“Eran auténticos”, decía Iggy Pop. “Verlos era como contemplar la esencia del rock reducida a su forma más cruda y primitiva. Eran una bocanada de aire fresco en medio de tanto rock falso y recargado de la época”. Puede que Spider-Man, que vive con su tía May Parker en Ingram Street, sea el vecino más popular de Forest Hills, pero no es el único hijo ilustre de este barrio ubicado en el corazón del distrito de Queens de Nueva York. De Forest Hills son Burt Bacharach, Dave Rubinstein de Reagan Youth, Paul Simon y Art Garfunkel. Y también Ramones, una de las bandas más influyentes de todos los tiempos. Hoy se cumplen 50 años de la publicación de “Ramones” (Sire, 1976), su álbum de debut, piedra angular del punk. Esta es su historia. Hey! Ho! Let’s Go!
“Los Ramones no se andaban con rodeos”, decía Lemmy Kilmister (1945-2015), alma, voz y trepidante bajo de Motörhead. “Subían al escenario, lo daban todo y se marchaban. Sin egos, sin tonterías: solo rock’n’roll en estado puro”. La primera vez que actuaron en directo fue el 30 de marzo de 1974, en el Performance Studios en el 23 de la calle 20 Este. Para entonces ya se hacían llamar Ramones. El nombre fue idea de Colvin. Fanático de The Beatles, se agenció el seudónimo que Paul McCartney usaba para registrarse de incógnito en los hoteles: Paul Ramon. Así, el bajista dejó de ser para siempre Douglas Colvin para devenir Dee Dee Ramone, y le siguieron sus compinches: Joey, Johnny y Tommy. Los Ramones. Una semana más tarde dieron su primer concierto en el CBGB. A finales de año ya habían ofrecido 74 bolos en la legendaria sala del bajo Manhattan. La media de duración de los conciertos era de 17 minutos. La ceremonia empezaba con Dee Dee bramando aquello de “one, two, three, four…” antes de cada canción, y se ponía en marcha una maquinaria que mezclaba la furia de The Stooges, pero multiplicando por tres la velocidad, y la melodía de ABBA: los Ramones eran fans de ABBA, su sueño era escribir canciones pop pluscuamperfectas como las de los suecos y vender millones de discos como ellos. El espíritu rebelde del rock’n’roll primigenio de Elvis y Little Richard más el Muro de Sonido de Phil Spector.
“Es, sin ningún tipo de duda, lo más fantástico que me han puesto nunca”, decía Lou Reed (1942-2013) recordando la primera vez que escuchó a los Ramones. “Todo lo demás parecía una mierda y una cursilería, incluyéndome a mí y a Patti Smith. ¡Esto es rock’n’roll!”. Los Ramones no eran malos. Eran una panda de animales salvajes liberando sus instintos más primarios. Una familia disfuncional echando la mierda a golpe de tres acordes. Nadie podía resistirse a Joey, Johnny, Dee Dee y Tommy. Tampoco Seymour Stein. A mediados de la década de los sesenta, Stein curraba en el histórico Brill Building de Manhattan, sede de las principales editoriales y equipos de composición pop de la época. Fue ahí donde conoció al productor Richard Gottehrer. Hubo buena sintonía, buena onda. Cada uno sacó 10.000 dólares de donde pudo y pusieron en marcha su discográfica: Sire Records. En sus inicios era una disquera dedicada a la publicación en Estados Unidos de bandas europeas, especialmente británicas, de rock progresivo: Climax Blues Band, Barclay James Harvest, Tomorrow, Matthews Southern Comfort… En aquellos inicios, su mayor éxito fue el single “Hocus Pocus” de los holandeses Focus. Todo cambió la noche en que el jefe de repertorio del sello –Craig Leon, quien sería el coproductor junto a Tommy del disco de debut de los de Queens– recaló en el CBGB y vio en directo a los Ramones. “Joey era muy dulce; las canciones que escribía eran muy tiernas. Dee Dee era Dee Dee. Tommy era el cerebro. Johnny era el Paul McCartney del grupo; era quien mantenía unida a la banda”, recordaba Stein sobre la primera impresión que le causaron los Ramones, en la ceremonia de inauguración de la exposición “Hey! Ho! Let’s Go: Ramones And The Birth Of Punk” que acogió el Museo de Queens en abril de 2016, celebrando el 40º aniversario del lanzamiento de su primer disco. “Antes de ficharlos, les monté un concierto privado para ver si era verdad todo lo que me había dicho Craig Leon. Pero tenía la gripe. Al día siguiente alquilé un local de ensayo durante una hora. En 20 minutos ya habían tocado unas 20 canciones. Me enamoré de ellos”.
“Si no te gustan los Ramones, no te gusta el rock’n’roll”, decía Eddie Vedder, cantante y compositor del grupo Pearl Jam. “Son como The Beach Boys, pero sin el mar”. En febrero de 1976, poco después de firmar con Sire, la banda se encerró cuatro días en los estudios Plaza Sound, un espacio cochambroso situado sobre el Radio City Music Hall que originalmente había sido un estudio de radio. El presupuesto para grabar el primer disco eran unos paupérrimos 6400 pavos. Los tres primeros días fueron para grabar las pistas, dedicando la mayoría del tiempo a las voces de Joey. Johnny, Dee Dee y Tommy se fumaron sus partes con la misma celeridad con que finiquitaban sus actuaciones, rematando la faena con una maratoniana sesión de mezclas de 14 horas. “El mayor problema fue la falta de tiempo”, rememoraba Tommy en una entrevista para la revista británica ‘Mojo’. “Había muy poco margen para el ensayo y error. Además, había muchas incógnitas: el propio estudio, trabajar con un productor que también era jefe de repertorio en el sello o si Sire aprobaría lo que estábamos haciendo. Y, además, los ingenieros de la casa con que trabajábamos no tenían ni idea de qué demonios estábamos haciendo. Pensaban que una panda de matones había entrado en la sala de control. Era realmente extraño lo que les estábamos pidiendo. Todo el mundo estaba un poco nervioso”.
En aquel mismo artículo, Tommy afirmaba que seleccionaron las mejores canciones que habían escrito hasta ese momento, como “I Wanna Be Your Boyfriend” y “Blitzkrieg Bop”. “Aunque también reservamos algunas de nuestras mejores canciones para discos posteriores: teníamos temas como ‘I Don’t Care’ –que acabaría en “Rocket To Russia” (Sire, 1977)–. Las bandas que nos influían eran MC5 y The Stooges, y Joey estaba muy influido por Alice Cooper. Teníamos todas esas influencias, pero no sonábamos como esos grupos. Con el primer disco de los Ramones creamos nuestro propio estilo”.
“Mientras siga habiendo electricidad, la música de los Ramones seguirá siendo relevante”. Lo decía Henry Rollins, cantante de grupos pioneros del hardcore punk como Black Flag y State Of Alert, después líder de la aplastante Rollins Band. El 9 de junio de 1978, The Rolling Stones publicaron su álbum “Some Girls”. Habituales de la discoteca Studio 54, abrían el trabajo con su particular aproximación a la música disco, “Miss You”. El cierre del mismo es “Shattered”. Escuchad el riff de guitarra que sustenta la canción. Dos acordes destripados, suciamente melódicos, puro Ramones. Sus Majestades Satánicas tampoco pudieron resistirse al influjo de Joey, Johnny, Dee Dee y Marky. Nadie pudo.
Casi todos los que a partir del 23 de abril de 1976 se colgaron una guitarra con la intención de formar un grupo le deben algo a los Ramones. Innegable, lógicamente, su influencia en la primera ola –y en la segunda, y en la tercera, y en la cuarta…– del punk inglés, la de The Clash, Sex Pistols, The Damned, Buzzcocks, Generation X, The Vibrators... Incuestionable en la irrupción del hardcore punk de Dead Kennedys, Black Flag o unos Bad Brains que tomaron su nombre de uno de los temas del tercer disco de los de Queens, “Road To Ruin” (Sire, 1978). Y a partir de aquí, su impronta se expande más allá de lo estrictamente punk. Motörhead –correa de transmisión entre el punk y el metal– inmortalizó su pasión por los Ramones en “R.A.M.O.N.E.S.”. Y estandartes del thrash metal como Metallica, Megadeth, Anthrax o Slayer siempre han situado a los Ramones como parte esencial en la edificación de su sonido. También los puntales del grunge –como Pearl Jam, Soundgarden o Nirvana– y los protagonistas del renacer punk californiano en los noventa: Bad Religion, Green Day, Rancid, The Offspring o NOFX. Eso por no hablar de su importancia en la escena del rock escandinavo, con grupos como The Hives, Backyard Babies, The Hellacopters, Gluecifer o Turbonegro.
Un melting pot de discípulos aventajados –y desaventajados– que quedó plasmado en el álbum de tributo “We’re A Happy Family. A Tribute To Ramones” (Columbia, 2003), cajón de sastre con notas interiores escritas por Stephen King –reconocido fan irredento del cuarteto– en el que encontramos a Red Hot Chili Peppers y Garbage, a U2 y Kiss, a Marilyn Manson y Tom Waits, además de a Pretenders, Green Day o Rancid… Un círculo que se completó a inicios de los dos mil cuando en Nueva York emergió una nueva escena de bandas destinadas a salvar el rock y liderada por unos The Strokes que emanaban esencia ramoniana desde su sonido a los vaqueros raídos que vestían y las Converse Chuck Taylor ajadas que calzaban. En sus inicios, The Strokes versionaron en infinidad de ocasiones temas como “Life’s A Gas” o “It’s Not My Place (In The 9 To 5 World)”.
“Los Ramones fue el grupo que me inspiró a hacer música”. Lo decía Nacho Canut, una figura ineludible del pop español con credenciales en Kaka de Luxe, Pegamoides, Dinarama, Fangoria, Calígula 2000, Jet 7 o, si nos ceñimos al asunto que nos ocupa en este artículo, Intronautas y Los Vegetales. “A mí en esa época me gustaba mucho Bowie, pero sus influencias eran muy intelectuales, no tenían nada que ver con las mías. Cuando descubrí a los Ramones me di cuenta de que leían los mismos libros y cómics, veían las mismas películas y además me parecían –y me parecen– el grupo de rock perfecto. Lo que no hagan ellos –es decir, las canciones de más de tres minutos, los solos de guitarra, etc.– sobra en el rock”.
Cuando era chiqui estaba convencido, lo estuve durante varios años, de que los Ramones eran españoles. En mi lógica infantil, un grupo que se llamaba Ramones debía ser a la fuerza de Barcelona, Madrid, Zaragoza o Vigo. Más cuando parecían estar eternamente de gira por nuestro país. Aun así, nunca los llegué a ver en directo. Cuando actuaron por primera vez en España, tenía 4 años. Fue en Barcelona, el 19 de septiembre de 1980 en la Festa del Treball del PSUC (en un sorprendente cartel con Mike Oldfield): ¿sabría el republicano Johnny Ramone que estaba tocando en un sarao comunista? Pocos días después, el 26 de septiembre, tocaron en la madrileña plaza de Vistalegre, con Nacha Pop como teloneros. En su última visita, en 1994, ya tenía 18, pero fue en Oviedo y me pillaba lejos. Entremedias, infinidad de bolos memorables en Barcelona y Madrid, pero también en Bilbao, Valencia, San Sebastián, A Coruña, Vigo, Zaragoza, Pamplona… e incluso en plazas tan alejadas del circuito habitual de giras internacionales como Valladolid, Las Palmas de Gran Canaria, Murcia, Melgar de Fernamental o Solsona.
Los Ramones no eran españoles, pero sí lo eran Los Nikis, también conocidos como “Los Ramones de Algete” y abuelos putativos de unos Carolina Durante que, consciente o inconscientemente, también le deben bastante a los Ramones. Los Nikis fue banda militante de una movida madrileña que, de Kaka de Luxe a Ejecutivos Agresivos, pasando por Radio Futura, Alaska y Los Pegamoides, Dinarama, Parálisis Permanente o Aviador Dro estaba influenciada por los de Queens. Lo mismo que sus coetáneos vigueses Siniestro Total, perpetradores de una delirante versión de “Rockaway Beach” rebautizada como “Rock en Samil”.
Ya en la era del indie, aparecieron diversos grupos más ramonianos que los propios Ramones. Fueron F.A.N.T.A., DDT o Airbag, entre otros. Los granadinos P.P.M., en su pasional delirio ramoniano, llegaron a grabar su propia versión de “It’s Alive” (Sire, 1979), el primer álbum en directo de los Ramones. El segundo directo oficial de los neoyorquinos fue “Loco Live” (Chrysalis, 1991), grabado en 1991 en la sala Zeleste de Barcelona, hoy Razzmatazz. Así que puede que sí, que de que pequeño estuviera en lo cierto y que los Ramones fueran españoles.