“Entrada 161 de nuestro viaje; cualquier año indefinido después de 2030. Seguimos huyendo de la gran explosión, tratando de vislumbrar un camino entre la niebla. Los días y las noches cada vez se confunden más y hemos perdido toda noción de tiempo; no sabemos si la poca comida que encontramos nos sacia o nos mata más deprisa. Pero vamos a seguir avanzando. ¿Qué otra cosa podemos hacer, si no? ¿Esperar a que la ceniza se pose sobre nosotros y convertirnos también en estatuas de ceniza, vestigios de un mundo que se esfuma? Hoy llegamos a un lugar que parece en calma. No la calma que precede a la tempestad, esa quietud incómoda y tensionada que puede cortarse con un cuchillo. Más bien la que la sucede: mortuoria, cementerial, desoladora… pero extrañamente silente, en paz. Intuimos por lo poco que pudimos antes de llegar que aquellas dunas cinéreas se asentaban sobre lo que un día, antes de 2030, fue Neovalladolor. Ahora solo quedaba una pequeña oquedad oculta bajo un espeso manto grisáceo, entre las montañas de lo que parecía arena lunar. Hemos oído que ahí, en las ruinas de un viejo laboratorio, vive un ermitaño que logró sobrevivir al colapso. Un loco, dicen algunos; un genio incomprendido, otros. Un hacker, un stalker, un niño índigo, un niño cósmico. El Merlín de la mecánica de fluidos dubstep, entre un chamán del dry y un científico cuántico. Don Data. Quizá él tenga las respuestas que hemos venido a buscar”.
El Don Data de nuestro relato es el rapero vallisoletano Erik Urano. Y sí, en parte todos los rumores que conducen a los protagonistas a su posapocalíptica guarida son ciertos. Durante años, desde su irrupción en la escena urbana española en el ocaso de los dos mil como líder de Urano Players hasta el presente, pasando por una confirmación generacional de su identidad en solitario como es “Cosmonáutica” (2014) y un testamento de madurez artística de la contundencia de “Neovalladolor” (2020) –un trabajo que casi profetizaba la ambientación opresiva de la pandemia de COVID–, ha insertado en el código fuente del hip hop de nuestro país el virus corruptor grime y el lenguaje sónico de Hyperdub, trayendo roots dancehall, cultura soundsystem y códigos callejeros y al mismo tiempo teoría y cientifismo, imaginería sci-fi, distopías tecnológicas y referencias “elevadas” que van del cine ruso de Tarkovski a la psicofísica y de Kraftwerk y los orígenes de la música de máquinas a las esculturas de niebla de la artista japonesa Fujiko Nakaya. Erik Urano se movió siempre en el futuro, avanzando los ritmos que vendrían, y toda una generación aplaudiendo e incorporando después en su sonido el corpus break británico en cierto modo le ha dado la razón. En “STALKER”, su quinto álbum, y con el futuro y la ficción más confundidos con el presente y la realidad que nunca, el vallisoletano parece dar por concluido –al menos por el momento– su obsesivo proceso de worldbuilding y por fin habita el universo construido. Y desde ahí, sí, puede dar consejos. Respuestas para aquellos que andan buscando. “No puedo ser el paisaje y quien lo pintó”, rapea desde un lugar nuevo para él en esa “Nana del tiempo” siniestra y abstracta que produce Harto Rodríguez.
No es casualidad, por tanto, que sea “STALKER” el título escogido para el disco. El stalker es el protagonista de la película de Andréi Tarkovski de 1979 del mismo nombre, un hombre misterioso que conduce a los personajes al interior de “la zona”, un área de exclusión producto de un desconocido cataclismo en la que enfrentan sus deseos, sus principios y sus consideraciones sobre la vida y la sociedad. Un guía hacia lo desconocido. “Sígueme / Ghetto mental, illness”, rapea Urano en la apertura que es “Noosfera” sobre una base colapsante y distorsionada de Merca Bae que intercepta sintes electroverbeneros, noises y jadeos; antes, el sound fx característico de THX, la “deep note”, se convierte en el zumbido de la bocina de un soundsystem, reforzando esa idea de inmersión cinematográfica.
La invitación de Erik no es, en cualquier caso, insidiosa e impositiva, aunque por el diseño sonoro malrollero y como cabreado del disco a veces pueda parecerlo. Don Data, como en el relato, se esconde en su laboratorio enterrado y espera a que el que quiera que vaya a escuchar venga; ellos serán esos “gorriones grameando en su zona vital mis paquetes de ruido”, seguidores fieles de las enseñanzas de sensei Urano. “STALKER” es el trabajo de un maestro que ya ha dejado de ser su propio impostor, que entiende que lo es: un genio retirado del mundo que, pese a haber vivido ya mucho, desde sus propios orígenes como escupidor de mantras y narrador de las “polifonías de la gran ciudad” –trasunto de una intensa “Brutalism” producida por Zar1 que en lo sonoro, incluido break jungle, también se acerca a los primeros tiempos de Urano– a las “guerras de átomos por la paz” de esa “Radioactividad” que versiona libremente el “Radioactivity” de Kraftwerk, solo sabe que nunca va a dejar de estudiar, y de aprender. “Yo siempre estuve ahí, matemáticas / Pero me di cuenta tarde y mal / Masticándome la sien como en un diván”, escribe con pluma introspectiva mientras se reprograma a sí mismo ante una progresión electrónica de Harto que parece suceder en las entrañas de una impresora 3D. “-2º”, prácticamente una transmisión perdida de un tema de Louis Amoeba, funciona en sí misma como un manifiesto personal: “Yo convertí todo ese boom bap en hard tek”, “Tú ven a buscarme al futuro si no nos vemos”, “Manos buscando entre la niebla son mis gang signs”... Son barras que, como las que arman también “Solaris” o “Gluones”, revelan la necesidad de Urano, más que por autoafirmarse, por habitar de facto el universo construido.
Lo ha cuidado tanto, de hecho, a lo largo de estos años que cuando Hoke se sube con su inconfundible flow de extracción –splinter-cell, camuflado entre las sombras, “imán bajo la lata, perfil bajo”– al perreo molecular de “Gluones”, da gusto no solo oírle hacer referencias al propio lore de este mundo –“De noche soy un ninja con la bolsa verde Kawa y un rack y Montana Black en el backpack / tracksuit Casablanca en una Vito vantablack”–, sino incorporar imágenes recurrentes del suyo propio –“Mi gente camina recto y casi siempre está muda”– para enriquecer el relato y su credibilidad. La misma idea parece esconderse tras la decisión de trabajar con varios productores, como en “Neovalladolor”, y no como habitualmente, junto a un único productor principal, pero además con productores que de algún modo representan algo importante, tanto a nivel sonoro como conceptual y emocional, para su trayectoria: Merca es el más oscuro y agresivo, puro virus corruptor del legado caribeño, y fuerza la máquina de Urano hasta el techno implacable de “Shutdown”; Zar1, el más purista y destilado, el más inglés; Harto es el más extraño, entre pulsos cercanos al techno progresivo, secciones siniestras y abrasión experimental, y Louis Amoeba es el más arriesgado y el que más ronda las ideas de futuro. Entre los cuatro dan forma a la baldosa amarilla en la que Erik puede ignorar por primera vez la responsabilidad de ser pintor para ser el protagonista de su propia historia, el habitante de su propia zona. “Soy un extraño en mi spaceship / Estudio en el estudio, no money-making”. Solo alguien que no le pide a la música más que su existencia misma, que jamás la entenderá como un medio y siempre como un fin, puede presumir de que una frase como esta se ajuste a su realidad, y seguramente permitirse seguir haciendo discos como este. Profundizar tanto en ti mismo y en tu sonido que lo cambies todo sin que cambie nada. ∎