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Firma invitada / El miedo del portero ante el penalti

Construir sin permiso, vivir sin aliento. Entre el dolor y la nada

El siempre incisivo Karlos Osinaga, firma invitada en Rockdelux, reflexiona en esta columna sobre el impulso en la creación artística: de Jean-Luc Godard a Slint, pasando por Tarkovski o Nina Simone, entre muchísimos otros y otras, el artista se enfrenta al abismo de lo desconocido y salta sin red para ofrecer algo nuevo y trascendente. Lisabö, su grupo, es un buen ejemplo de ello.

C

uando somos niñas, niños, jugamos a inventar códigos, lenguajes propios para fortalecer nuestro mundo. Quizá sin saber que esto es también una forma de defensa frente a ese otro, el de los adultos, que a menudo no nos entiende y que ya no recuerda aquel tiempo que también fue suyo. El mismo mundo adulto que no comprende que quieras ser un elefante, aunque luego fracases en el intento. Esta construcción de idiomas‐escudo perdura y por el camino encontramos nuevos cruces donde poder seguir eligiendo en conciencia: entre una vida en acto y una vida recibida.

Hace unas semanas, Richard Linklater nos reabría una ventana por la que podíamos asomar al verano de 1959: Jean-Luc Godard salió a las calles de París con una cámara en la mano, y sin pedir permiso a nadie comenzó a rodar “À bout de souffle”, “Al final de la escapada” (1960). Lo que llegó con ello fue como un golpe en la mesa, un puñetazo. Sin aviso, sin explicación. Un código nuevo, quebrado y desbocado. Que no suponía un diálogo con el cine convencional, al que prácticamente ignoraba. Como si ese cine que le sobraba nunca hubiera existido. Decidió viajar por otras carreteras, construyendo así su propio código, porque el lenguaje disponible no le servía. Honrando a sus referentes, mientras reinventaba sus normas, en una especie de protopunk existencial.

La nouvelle vague no fue un movimiento estético. Fue ético. Fue político. Fue gente que decidió que el arte no podía seguir siendo propiedad de la industria, del mercado, del buen gusto burgués. François Truffaut, Claude Chabrol, Jacques Rivette, Agnès Varda (también ella): todos tenían algo en común. No esperaron el contexto perfecto. Lo crearon.

Contemporáneos en otro tiempo, cuatro adolescentes perciben también la oscuridad y la desidia de su momento. Sucedía casi a finales de los ochenta, en un sótano de Louisville, Kentucky. Allí trazaron Slint sus primeros apuntes, sus primeros cuadernos: balbuceos de un idioma propio que construirían paso a paso, buscando su propio espacio. En 1991 alcanzaron una nueva semántica musical con “Spiderland”. Desde orillas diferentes, pero al igual que Godard, edificaron su propio código porque el lenguaje disponible tampoco les servía. No esperaron el contexto perfecto. Lo crearon: un sistema que no respondía a nada anterior, facturando lo que para muchos pensamos que es una pieza esencial del rock independiente.

Godard, Slint. Cercanos, lejanos. Estructuras incomparables, estructuras gemelas. Piezas diferentes para puzles diferentes que, de algún modo, encajan. Ejemplos de expresión en su plena libertad que nos demuestran que crear nos hace libres. Y mucho más allá de lo simple que sea el gesto. Dos ejemplos que podrían ser otros, pero que son estos, y nos viene a decir que el avance de todos siempre está en manos de las criaturas valientes.

Si volvemos a “Al final de la escapada”, en medio de todo ese humo de tabaco y música hipnótica, de antidiálogos y saltos de montaje que parecían solo estética, también encontramos algunos dilemas filosóficos, de gran peso, que Godard nos regala. Como interrumpiendo la narrativa, pero sin interrumpirla. Con preguntas que parecían no tener cabida, pero que sí la tenían. Y la tienen aún hoy. Explícitas o insinuadas, prestadas o construidas.

De entre todas ellas, el momento en que Godard toma prestado un fragmento de “Las palmeras salvajes” (1939), de William Faulkner. Patricia lee el final a Michel: “Between grief and nothing, I will take grief”. “Entre el dolor y la nada, yo elijo el dolor. Y tú, ¿qué elegirías tú?”. “El dolor es una idiotez. Me quedo con la nada”, responde Michel. “No es mucho mejor, pero el dolor es un compromiso. Yo quiero todo o nada”.

Ese diálogo, provocativo, nos trae una siempre interesante grieta conceptual, que nos permite ahora replantear la cuestión. El dolor y la nada no son absolutos; son fuerzas inestables, con pliegues. Hay un dolor que puede construir pero otro que solo pudre; y una nada que arma pero otra que solo consume. Lo que lastima nuestra vida y alma no es experimentar ese dolor o esa nada, sino, en el proceso, sucumbir a ellos, obedeciendo. Porque el dolor en acto reconoce la herida pero no se queda paralizado: se convierte en conciencia, memoria y movimiento; transforma. Y el dolor recibido es el que te deja inmóvil, aislado y sin organizarte; el dolor que el sistema ofrece para desactivarte. Y porque la nada en acto es la que se retira con conciencia: no es rendirse, es tomar distancia, reorganizarse, respirar, sin caer. Y la nada recibida es la que cede al cinismo y a la rendición, el nihilismo cool. “Nada importa, nada vale, todo da igual”. Es la nada que el sistema celebra, porque quien se instala ahí queda desactivado.

Nina Simone cantando “Mississippi Goddam” o “Strange Fruit”: dolor racial y de género convertido en acusación frontal. Dolor en acto. Frida Kahlo y el cuerpo como mapa del sufrimiento tornado en autorretrato: Public Enemy, Pier Paolo Pasolini... Dolor en acto.

Andréi Tarkovski en “Stalker” (1979), y la nada que se habita como tensión activa y experiencia del vacío. Nada en acto. Getatchew Mekurya y sus fraseos quebrados ajenos a la gramática del jazz occidental. Ruptura desde la necesidad. Joy Division, en “Closer” (1980). Michel Houellebecq. Nada en acto.

El dolor recibido es más fácil de reconocer que de nombrar: Plataformas que capitalizan tu tristeza y la realimentan a golpe de playlist, “Melancholic Moods”. El malestar convertido en fondo neutro y negocio. Es el dolor como anestesia dirigida y deseada. Adictivo. La nada recibida es el cinismo sin salida: estética de resistencia sin creencia, discurso derrotista que se disfraza de lucidez con un “todo está perdido, nada importa”. El sistema celebra esa nada porque te neutraliza.

Retomamos, de nuevo. Y vemos cómo ese dolor lúcido y esa nada sostenida crecen y avanzan gracias a catalizadores que transforman su naturaleza en expresión. La rabia como primer detonante, reacción lógica que rechaza ese vacío y sufrimiento establecidos, sin pedir permiso. No la rabia como furia ciega que destruye sin mirar. La que sabe distinguir entre lo que aún vale y lo que ya no. La rabia que se suma al amor, al amor que construye y cuida de lo que merece existir. El amor que crea, comunidad, solidaridad, memoria. No importa en qué proporción; al unirse convierten una posición existencial en acción. Y hacer, cuando es algo real y absoluto, es crear. Es como hacer que las palabras vuelvan a decir algo.

La no wave de Nueva York, finales de los setenta, con DNA, Teenage Jesus And The Jerks, Glenn Branca y Lydia Lunch (la reina del “punch rock”): destruyendo el rock desde dentro. Einstürzende Neubauten construyendo con demoliciones. Cuando el mundo se derrumbe sonará así. Kim Gordon: la elegancia en el ruido y la disonancia, rompiendo espacios masculinos del rock. The Ex, ética y forma en la ruptura. Pauline Oliveros: el silencio un instrumento: la atención, un gesto político. Fugazi, The Birthday Party...

Jem Cohen filmando lo que todos ven pero nadie mira, la otra capa de las ciudades; Jorge Oteiza y la escultura que habla desde la ausencia. Rompe los códigos del arte. Cada espacio un mensaje. Mario Santiago Papasquiaro escribiendo poesía en los márgenes, sobrevivida en fotocopias y lecturas clandestinas. Niki de Saint Phalle disparando contra sus propias esculturas: la violencia generando forma y belleza. Klaus Nomi, rechazado, creando su propio recorrido. Chantal Akerman (la de la mejor película de la historia), David Lynch (el soñador), Hal Hartley, Joseph Beuys...

Construyendo y destruyendo en un mismo gesto. Tiempo para derribar y tiempo para levantar; un mismo acto, más allá de la forma.

Vivimos en un sistema que no mata, pero administra la vida. Que te ofrece ese sufrimiento pasivo y vacío reactivo: “Sufre, exhíbelo, pero no te organices; no conviertas eso en nada que valga la pena”. Este sistema reprime la rabia organizada y con ella el amor como construcción, la creación real y colectiva. Y lo hace con herramientas que simulan crear: atajos que ofrecen el final, pero sin el viaje, cuando crear siempre ha sido transitar territorios desconocidos mientras construyes y creces. Tropiezas, miras; un golpe de percepción. Como jugando a Fleming, encontrando lo que no buscabas. El hallazgo, la serendipia. Perder el control y recuperarlo. Equivocarte, dudar, rehacer... Un tránsito que transforma y hace libre. Sin proceso no hay hallazgo, no hay libertad; solo producto, resultado efímero y hueco.

Esto es Godard. Esto es Slint. Y los 400 nombres que han acudido a la memoria. Pero lo verdaderamente decisivo de todo esto es entender que lo mismo puede ocurrirle a cualquiera. Perder el miedo no es un privilegio. Es un gesto. No esperar permiso. No esperar contexto. Crearlo. Que decida hablar quien tenga algo que decir. Alguien con quien trabajamos cada día. Quien vive pared con pared. La hermana mayor que nunca fue escuchada. El adolescente que todavía no ha aprendido a callarse. El anciano que lleva años ensayando una frase. No importa quién ni desde dónde. En ese acto mínimo y concreto se reafirma la libertad. Crear como forma de estar, no como producto. Que tus palabras vuelvan a decir algo. Que tus palabras vuelvan a tener peso. Autodeterminación que crece al perder el miedo. Al explorar los caminos menos fáciles. Al decidir.

Construir sin permiso. Vivir sin aliento. Acción directa sobre nuestras vidas. Porque quienes se quedan son quienes continúan. Sortu eta hazi. Crear y crecer. ∎

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