Película

Hamnet

Chloé Zhao

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Tras ser engullida por el aparato de Marvel en “Eternals” (2021), Chloé Zhao, oscarizada directora de “Nomadland” (2020), busca de nuevo su lugar en un cine más autoral. Para recuperar su posición, no se la juega en “Hamnet” (2025; se estrena hoy) y toma como punto de partida la aclamadísima novela homónima de Maggie O’Farrell, a quien ha tenido como colaboradora en la parte de guion. Su elucubración romántico-literaria se apoya también en el ensayo de 2004 “The Death Of Hamnet And The Making Of Hamlet”, de Stephen Greenblatt, historiador literario experto en Shakespeare.

Novela y, ahora, película dramatizan la historia de William Shakespeare y su única esposa, Anne Hathaway, rebautizada en ambos casos Agnes para evitar confusiones con la actriz de “El diablo viste de Prada” (David Frankel, 2006). Asistimos a su enamoramiento, a su (no poco complicada) formación de una familia y, sobre todo, a su lucha con una pérdida terrible, la de su hijo Hamnet, de 11 años, a causa de la peste bubónica, como apuntan ciertas teorías.

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Sublimando el posible nexo entre Hamnet y la mítica obra “Hamlet” (ambos nombres eran intercambiables en la época isabelina, como explican los rótulos de apertura) que estudiosos como Greenblatt han explorado a conciencia, la película se erige en su parte final como una reflexión sobre el poder del acto creativo para hacer más aceptables, que no superables, las penas máximas. A pesar de su temática, acaba siendo una obra de emotiva luminosidad. Su mensaje es de despertar, de apreciar cada latido propio y cercano. “No olvidemos ni por un momento que pueden dejarnos”, como dice Mary (Emily Watson), madre de William, en un momento del filme bastante significativo para quienes tenemos hijos pequeños.

Lejos del empuje casi documental de “The Rider” (2017) y “Nomadland”, Zhao filma su tragedia con estilo contenido, con planos a menudo estáticos y bastante largos en los que se respira una tensión extraña, en parte por composiciones a veces incómodas, en parte porque sabemos lo que va a pasar. Esa nueva apuesta por la esencia puede recordar, salvando las distancias, al giro del otrora exuberante Paul Thomas Anderson con “Pozos de ambición” (2007). Mención aparte merece la maravillosamente nítida fotografía del polaco Łukasz Żal, el amo de la luz en, ahí es nada, “Cold War” (Pawel Pawlikowski, 2018) y “La Zona de Interés” (Jonathan Glazer, 2023).

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Esa cámara menos móvil permite que la mirada se centre en un par de interpretaciones mayúsculas. A un lado, Jessie Buckley como la sensible Agnes, una mujer observada con recelo en su comunidad (tiene reputación de bruja, como su madre) que da al aspirante a dramaturgo William toda la libertad que necesita para que desarrolle su carrera y que ha de lidiar sola no solo con la muerte de Hamnet, sino también con el luto. Su trabajo es salvaje, cruento, visceral. Al otro lado está el más sutil pero igualmente brillante Paul Mescal, capaz de conmover sin necesidad del grito, solo de una leve sonrisa incrédula. “Es mi chico…”.

La (sublime) banda sonora de Max Richter no se usa tan a menudo como se podría: los momentos más climáticos suelen estar preñados de silencio. Zhao cede a la tentación del subrayado, eso sí, en un clímax final teatral en el que, además, en lugar de contar con una composición creada por Richter para la ocasión, reutiliza la muy manida “On The Nature Of Daylight”. Raro paso en falso en una obra que, según algunos, es pura carnaza de Óscar, pero que por su ascetismo parece más el intento de Zhao de afirmarse como directora sin servidumbres. ∎

Ser o no ser, esa es la cuestión.
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