Lo que empezó como un momento supuestamente inofensivo en una kiss cam de Coldplay acabó convirtiéndose en una tormenta perfecta de morbo, memes y linchamiento digital. Kristin Cabot, directora de recursos humanos de la tecnológica Astronomer, ha roto ahora su silencio para explicar el impacto devastador que tuvo aquel plano fugaz captado en el concierto de Boston del pasado verano, cuando apareció abrazada a su jefe, el CEO Andy Byron, antes de desaparecer ambos del encuadre con una torpeza que internet interpretó como confesión inmediata. El vídeo se hizo viral, los dos directivos dimitieron y ella quedó marcada, según sus propias palabras, con una “letra escarlata” que borró de un plumazo años de carrera profesional, pese a que estaba separada de su marido y no había ningún evento corporativo de por medio. Cabot denuncia ahora haber recibido amenazas, insultos y acusaciones misóginas a gran escala, lamenta que nadie del entorno del grupo rebajara la tensión y subraya que el episodio sigue teniendo consecuencias reales para ella y sus hijos. Un recordatorio incómodo de cómo un gag de estadio, un comentario improvisado de Chris Martin y la maquinaria de las redes pueden convertir una noche de música en un castigo público sin derecho a réplica.
La batalla por el alma de las listas de éxitos tiene algo de culebrón tecnológico y mucho de pelea por el mando a distancia. ‘Billboard’ ha decidido retocar su fórmula para que las escuchas de pago y las gratuitas se parezcan un poco más –sin llegar a confundirse– y la reacción de YouTube ha sido la de levantarse de la mesa y apagar la música: si no cuentan todos los streamings por igual, retiran sus datos. El ajuste parece técnico (pasar de un ratio 1:3 a 1:2,5), pero el enfado es mayúsculo. Para Lyor Cohen, jefe musical de YouTube, la lista sigue viviendo en el pasado, ignorando a millones de oyentes que consumen canciones con anuncios y sin tarjeta de crédito. El problema es que YouTube lleva en la lista Hot 100 desde 2013 y su salida deja a ‘Billboard’ con una foto incompleta del éxito real. Así que, mientras unos defienden que no todas las escuchas valen lo mismo y otros insisten en que cada play es un voto democrático, la pregunta flota en el aire: ¿quién manda hoy en las listas, el público o la calculadora?
El duelo también puede pintarse. A un mes de la muerte de Mani (1962-2025), bajista esencial de The Stone Roses y Primal Scream, John Squire –guitarrista de The Stone Roses– ha optado por el homenaje silencioso y cromático: una obra nueva que reinterpreta su imaginario clásico –ecos del mítico concierto de Spike Island de 1990 incluidos– para escribir el nombre del amigo con cuadrados de color y estrellas, como si el bajo siguiera marcando el pulso desde el lienzo. Sin comunicado solemne ni gran discurso, la pieza ha hecho lo que mejor sabía hacer Mani en vida: conectar de inmediato con la gente, que ya pide copias benéficas mientras recuerda que aquellas líneas graves sostuvieron himnos como “She Bangs The Drums” o “Fools Gold”. A veces el rock no necesita amplificadores: basta un cuadro bien afinado para que todo vuelva a sonar.
En el interminable culebrón judicial que acompaña desde hace años al personaje y al músico, la última escena vuelve a caer del lado de los tribunales: la demanda por agresión sexual presentada contra Marilyn Manson por su exasistente Ashley Walters ha sido desestimada de nuevo por un juez de Los Ángeles al considerar que los hechos denunciados quedan fuera del plazo legal para ser juzgados. No es una absolución moral ni un punto final definitivo –la defensa de la denunciante insiste en que seguirá peleando y recuerda que el archivo no invalida el relato–, pero sí otro cierre en falso que permite al artista dar por terminado, al menos por ahora, uno de los frentes legales más delicados de su carrera. Justicia procesal, reloj en mano, frente a un debate público que sigue sin apagarse y que demuestra que, incluso cuando los jueces cierran la puerta, el eco de estas historias continúa resonando bastante más allá de la sala.
Cuando parecía que el gran drama alrededor de ‘“Paint The Town Red” ya se había cobrado suficientes titulares, ahora el eco llega por la puerta menos glamurosa: los despachos de abogados. Una empresa especializada en recuperar derechos y regalías ha demandado a Dionne Warwick por, presuntamente, romper un acuerdo que les garantizaba quedarse con la mitad de todo lo que lograran cobrar en su nombre, incluidos los ingresos derivados del sampleo de “Walk On By” en el éxito de Doja Cat. Según la demanda, el trato –firmado en 2002 y basado en el clásico “si no gano, no cobro”– les habría reportado más de dos millones y medio de dólares a lo largo de los años y les daba derecho a una comisión perpetua, algo que la firma considera ahora vulnerado después de que la cantante intentara gestionar directamente sus pagos con discográficas y entidades de derechos. La reclamación habla de “cientos de miles, si no millones”, y añade un punto casi irónico al asunto: incluso las leyendas del pop pueden acabar peleándose por quién se queda con qué cuando una canción de hace seis décadas vuelve a conquistar TikTok y las listas de éxitos.