un poco y tomar el aire, simplemente. La fiesta funciona, pero se hace difícil conectar con ella, sumergirse por completo, más de quince minutos seguidos. Suena la versión maximalista de “Fine Day” (Opus III) que firma con Skrillex, momento épico, y después suelta algo de Nine Inch Noize para el sudoroso delirio definitivo. Los hielos hace tiempo que se han derretido.

Boys Noize: más de nueve pulgadas de ruido. Foto: Sergio Morales
Boys Noize: más de nueve pulgadas de ruido. Foto: Sergio Morales

Es uno de los problemas principales que presenta el escenario Loop: que está entre un horno y un invernadero, y que no cuenta (como las carpas, cerradas) con ningún climatizador. Con Palms Trax, antes, pasó lo mismo: la sesión podía brillar sintetizando deep house, electro y techno primigenio, o deslizarse hacia terrenos y ritmos más rotos y progresivos; podía apoyarse en la ambiciosa propuesta visual del escenario, con láseres, visuales y apoyos lumínicos en el techo; o podía decantarse por sonidos más minimal… pero siempre necesitas salir, tomar el aire, desconectar.

Palms Trax: bailando en la casa. Foto: Sergio Morales
Palms Trax: bailando en la casa. Foto: Sergio Morales

Al menos fue todo mejor que The Blaze. Full productores y full formulísticos, su directo es impresionante por el apartado visual y por el concepto escénico, que acompaña la cualidad emocional y cinematográfica de sus temas, pero como DJs no valen nada, y su set parece más bien una forma barata de contratarles. Se limitan a poner sus temas, a grabar con el móvil… y poco más. Diego Rubio

The Blaze: solo espectáculo. Foto: Alfredo Arias
The Blaze: solo espectáculo. Foto: Alfredo Arias

Viernes, 10 de julio

Es día de partido. España se juega ante Bélgica el pase a la semifinal del Mundial y Mad Cool se cubre más de remeras de la Selección –el modelo crema: éxito absoluto– que de camisetas de los Pixies. El ambiente es curioso, bonito, como si las emociones de dos fiestas se juntaran en una. También está todo más despejado de público tras la efervescencia pop y juvenil del jueves y, después de que el huracán desatado por Florence Welch (bruja madre de todos los aquelarres) se resolviera de madrugada en lluvia, el tiempo más suavizado y clemente. “Corre hasta airecito”, pienso mientras disfruto del concierto de Holly Humberstone en el escenario Orange después de asistir algo perplejo al batiburrillo excesivo de Halsey, con pasajes hasta metaleros. Es como la calma (necesaria) después de una tempestad demasiado tempranera, aunque tampoco logro entender demasiado por qué parece que todas las cantantes británicas ahora han decidido pasarse al lado gótico de la vida, convertirse en Ofelia y apuntarse al cover de Stevie Nicks o Florence + The Machine. Las canciones, en general, de gótico tienen poco, y más bien son americana melancólica con propulsión synthpop. Eso sí, muy bien cantadas y ejecutadas por la banda.

Holly Humberstone: influjo gótico. Foto: Sergio Morales
Holly Humberstone: influjo gótico. Foto: Sergio Morales
Cuando termina ya hay decenas de personas arremolinadas en torno a alguna de las pantallas por las que se van a retransmitir los cuartos de final. Me encuentro con un colega que viene con la familia: “Hemos venido a ver el fútbol, y ya que estamos, a Kings Of Leon y a Twenty One Pilots”. Me marcho; tengo que ir a Karen Dió. “Luego nos vemos”. No sé si sucederá. En la carpa Mahou Gran Reserva, la brasileña desata en formato trío un frenesí de patinete metalero y hardcore punk-popero que hace las delicias de los guiris y de algunos portugueses, dispuestos a los pogos aquí que el fresquito lo permite. Pero la carpa que ahora me espera ya me ha demostrado no ser tan permisiva.

Karen Dió: punk-metal brasileño. Foto: Sergio Morales
Karen Dió: punk-metal brasileño. Foto: Sergio Morales
Mientras España y Bélgica, empate a cero, mantienen un duelo de momento más tenso que emocionante, me encamino al Loop para la sesión de Swimming Paul. No se está mal, corre algo de fresco y las perspectivas prometen. Puedes bailar sin miedo a deshacerte por completo en el centro de la pista. Pero las circunstancias tampoco es que sean las mejores: el DJ francés es otra consecuencia más de esa epidemia de house vitalista, ultraemotivo y humanista desatada por Fred again.. y durante un rato todo suena a ese tech-house progresivo con maneras de UK bass. Pero es que además busca el jaleo constante de la gente, en plan Tomorrowland, y la tumba realmente cuando suena el “Levels” de Avicii y otros éxitos vinculados a la cultura big room. Es lo que le funciona. Pero es mejor, eso sí, y sobre todo más divertido, cuando se aleja de la fórmula Fred again.. y se pone un poco más electropopero. También te digo que el “One More Time” de Daft Punk te mete en cualquier fiesta.

Swimming Paul: el baile en progresivo. Foto: Paco Poyato
Swimming Paul: el baile en progresivo. Foto: Paco Poyato

Cuando salgo del Loop, el partido ya va empate a uno, Courtois se acaba de lesionar y no puedo evitar unirme a la sentada frente a la pantalla. Hay fe, contagiada por el dominio de la selección española pero también por el ambiente de hermanamiento en el festival; Kings Of Leon se toman su tiempo para salir al Region Of Madrid porque, como en el fútbol, muchas veces no hay necesidad alguna de precipitar las cosas. Entran al escenario principal con la atmosférica “Find Me”, pero rápidamente viran hacia el garage revivalista de sus primeros trabajos, con un sonido más crudo, y dejan claro que, en esta noche especial en la que España está a punto de clasificarse por segunda vez en la historia para jugar unas semis (la primera ya sabemos cuál fue), ellos están dispuestos no solo a reclamar la atención, sino a resarcirse por tantas actuaciones entre pobres y decepcionantes acometidas en el Mad Cool. Suenan potentes, brillantes y bien afinados, y acompañan la respiración del público y el ritmo final del partido, ya roto, con la garagera “Molly’s Chambers”. Minutos después, Cubarsí dispara desde fuera del área y Merino (siempre Merino, ese Merino histórico que ya ha definido dos eliminatorias con apenas siete minutos en el campo) recoge el rebote de las manos del portero y desata la locura. Un estruendoso grito inunda el Mad Cool, la familia Followill detiene el asedio para que la gente celebre, las copas vuelan por los aires. Me abrazan unos desconocidos. En solo diez minutos entre la locura, la tensión y la emoción, la victoria de España se anuncia en las pantallas del concierto y suenan los primeros acordes de “Use Somebody”. Unos, a mi lado, se abrazan y lloran, un poquito intensos. El final, con “Sex On Fire”, claro, fue la catarsis para ellos.

Kings Of Leon: en modo crudo. Foto: Sergio Morales
Kings Of Leon: en modo crudo. Foto: Sergio Morales
Yo la encontré de forma inesperada, después, en el concierto de A Perfect Circle. Los de Maynard James Keenan dieron una lección de metal progresivo convirtiendo el escenario Orange en una prisión de fuego, en un círculo ritual, ofreciendo uno de los mejores sonidos del festival y avasallando con una corriente turbadora y atmosférica que se centró sobre todo en sus pasajes más envolventes y evocadores, pese a la intensidad y la altísima presión generalizadas. Un equilibrio perfecto destrozado solo al final, para la locura del público, con la energía más desbordada y alternativa de “Judith”. Bolo para el recuerdo.

A Perfect Circle: clases de metal progresivo. Foto: Sergio Morales
A Perfect Circle: clases de metal progresivo. Foto: Sergio Morales

No como el de Interpol, que ya acostumbran a quedarse en una peligrosa medianía, en esa tibieza que no tiene pegas, pero que es incapaz de emocionar. Cerraron el escenario Orange –el jueves habían ofrecido un concierto “secreto” en la sala But de Madrid– en una encrucijada difícil, con el sonido monsterizado de Twenty One Pilots colándose por un frente y los bombos de Polo & Pan, desde el Loop, por el otro. Y aun así sacaron el arrojo suficiente para dar un buen concierto pese a esa inherente falta de ritmo tan suya. Ganas de que den hueco a las nuevas canciones, porque les sienta bien la urgencia que han impreso en ellas, pero de momento no tienen apenas peso en el show, que sigue pareciéndose bastante a lo que llevan haciendo desde la gira aniversario de “Turn On The Bright Lights” (2002), hace ya bastantes años. Diego Rubio

Interpol: en pausa. Foto: Alfredo Arias
Interpol: en pausa. Foto: Alfredo Arias

Sábado, 11 de julio

Oh, mamá, ¡qué caló! Son las seis y media de la tarde en el escenario Region Of Madrid y Jalen Ngonda guitarrea y canta con voz melosa, trasladándonos al pasado. A la Motown. A un soul confiable, bien digerido, que refresca la sartén. Recorre su repertorio con una maestría ajena a la indignidad del Lorenzo. Somos pocos y no parió la abuela. Hay que echarle valor para estar aquí. Ngonda, no obstante, da muestra de una profesionalidad que se desea pueda ejercer en mejores circunstancias. “Doctrine Of Love” o “Hannah, Whats’s The Mater?”: temarrales con alma de Marvin Gaye.

Jalen Ngonda: kitchen soul. Foto: Sergio Morales
Jalen Ngonda: kitchen soul. Foto: Sergio Morales
Pasan las horas. Comienza la liturgia con las primeras embestidas del anochecer en el escenario Region Of Madrid. Nick Cave & The Bad Seeds, amigos. Qué dandi. Qué vicio. Qué estilazo. Qué traje de confección clandestina londinense. Descarga “Get Ready For Love” para descorchar y se pone como una esfinge en mitad del público. Pantalla en neonoir porque él vale semejante cinemática. Y va empezando... Empieza esa sensación catedralicia. Ese romance con lo sensitivo. Lo religioso secular. Aupado por las manos de los fieles, el párroco Cave se va elevando. De a poquitos. Es una ascensión al ralentí. Un montacargas dirección al cielo. Pelos de punta descontrolados y lagrimillas aporreando por dominar el rabillo. Esto es un bolo, queridos. Imitadlo. Deseadlo. Vividlo. Hay un dios salvaje en las entrañas de este pomuloso hijo del talento, ángel negro que pide una justificada devoción. El ambiente. Los graves de la voz de ultratumba cabalgando el piano. El violín y el taconeo de Warren Ellis. La sucia majestuosidad del advenimiento musical. No hay palabras... y eso que ya llevo unas cuantas. Podría alargarme un millón más.

Nick Cave: devoción sin límites. Foto: Andrés Iglesias
Nick Cave: devoción sin límites. Foto: Andrés Iglesias

Y para darle el castañazo final a Mad Cool: Pulp en el Region Of Madrid. Ay, Jarvis, los años pasan por ti. Si te viera frente a un colegio, llamaría a los malos. Ahora, conservas la voz. Y la energía. Y la estética. Porque tú eres un figura haciendo eso. Los fetichistas del britpop te queremos, porque hay que quererte aunque parezcas un excéntrico habitante del sótano de su madre. Te lanzas cacahuetes como un adolescente mientras una lámpara de araña colgante impone la solemnidad en los visuales. Manejas así una pornografía de la atención. Pero no a malas. Me refiero al jugueteo de rojiza iluminación por el que te mueves. Te absorbe. Y verte desmoronado sobre las tablas con una interpretación de la ebriedad a la altura de este colega que escribe, encantador. Me fascina tu cariñoso gesto manual, como pidiendo que te deseemos. Y lo hacemos. Bailongo camarada. Amante de la escoliosis rítmica. Gracias, Jarvis. Sé que le cantas a la gente corriente. Pero, he aquí la verdad: todos somos especiales escuchándote. Galo Abrain

Pulp: Jarvis encantador. Foto: Javier Bragado
Pulp: Jarvis encantador. Foto: Javier Bragado
La tónica general del maldito escenario Orange: Aerea zumbando techno y house progresivo por detrás y al lado, te pongas donde te pongas, The Black Crowes sonando como si fueran el ejército de clones del Imperio Galáctico. Así cuesta conectar, pero no si está Matt Berninger encima del escenario. Encima… o debajo, porque desde el minuto uno, mientras la banda deshace con cariño y precisión los riquísimos detalles de “No Love”, el crooner se mezcla con la gente como hace también al frente de The National. El repertorio tampoco es que tenga mucho sentido, pues es realmente continuista respecto a la banda que comanda Berninger salvo por “Nowhere Special”, donde modula su fraseo habitual hasta rozar el rapeo. Y los mejores momentos del concierto en el escenario Orange llegan cuando versiona a The National, con la preciosa e íntima “Slow Show” –menos habitual ya en los conciertos de la banda, un regalo para viejos fans– y con la siempre climática “Terrible Love” y sus habituales berridos y baño de masas. Pero supongo que tiene derecho a salir de casa, refrescarse, escribir y no volverse loco mientras sus compis andan haciendo canciones con todas las popstar norteamericanas de la nueva generación.

Matt Berninger: crooner en excedencia. Foto: Alfredo Arias
Matt Berninger: crooner en excedencia. Foto: Alfredo Arias

Después de dejar la misa negra de Nick Cave –otra más para la cuenta de este Mad Cool un poco ¿cultista?– en las calles de “Jubilee Street”, dress code compartido para entrar en el escenario Loop con su majestad Richie Hawtin. El alien del techno llegaba al festival de Madrid sin los corsés que le gusta ponerse en los últimos años, y se limitó a pinchar con marcialidad germánica lo que mejor sabe pinchar: minimal techno contundente y a la vez intergaláctico, un acid techno sideral que de repente se convierte en grasa de maquinarias industriales y que te envuelve en su siniestra pero reconfortante avalancha. ¡Oh, si el calor hubiera dado al menos una tregua! Cuando ha sido así, el Loop me ha dado algunos de los mejores momentos en este Mad Cool que siempre parece empeñado en poner palos a sus propias ruedas. Diego Rubio

Richie Hawtin: alien techno. Foto: Alfredo Arias
Richie Hawtin: alien techno. Foto: Alfredo Arias
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