Candelabro: revolución. Foto: Óscar García
Candelabro: revolución. Foto: Óscar García

Festival

Primavera a la Ciutat (2 de junio): tan lejos, tan cerca

Durante la segunda jornada de Primavera a la Ciutat volvimos a constatar la amplitud de su propuesta. Un ciclo diverso en todas sus facetas, que radiografía el presente de la música popular desde todos sus rincones –billy woods, Candelabro, Faten Kanaan, Blood Orange– sin olvidarse del importante legado artístico de veteranos como Cardiacs ni apartar la mirada ante lo que sucede más cerca de casa, programando conciertos como los de Teo Planell o Salvana.

Amie Blu

Amie Blu dijo hola el 2024 con el EP “How We Lose” y debutó en largo con “When All Is Said And Done”, publicado en 2025 con una portada que parece una de esas bolas de Navidad que las remueves y nieva. Aunque opera bajo el auspicio de Def Jam, marca histórica en el ámbito del hip hop, esta cantautora londinense se refugia en la calidez del soul y el indie más radiable. Algo así como una versión atemperada de Ben Harper y relectura contemporánea de Tracy Chapman. Su música –ojo, que me voy a poner extra de azúcar– es una lágrima cayendo por la mejilla. Fragilidad hecha canciones que pretenden arañarte el alma. Un diario abierto, escrito para intentar despedirse de la tristeza y la depresión: sí, me he pasado con el azúcar. Una de esas cantautoras que te imaginas actuando en un café de poetas y letraheridos. Pero estábamos en el Apolo y, bueno, no está mal para un ratillo, pero un ratazo puede llegar a cansar. Oriol Rodríguez

Amie Blue, calidez soul.. Foto: Marina Tomàs
Amie Blue, calidez soul.. Foto: Marina Tomàs

bar italia

Contraposiciones y bailes entre extremos. Las fascinantes cosas del Primavera a la Ciutat, que te lleva a pasar desde el recogimiento emocional de Amie Blu al ruido con coartada arty de bar italia. Los caballeros las prefieren rubias, pero para una noche de martes de inicios de junio en la que hace un calor de finales de julio, nosotros nos inclinamos por los del sudeste de Londres. Prolíficos como pocos –cinco discos en un lustro, y de ninguno de ellos puedes decir que sea malo–, han regresado a Barcelona tres años después de su primera visita al Primavera Sound y de reventar La (2) de Apolo en octubre pasado para recoger el certificado que los acredita como una de las bandas más molonas de la temporada. Honor y reconocimiento ganado con los doce cortes que conforman su último largo, “Some Like It Hot”, que es más pop y por ello más adictivo que los anteriores. Fue un concierto con todas las miradas de la sala Apolo fijas en la magnética figura de la sinuosa vocalista Nina Cristante, cantante en el grupo que colideran los guitarristas y cantantes Sam Fenton y Jezmi Tarik Fehmi –el más democrático jamás habido a la hora de repartirse las tareas vocales–, formación que se ha desecho de las sutilezas de su versión encapsulada para revelar su poso más rockístico y punkoide. bar Italia –parcos en palabras y sonrisas, parece ser que no han venido a hacer amigos– le han dado cera al fuzz y, focalizando el repertorio en su álbum de título wilderiano, se han despachado con un directo abrasivo. Y cuando Jezmi se ha acabado su mediana, han bajado la persiana. Ha estado bien. Oriol Rodríguez

bar italia, los guapos del barrio. Foto: Marina Tomàs
bar italia, los guapos del barrio. Foto: Marina Tomàs

billy woods

En Paral·lel 62 apareció solo el rapero de Nueva York –dueño e ideólogo de Backwoodz Studioz, el sello del presente continuo del mejor hip hop reciente– con un portátil y un micrófono. Sin entrada triunfal. Abrió el ordenador y, antes de empezar, pidió que cambiaran el ambiente de la sala: “Quiero que sea una experiencia física y que todo el mundo la sienta. Vamos a trabajar”. Las luces rojas que cambiaban de intensidad, el volumen atronador y unas bases densas, torcidas, casi espectrales, convirtieron el espacio en una zona de presión. Comenzó con “Asylum”, de “Aethiopes” (2022), y desde ahí levantó una crónica del presente desde sus escombros: grave, seca, atravesada por la memoria política y el daño íntimo. Rapeaba con el cuerpo desatado y la voz al frente, como si cada frase saliera de una noticia enterrada, un archivo personal o una experiencia traumática. Lo más poderoso fue esa tensión frenética, una amenaza sostenida que incomodaba y confrontaba, aunque nunca acabó de ser ratificada del todo por el público. La sala escuchaba, acusaba el golpe, pero rara vez devolvía la misma electricidad. Parecía rapear contra algo más grande que el propio concierto: una historia mal cerrada, un enemigo difuso, una culpa sin nombre. Los cortes de “GOLLIWOG” (2025) marcaron el clima dominante: sombras, terror cotidiano, imágenes rotas, humor negro. “STAR87” cambió el pulso y emuló a MF DOOM con una cadencia seca, grave y quebrada, más amenaza que juego. “Misery” y “Waterproof Mascara” llevaron el relato hacia un terreno más personal, sin rebajar la aspereza. Cuando aparecieron temas de “Hiding Places” (2019), el mapa se amplió hacia una violencia mental y doméstica, igual de opresiva. Todo sonó preciso y visceral, oscuro pero nunca plano. Incluso los momentos de intimidad parecían atravesados por una alarma de fondo. Al final, woods cerró el ordenador, lo guardó en la funda y se marchó como había llegado: sin ceremonia, como si acabara de entregar un informe urgente y nadie en la sala pudiera alegar desconocimiento. Jaime Casas

Blood Orange

Fue mágico. Un momento de esos que reordenan la escala y magnitud de una temporada de conciertos. Blood Orange llegó a Paral·lel 62 con la autoridad de quien ha convertido la sofisticación en un lenguaje popular y salió de allí confirmado como una de las grandes figuras del pop contemporáneo. Dev Hynes no ofreció un concierto recogido ni una ceremonia de baja intensidad: levantó una celebración apoteósica, vitalista, rotunda, con una puesta en escena precisa y una banda capaz de hacer que cada giro pareciera inevitable. Arrancó solo, con una versión ya incorporada a su repertorio de “How Soon Is Now?”, de The Smiths, al violonchelo, envuelta en eco y suspendida en el aire con una concentración absoluta. Bastó ese inicio para fijar el nivel de riesgo. Después, el concierto se abrió hacia “Essex Honey” (2025), un disco nacido de la memoria, el duelo y el regreso simbólico a Inglaterra, pero que en directo escapó de cualquier lectura sombría. Lo que en álbum puede sonar vaporoso, casi espectral, en escena ganó cuerpo: menos síntesis, más madera, bajo, respiración y músculo orgánico. “Look At You” y “Thinking Clean” crecieron desde los teclados y el Rhodes hasta dejar entrar al grupo, con unos coros gigantes que no acompañaban: mandaban, elevaban, empujaban las canciones hacia una dimensión mayor. Ahí estuvo una de las claves de la noche. Los coristas, siempre en su sitio, aparecían con una seguridad casi coreográfica y sostenían el concierto como una fuerza de gravedad. En “Jesus Freak Lighter”, las voces se abrieron sobre un bajo más contundente y una guitarra capaz de crear una atmósfera de ensueño sin perder filo. “Wish” entró con pulso ochentero, como buena parte del concierto, pero Hynes nunca dejó que la nostalgia mandara. Cortaba las canciones antes de que se acomodaran, retomaba otras después de silencios medidos y administraba la tensión con una inteligencia rítmica feroz. Cambió de instrumentos como quien cambia el foco de una escena: violonchelo, guitarra, bajo, teclados. En “Mind Loaded”, solo al teclado, redujo el volumen sin rebajar la intensidad. En “Best To You” y “You’re Not Good Enough” apareció esa mezcla tan suya de precisión y emoción, con el bajo marcando el centro de gravedad. “Bad Girls” sonó impecable, con los coros en primer plano y una guitarra que retorcía la melodía sin romperla. Luego llegó “Uncle A.C.E.”, quizá el gran estallido instrumental de la noche: un solo de guitarra mayúsculo, cambios naturales, elevación máxima. Hynes dijo que Primavera Sound era ahora mismo uno de los mejores lugares del mundo para tocar música en directo: “Estamos muy emocionados de estar aquí”, expresó. El público respondió como si quisiera estar a la altura de la frase: eufórico. “Charcoal Baby” fue puro magnetismo; “Countryside” abrió el tramo final con dobles voces y una intensidad cada vez más luminosa. “Champagne Coast” convirtió la sala en una celebración total, con unos coros destinados a quedarse durante días en tu cabeza. “The Field” confirmó la evidencia: Blood Orange es enorme. Un concierto descomunal y arrebatador. Jaime Casas

Candelabro

Si en Candelabro se cantara en inglés y el grupo hubiera salido del Windmill londinense, ya habrían corrido ríos de tinta proclamando a viva voz el advenimiento de la enésima revolución del rock de guitarras. Pero son de Chile, cantan en español, y donde los grupos con origen post-punk en la Londres de las escuelas de arte ponen frialdad y cerebro, ellos ponen algo calenturiento y especial. Simulan entre sus algarabías ruidosos ritmos de bolero y sabores latinos, pero no por la cosa exótica, claro, sino por pura naturaleza austral. Lo suyo es una comunión de shoegaze y ruido, una intensidad etérea y levitante que está en su ADN, pero en las dinámicas responden con la libertad de los grandes combos de las tradiciones jazz latinoamericanas: son los Fulano de la generación de Geordie Greep comandados por Marc Ribot. Atronadores, emocionales, pesados, sobrecogedores, evocadores. Su concierto en La Nau fue lamentablemente corto, con poco espacio para todos los detalles fascinantes que oculta su segundo trabajo –un “Deseo, carne y voluntad” (2025) que los ha sacado definitivamente del plano local y los ha traído por primera vez al viejo mundo: “No fue descubrimiento, fue saqueo”, berrean antes de hacer mutis por el foro– y para dar cancha a canciones más expansivas y de desarrollos elaborados como “Ángel”. Pero, en el fuego, Candelabro se manejan igual de bien. A piñón fijo y sin bajar ni un ápice, sin pararse apenas a saludar, descargan las apoteosis de “Las copas” o “Domingo de Ramos” para después embadurnarse en la cascada de distorsiones y vientos en frenesí de “Tumbas”: los órganos del disco son ahora saxos y los ecos salen amplificados a través de las cuerdas de la guitarra, a lo Sigur Rós. Al final, con “Fracaso”, el público ya está subido por los aires mientras ellos parecen My Bloody Valentine haciendo ska. Si te lo perdiste, lo siento (no te preocupes: yo me perdí Blood Orange). Lo bueno es que a Candelabro le queda lumbre para rato. Diego Rubio

Candelabro: prodigio chileno. Foto: Óscar García
Candelabro: prodigio chileno. Foto: Óscar García

Cardiacs

¿Quién nos hubiera dicho que asistiríamos a un concierto del idiosincrásico combo británico un lustro después de la muerte de su mente pensante y revoltoso líder, Tim Smith? Se lo debemos a su hermano, el bajista Jim Smith, que decidió reactivar el grupo, ahora un frondoso octeto con Mike Vennart ocupando el descomunal vacío dejado por Tim. Es una labor que desempeña con solvencia, negándose a emular los histrionismos del fallecido, pero interpretando con dignidad la complejidad guitarrera y vocal de sus composiciones, tarea que no es fácil. Así pues, los ingleses –de actitud bastante sobria a excepción de las caras enloquecidas del veterano guitarrista Kavus Torabi– reventaron tímpanos debido a un volumen estruendoso, decisión terrorista en conjura con los mezcladores de La (2) de Apolo que quizá desdibujó los instrumentos y las armonías en algún que otro momento. También fundieron cerebros con un caleidoscópico repaso de hora y media a “LSD” (2025), último testamento de Tim Smith, más clásicos diversos de antaño. El grupo rescató variadas facetas de Cardiacs como la épica de “Men In Bed”, las dinámicas de calma-ruido de “Signs” o la belleza simpática de “Volob”, pero por supuesto lo que más abundó fue zolo-punk en todos sus sabores: condimentado con xilofón en “Two Bites Of Cherry”; feroz a la vez que brutalmente melódico en “Fiery Gun Hand”, de bajo machacante y pianillo saltarín; de una velocidad inenarrable en el latigazo circense “Burn Your House Down”; o fusionándose inevitablemente con el prog-rock en “Downup”, batidora de baquetazos contundentes, microsolos de guitarra y refranes poperos. Y por supuesto tampoco faltó ese afán progresivo, ya fuera en “Dirty Boy” –diez minutazos de headbanging con riffs orquestales y griterío acumulativo– o en la inclasificable “The Ever So Closely Guarded Line”, experimental viajecillo con arranques y parones, teclados exploradores y una enervante sensación de incógnita. Sorprendió la recuperación de la perla olvidada “Dinnertime Is At Home (Not Here)”, matemática y salvaje encapsulación de sus cien estilos con llamaradas de saxo, punteos de guitarra persiguiéndose entre ellos, volantazos de compás y un estribillo incomprensiblemente coreable. Se guardaron los hits –por llamarlo de alguna forma– para el final: “Big Ship”, que despertó un pogo marinero a brazos alzados entre el público, más “Is This The Life”, que proporcionó el más vistoso y enérgico de los duelos de mástiles entre Vennart y Torabi. Y en medio de todo el follón sónico, aferrándose como una roca a su bajo, un imperturbable Jim Smith. Xavier Gaillard

Cardiacs: historia prog. Foto: Rosario López
Cardiacs: historia prog. Foto: Rosario López

Faten Kanaan

Le corre sangre árabe por las venas, pero a juzgar por su set de apenas cuarenta minutos en La (2) de Apolo, Faten Kanaan es de propensiones musicales cosmopolitas. La compositora recurrió a un teclado modular para presentarnos diversas confecciones de corte europeísta, a medio camino entre el neoclasicismo electrónico oscuro, la escuela de Berlín, el neofolk y, por curioso que parezca, muy acorde con el chaleco que vestía, las bandas sonoras de videojuegos retroambientadas en fantasías medievales. Su fórmula consiste en urdir loops de acordes y melodías para luego discursear por encima con los dedos, a veces añadiendo codas de órgano barroco de apariencia improvisada o espolvoreando arpegios reiterados a lo Philip Glass y nubarrones de electrónica progresiva metálica, como en el denso tránsito de capas sostenidas de la composición final. Rico en pócimas y sensaciones, el laboratorio fue, sin embargo, de naturaleza un tanto dispersa, incluso embrionaria, sin acabar de cuajar como conjunto. Varias de las piezas resultaron demasiado breves como para lograr conducir al oyente al estado de hipnosis probablemente deseado aunque, por otro lado, también fue refrescante la relativa sensación de espontaneidad. Xavier Gaillard

Faten Kanaan: dispersión inquieta. Foto: Rosario López
Faten Kanaan: dispersión inquieta. Foto: Rosario López

Fine

El particular takeover danés en la sala LAUT tuvo su primer acto de la mano de Fine Glindvad Jensen –fí-neh en correcto danés, como aprenderíamos más avanzada la noche– y el proyecto que lidera con su nombre de pila, un cuarteto sobre el escenario. Sus sencillos y su único LP, “Rocky Top Ballads” (2924), canciones de atmósfera pacífica y nostálgica, rock nublado entre efectos de feedback y distorsión flotante, auguraban una experiencia sumamente envolvente. En la penumbra del escenario, Fine evoca aún más, si cabe, la tensión hermosa de los grupos de rock melancólico de los noventa. Esa vertiente concreta gana peso junto al folk que revisita canciones como “Days Incomplete”, con las que consigue ampliar un tejido sonoro que durante 45 minutos alternó con suma naturalidad con el countrygaze más brumoso y atmosférico. Cesc Guimerà

Fine: melancolía y tensión. Foto: Sergi Paramès
Fine: melancolía y tensión. Foto: Sergi Paramès

Salvana

La música vuelve a mirarse los zapatos y, en ese resurgir que el shoegaze está viviendo actualmente, los barceloneses Salvana –que el pasado 2025 lanzaban su esperado álbum de debut, “Reversia”, producido y grabado junto a Raúl Pérez y Dani Molina en los estudios La Mina de Granada, enclave en el que últimamente se están erigiendo los discos de referencia de las corrientes sónicas alternas por estas latitudes– son uno de los puntales de la escena en nuestro país. Media horita han tenido para evidenciarlo en la sala Apolo, abriendo una de las veladas más prometedoras de este Primavera a la Ciutat. Guitarras exquisitamente embarulladas y melodías etéreas modelando piezas del atractivo lynchiano de “Desierta”. Seguidles la pista si sois de los que disfrutáis perdidos en marismas de distorsión y reverberación. Oriol Rodríguez

Salvana, pócima shoegaze. Foto: Marina Tomàs
Salvana, pócima shoegaze. Foto: Marina Tomàs

Santiago Motorizado

En la sala La Nau estaba claro que la gran mayoría del público se había dejado caer por allí por Candelabro. Así que, cuando salió Santiago Motorizado (con su cuarteto ampliado a quinteto con la adición de Natalia Brovedanni de Chaqueta de Chándal a una tercera guitarra) al escenario, la respuesta fue en general tímida. Al argentino le costó carburar, entre nervios iniciales y un repertorio, en primera instancia, quizá no tan conocido para los fans de Él Mató A Un Policía Motorizado, que se nutre esencialmente de canciones de la última época del argentino, una etapa madura y fronteriza en la que predominan desarrollos psicodélicos, marcada por “El retorno”. La gente se empieza a animar cuando la banda ofrece una versión más pop-rockera de algunos clásicos de los Motorizados, como por ejemplo “Violencia”, un tema de hace más de una década: la nostalgia siempre ha sido un aliciente imprescindible de sus canciones, su reino natural, y esta idea se amplifica ahora desde una posición más adulta y desgastada, pero también consigue dejar a ratos el concierto en una especie de Maná con coartada indie. Siempre pop, pero anoche mucho más rock latino que punk, y mucho más sobrio que desesperadamente fresco. La cosa mejora cuando la banda se retira y Santiago se queda solo con su guitarra eléctrica repasando, ahora sí en versión desnuda, algunos de los temas más recordados de su banda original: “El tesoro”, “El mundo extraño”, “La chica de oro”… Es en este formato donde de verdad tiene sentido un concierto de Santiago sin los Motorizados. Diego Rubio

Santiago Motorizado, policía solitario. Foto: Óscar García
Santiago Motorizado, policía solitario. Foto: Óscar García

snuggle

Sin que la ligera neblina que dejó el paso previo de Fine por la sala del Poble Sec se desvaneciera por completo, el dúo también procedente de Copenhague, formado por Andrea Thuesen y Vilhelm Tiburtz Strange, asumió el segundo turno en LAUT. A diferencia de sus vecinos, snuggle parecía ya contar con una base sólida de público deseoso de disfrutar de la conversión al directo de su shoegaze comedido mezclado con dream pop. Las cajas de ritmos se quedan en el estudio y sobre el escenario se convierten en trío con refuerzo a la batería. Thuesen y Strange logran una sorprendente claridad melódica surgida de los riffs de la primera, que también pone su voz distante pero lúcida, y las líneas etéreas de Strange. No faltó esa referencia a casa que es “Water In A Pond”, ni la camaradería con su precedesora, Fine, “la mejor compositora que he conocido”, según Andrea Thuesen. Cesc Guimerà

snuggle: promesa cumplida. Foto: Sergi Paramès
snuggle: promesa cumplida. Foto: Sergi Paramès

Teo Planell

A primera hora de la tarde, en Paral·lel 62, había muy poca gente y se respiraba esa sensación de estar asistiendo a algo que todavía no ha encontrado su tamaño real. Lo de Teo Planell y su grupo fue, precisamente por eso, más revelador. En formación amplia –dos teclados, dos guitarras, bajo, acústica y programación– abrieron con “Joven ahora”, tema titular de su próximo disco: la cosa empezó dubitativa, con acordes acústicos arrastrados y un “no nos culpes, por favor” casi tembloroso, pero enseguida levantó un coro nervioso y apabullante. Algo así como un emo pop orquestal, con síncopas, segundas voces majestuosas y una inteligencia narrativa poco frecuente: una reivindicación de la juventud sin ingenuidad. “Camila / qué hay más grande que este amor”, también incluida en su próximo trabajo, confirmó la ambición: ecos de Arcade Fire, Broken Social Scene y del pop orquestal de los dos mil filtrados por una generación que no estuvo allí, pero parece recordarlos. En “Me vas a matar” apareció el frontman sincero, enorme; en “Lo que haría un hombre”, una canción beoda de madrugada con mundo interior; en “El árbol”, una melodía sunshine capaz de resolver cada verso con naturalidad. La banda fue creciendo junta, pasándose una botella de vino, encontrando química en “Canción en Murcia” y músculo en “Pensamientos oscuros”, donde el ritmo marcial, los sintes ochenteros y una guitarra casi AOR abrían otro plano. En sus canciones siempre hay más de lo que prometen. Grandiosos –así de claro– sin grandilocuencia. Me hicieron pensar en Steely Dan: no es cosa menor. Jaime Casas

Teo Planell en expansión. Foto: Òscar Giralt
Teo Planell en expansión. Foto: Òscar Giralt

Yves Tumor

“¿Te imaginas que Rosalía hace una aparición sorpresa en el ratillo que Yves Tumor se eche sobre el escenario del Apolo para marcarse a dos voces una versión del ‘Berghain’ ante unos pocos privilegiados?”, le pregunta una guiri –más o menos con estas palabras, pues le he echado un poco de literatura– a su amiga a la entrada de la sala Apolo. Tan improbable, tan imposible, como que Santiago Abascal participe en un mitin de la CUP. “Pero… ¿y si aparece?”, insiste tras la negativa pero realista respuesta de la compi. Pero –ojo, que viene spoiler– no, no ha aparecido. Tumor, epítome del artista de género líquido de nuestros días, se ha dejado caer en el Primavera a la Ciutat calentando motores para la gira europea que a partir de este mismo jueves emprenderá junto a FKA twigs. “¿Y si la que aparece por sorpresa es FKA twigs?”. Y aunque había ganas, muchas ganas, la impresión es que no ha sido más que eso, un showcase de tres cuartos de hora. Un ensayo con público en el que, además, ha tenido problemas de sonido que han cortado un poco, bastante, el rollo, tanto a él como a nosotros. Y eso que los primeros instantes, con “God Is A Circle” y “In Spite Of War”, han tenido algo de apocalípticos, con Tumor y su banda emparentando con los sonidos industriales de Nine Inch Nails y el post-punk de la escuela Mark E. Smith. Luego ha llegado el apagón y unos minutos de desconcierto. Cuando le han dado de nuevo al interruptor, Tumor se había ido. Estaba ahí, pero se había marchado. Le ha costado regresar. Ha vuelto a sonreír cuando Nina Cristante de bar italia le ha acompañado en un par de temas y ha regresado del todo con “Operator” y esos guiños a Faith No More en aquello de “be aggressive”, pero para entonces ya era hora de acabar. Adéu y ya. ¿Dónde estaría ayer noche Rosalía? Oriol Rodríguez

Yves Tumor en una noche accidentada. Foto: Clara Orozco
Yves Tumor en una noche accidentada. Foto: Clara Orozco
Etiquetas
Compartir

Contenidos relacionados

Rockdelux
Ministerio de Cultura
Ministerio de Cultura

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición, del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura.