Durante la segunda jornada de Primavera a la Ciutat volvimos a constatar la amplitud de su propuesta. Un ciclo diverso en todas sus facetas, que radiografía el presente de la música popular desde todos sus rincones –billy woods, Candelabro, Faten Kanaan, Blood Orange– sin olvidarse del importante legado artístico de veteranos como Cardiacs ni apartar la mirada ante lo que sucede más cerca de casa, programando conciertos como los de Teo Planell o Salvana.
Contraposiciones y bailes entre extremos. Las fascinantes cosas del Primavera a la Ciutat, que te lleva a pasar desde el recogimiento emocional de Amie Blu al ruido con coartada arty de bar italia. Los caballeros las prefieren rubias, pero para una noche de martes de inicios de junio en la que hace un calor de finales de julio, nosotros nos inclinamos por los del sudeste de Londres. Prolíficos como pocos –cinco discos en un lustro, y de ninguno de ellos puedes decir que sea malo–, han regresado a Barcelona tres años después de su primera visita al Primavera Sound y de reventar La (2) de Apolo en octubre pasado para recoger el certificado que los acredita como una de las bandas más molonas de la temporada. Honor y reconocimiento ganado con los doce cortes que conforman su último largo, “Some Like It Hot”, que es más pop y por ello más adictivo que los anteriores. Fue un concierto con todas las miradas de la sala Apolo fijas en la magnética figura de la sinuosa vocalista Nina Cristante, cantante en el grupo que colideran los guitarristas y cantantes Sam Fenton y Jezmi Tarik Fehmi –el más democrático jamás habido a la hora de repartirse las tareas vocales–, formación que se ha desecho de las sutilezas de su versión encapsulada para revelar su poso más rockístico y punkoide. bar Italia –parcos en palabras y sonrisas, parece ser que no han venido a hacer amigos– le han dado cera al fuzz y, focalizando el repertorio en su álbum de título wilderiano, se han despachado con un directo abrasivo. Y cuando Jezmi se ha acabado su mediana, han bajado la persiana. Ha estado bien. Oriol Rodríguez
¿Quién nos hubiera dicho que asistiríamos a un concierto del idiosincrásico combo británico un lustro después de la muerte de su mente pensante y revoltoso líder, Tim Smith? Se lo debemos a su hermano, el bajista Jim Smith, que decidió reactivar el grupo, ahora un frondoso octeto con Mike Vennart ocupando el descomunal vacío dejado por Tim. Es una labor que desempeña con solvencia, negándose a emular los histrionismos del fallecido, pero interpretando con dignidad la complejidad guitarrera y vocal de sus composiciones, tarea que no es fácil. Así pues, los ingleses –de actitud bastante sobria a excepción de las caras enloquecidas del veterano guitarrista Kavus Torabi– reventaron tímpanos debido a un volumen estruendoso, decisión terrorista en conjura con los mezcladores de La (2) de Apolo que quizá desdibujó los instrumentos y las armonías en algún que otro momento. También fundieron cerebros con un caleidoscópico repaso de hora y media a “LSD” (2025), último testamento de Tim Smith, más clásicos diversos de antaño. El grupo rescató variadas facetas de Cardiacs como la épica de “Men In Bed”, las dinámicas de calma-ruido de “Signs” o la belleza simpática de “Volob”, pero por supuesto lo que más abundó fue zolo-punk en todos sus sabores: condimentado con xilofón en “Two Bites Of Cherry”; feroz a la vez que brutalmente melódico en “Fiery Gun Hand”, de bajo machacante y pianillo saltarín; de una velocidad inenarrable en el latigazo circense “Burn Your House Down”; o fusionándose inevitablemente con el prog-rock en “Downup”, batidora de baquetazos contundentes, microsolos de guitarra y refranes poperos. Y por supuesto tampoco faltó ese afán progresivo, ya fuera en “Dirty Boy” –diez minutazos de headbanging con riffs orquestales y griterío acumulativo– o en la inclasificable “The Ever So Closely Guarded Line”, experimental viajecillo con arranques y parones, teclados exploradores y una enervante sensación de incógnita. Sorprendió la recuperación de la perla olvidada “Dinnertime Is At Home (Not Here)”, matemática y salvaje encapsulación de sus cien estilos con llamaradas de saxo, punteos de guitarra persiguiéndose entre ellos, volantazos de compás y un estribillo incomprensiblemente coreable. Se guardaron los hits –por llamarlo de alguna forma– para el final: “Big Ship”, que despertó un pogo marinero a brazos alzados entre el público, más “Is This The Life”, que proporcionó el más vistoso y enérgico de los duelos de mástiles entre Vennart y Torabi. Y en medio de todo el follón sónico, aferrándose como una roca a su bajo, un imperturbable Jim Smith. Xavier Gaillard
Le corre sangre árabe por las venas, pero a juzgar por su set de apenas cuarenta minutos en La (2) de Apolo, Faten Kanaan es de propensiones musicales cosmopolitas. La compositora recurrió a un teclado modular para presentarnos diversas confecciones de corte europeísta, a medio camino entre el neoclasicismo electrónico oscuro, la escuela de Berlín, el neofolk y, por curioso que parezca, muy acorde con el chaleco que vestía, las bandas sonoras de videojuegos retroambientadas en fantasías medievales. Su fórmula consiste en urdir loops de acordes y melodías para luego discursear por encima con los dedos, a veces añadiendo codas de órgano barroco de apariencia improvisada o espolvoreando arpegios reiterados a lo Philip Glass y nubarrones de electrónica progresiva metálica, como en el denso tránsito de capas sostenidas de la composición final. Rico en pócimas y sensaciones, el laboratorio fue, sin embargo, de naturaleza un tanto dispersa, incluso embrionaria, sin acabar de cuajar como conjunto. Varias de las piezas resultaron demasiado breves como para lograr conducir al oyente al estado de hipnosis probablemente deseado aunque, por otro lado, también fue refrescante la relativa sensación de espontaneidad. Xavier Gaillard
El particular takeover danés en la sala LAUT tuvo su primer acto de la mano de Fine Glindvad Jensen –fí-neh en correcto danés, como aprenderíamos más avanzada la noche– y el proyecto que lidera con su nombre de pila, un cuarteto sobre el escenario. Sus sencillos y su único LP, “Rocky Top Ballads” (2924), canciones de atmósfera pacífica y nostálgica, rock nublado entre efectos de feedback y distorsión flotante, auguraban una experiencia sumamente envolvente. En la penumbra del escenario, Fine evoca aún más, si cabe, la tensión hermosa de los grupos de rock melancólico de los noventa. Esa vertiente concreta gana peso junto al folk que revisita canciones como “Days Incomplete”, con las que consigue ampliar un tejido sonoro que durante 45 minutos alternó con suma naturalidad con el countrygaze más brumoso y atmosférico. Cesc Guimerà
Sin que la ligera neblina que dejó el paso previo de Fine por la sala del Poble Sec se desvaneciera por completo, el dúo también procedente de Copenhague, formado por Andrea Thuesen y Vilhelm Tiburtz Strange, asumió el segundo turno en LAUT. A diferencia de sus vecinos, snuggle parecía ya contar con una base sólida de público deseoso de disfrutar de la conversión al directo de su shoegaze comedido mezclado con dream pop. Las cajas de ritmos se quedan en el estudio y sobre el escenario se convierten en trío con refuerzo a la batería. Thuesen y Strange logran una sorprendente claridad melódica surgida de los riffs de la primera, que también pone su voz distante pero lúcida, y las líneas etéreas de Strange. No faltó esa referencia a casa que es “Water In A Pond”, ni la camaradería con su precedesora, Fine, “la mejor compositora que he conocido”, según Andrea Thuesen. Cesc Guimerà
“¿Te imaginas que Rosalía hace una aparición sorpresa en el ratillo que Yves Tumor se eche sobre el escenario del Apolo para marcarse a dos voces una versión del ‘Berghain’ ante unos pocos privilegiados?”, le pregunta una guiri –más o menos con estas palabras, pues le he echado un poco de literatura– a su amiga a la entrada de la sala Apolo. Tan improbable, tan imposible, como que Santiago Abascal participe en un mitin de la CUP. “Pero… ¿y si aparece?”, insiste tras la negativa pero realista respuesta de la compi. Pero –ojo, que viene spoiler– no, no ha aparecido. Tumor, epítome del artista de género líquido de nuestros días, se ha dejado caer en el Primavera a la Ciutat calentando motores para la gira europea que a partir de este mismo jueves emprenderá junto a FKA twigs. “¿Y si la que aparece por sorpresa es FKA twigs?”. Y aunque había ganas, muchas ganas, la impresión es que no ha sido más que eso, un showcase de tres cuartos de hora. Un ensayo con público en el que, además, ha tenido problemas de sonido que han cortado un poco, bastante, el rollo, tanto a él como a nosotros. Y eso que los primeros instantes, con “God Is A Circle” y “In Spite Of War”, han tenido algo de apocalípticos, con Tumor y su banda emparentando con los sonidos industriales de Nine Inch Nails y el post-punk de la escuela Mark E. Smith. Luego ha llegado el apagón y unos minutos de desconcierto. Cuando le han dado de nuevo al interruptor, Tumor se había ido. Estaba ahí, pero se había marchado. Le ha costado regresar. Ha vuelto a sonreír cuando Nina Cristante de bar italia le ha acompañado en un par de temas y ha regresado del todo con “Operator” y esos guiños a Faith No More en aquello de “be aggressive”, pero para entonces ya era hora de acabar. Adéu y ya. ¿Dónde estaría ayer noche Rosalía? Oriol Rodríguez