Asesinar: matar (a alguien) de manera intencionada y sin justificación legal. Justificación legal: fundamentación, argumentación y validación de una decisión, conducta o norma conforme al ordenamiento jurídico vigente. Leo que en los tres primeros trimestres de 2025 se cometieron en España 273 asesinatos. Según la ONU, en Sudán durante la primera mitad del año pasado fueron 3384 los civiles asesinados: pocos parecen, cómo serán las cifras reales. ¿Hace falta sondear Gaza, Ucrania, Siria, Yemen, Myanmar o Haití, por no hacer la lista más larga? Pues eso.
Total, que estamos aquí para hablar de baladas sobre asesinatos. Sobre murder ballads. El motivo, que hoy jueves 5 de febrero se cumple el trigésimo aniversario de la publicación del disco “Murder Ballads” (Mute, 1996) de Nick Cave & The Bad Seeds, que puso el foco sobre ese subgénero del folk en nuestros tiempos y que, como acertadamente indica la reseña que se publicó en ‘Allmusic’ en 1996, era el álbum que el australiano estaba esperando hacer durante toda su carrera. Un guante para su mano. Macabro, sórdido, perturbador.
Con los duetos con Kylie Minogue (“Where The Wild Roses Grow”) y PJ Harvey (“Henry Lee”) haciendo de palo y zanahoria, sobre todo el segundo. Su videoclip, que en YouTube triplica en visionados al de Kylie, es una morbosa y, aunque retenida, tórrida escenificación de la tormentosa relación sentimental que entonces mantenían Nick y Polly Jean, romance que ella finalizó con una fría llamada telefónica y de la que él no se empezó a curar hasta “The Boatman’s Call” (Mute, 1997). Ironías de la vida, “Henry Lee”, oscuro relato de traición y venganza, narra la historia de una mujer que seduce a un hombre a quien después mata, sin pesadumbre ni contemplaciones: “Ella se apoyó en una valla, solo para un beso o dos, y con una pequeña navaja en la mano lo atravesó de un lado a otro, y el viento rugió y el viento gimió”. Realidad y ficción, tantas veces de la mano.
Cuestión: ¿Y de dónde vienen las baladas asesinas esas, las murder ballads? Si nos empeñamos, podríamos decir que las baladas asesinas han existido desde siempre. Ejemplo: si nos vamos al Génesis, podríamos decir que desde que Caín mató a Abel o desde que Lamec, hijo de Metusael y tataranieto de Caín, confesó a sus dos esposas (Lamec es el primer polígamo que se menciona en la Biblia) que se había cargado a un joven, y a partir de ahí alguien decidió convertir cualquiera de esos hechos en relato y canción. Pero vamos a evitar las sagradas escrituras, tentación diabólica, y mejor acotamos. Las murder ballads y su origen se suelen relacionar con composiciones nacidas en zonas fronterizas entre Escocia e Inglaterra en el siglo XVI. Pongamos el caso de que una puede ser “Little Musgrave And Lord Barnard”, crónica de cómo Lord Barnard mató a su esposa y a su amante, el joven plebeyo Little Barnard. Cuernos, castillos y espadas. La muerte estaba servida.
Cuando, a partir de la colonia de Jamestown en Virginia en 1607, comenzó la colonización británica de América del Norte, todo eso se fue trasvasando al otro lado del Atlántico, se aposentó en la zona de los Apalaches y se convirtió en un componente esencial de su música tradicional. En ese sentido, ahí van tres ejemplos (de tantos, hay centenares, ¿miles?) de canciones de ese tipo que han atravesado el tiempo, estas tres originadas en el siglo XIX y registradas por primera vez en 1927 las dos primeras y la tercera, en 1925: “Down In The Willow Garden”, “Banks Of The Ohio” y “Omie Wise”. Curiosidades, para que veáis que no viven en papiros y pergaminos: “Down In The Willow Garden” aparece en el disco “Voice Of Ages” (2012) de The Chieftains y esa versión, donde los acompaña Bon Iver, se escucha en los créditos del cuarto capítulo de la segunda temporada de la serie “Fargo” (Noah Hawley, 2014-2024); “Banks Of The Ohio” la grabó Olivia Newton-John en 1971 y su versión alcanzó el número uno en Australia y el seis en el Reino Unido; y “Omie Wise” fue interpretada por Bob Dylan en julio de 1961 en el Riverside Church Folk Music Hootenanny, el evento neoyorquino donde conoció a Suze Rotolo, su primer gran amor. “Desde el primer momento no pude apartar la mirada de ella, era lo más erótico que había visto en mi vida. De piel clara y cabello dorado, italiana de pura cepa. De repente, el aire se llenó de hojas de plátano. Empezamos a hablar y mi cabeza empezó a dar vueltas”, escribió Dylan en su autobiografía “Crónicas, Vol. 1” (2004) sobre cuando conoció a Rotolo, un momento que también se nos muestra en la parte inicial de la película “A Complete Unknown” (James Mangold, 2024).
Sí, eran la norma. Por eso Paul Nelson, en su reseña de “Anthology Of American Folk Music” (Folkways, 1952) de Harry Smith (reeditada en 1997), escribió: “Músicos no profesionales, de los que nunca habréis oído hablar: pobres campesinos, la mayor parte del sur rural, que se limitan a sentarse en su hogar ante esa grabadora barata y cuentan sus historias, a veces artísticamente y otras sin el menor arte, sorprendidos de que alguien del mundo urbano otorgue algún valor a lo que están diciendo o cómo lo están diciendo… Cantando la canción una vez, como la han cantado toda su vida, y eso es todo”. Sí, porque era la norma.
Dave Alvin (el de The Blasters, no te pierdas su último proyecto, The Third Mind, también está ahí Jesse Sykes) dice en el libreto de su disco “Public Domain. Songs From The Wild Land” (Hightone, 2001) que las viejas canciones de folk están en cualquier sitio, viven en la tierra silvestre de nuestro corazón, no son reliquias del pasado idealizado y sentimental. Que mucho de lo bueno y malo de nosotros está en ellas. Que muchas de las canciones folk son reacciones contra acontecimientos más grandes que las personas que los habían creado. Canciones que expresan y expresaban la soledad de gente atrapada entre el mundo preindustrial y el posindustrial.
Para atar esos cabos, y siguiendo con Alvin y The Third Mind, deciros que en “Right Now!” (Yep Roc, 2025), su tercer disco de estudio, publicado el pasado septiembre, se incluye una versión de la murder ballad “Pretty Polly”, a la que se le calcula el año 1727 como fecha de nacimiento. O igual fue uno antes. “Una tumba recién cavada y una pala tirada cerca, Oh, Polly, linda Polly, tu suposición es correcta, Polly, linda Polly, tu suposición es correcta, cavé tu tumba la mayor parte de anoche. Ella se arrodilló ante él suplicando por su vida, ella se arrodilló ante él suplicando por su vida, por favor, déjame ser una chica soltera si no puedo ser tu esposa, él la apuñaló en el corazón y la sangre de su corazón fluyó, él la apuñaló en el corazón y la sangre de su corazón fluyó”, dice la letra. Pues sí, fue por lo que estás pensando: no se quería casar con él. Pues sí, gente atrapada, tal vez dentro de esa pregunta 7 que se hace Richard Flanagan en su último libro, la de “¿quién ama más tiempo, un hombre o una mujer?”.
Contaba Johnny Cash que decidió volver a grabar para su disco “American Recordings” (American, 1994) la murder ballad “Delia’s Gone”, que ya había incluido en su álbum “The Sound Of Johnny Cash” (Columbia, 1962). ¿El motivo? Que hablando con el productor Rick Rubin de su tema “Folsom Prison Blues” (ese que dice “maté a un hombre en Reno solo para verlo morir”), de repente caviló: “Quiero otra canción como esa”, y pensaron en “Delia’s Gone” (“Delia era toda mi vida, si no hubiera disparado a la pobre Delia la habría tenido por esposa”). Johnny y Rick como esos botes que en “El gran Gatsby” (F. Scott Fitzgerald, 1925) navegaban contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado, como cuando The Band y Bob Dylan en “The Basement Tapes” (Columbia, 1975) se dirigían a un país de mitos decimonónicos, místico y sobrenatural, empuñando canciones sepia y letras sobre putas, la guerra civil, sirvientes desleales, el apocalipsis y pescadores retirados. Esa misma fuerza que empujó hacia atrás a Dylan para componer “Murder Most Foul”, magistral murder ballad sobre el asesinato de John Fitzgerald Kennedy que, 38 después de aquel magnicidio, Rockdelux escogió como la mejor canción internacional del año 2020.