Amor y lucha.
Amor y lucha.

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Nacho Vegas

“Cuando cantamos sobre sentimientos dolorosos lo hacemos para confrontarlos, no para abrazarnos a ellos”

Fotos: Alfredo Arias

27.01.2026

En su nuevo trabajo, de marcado perfil político, Nacho Vegas conjuga beligerancia y cariño, incursiones en lo estrictamente personal y en lo común, reflexiones sobre su oficio y cavilaciones sobre esa ola ultraconservadora que sigue calando en nuestras sociedades. Conversamos con él sobre estas y otras inquietudes.

T

arde de viernes en el centro de Madrid. Hace pocas horas que “Vidas semipreciosas” (Oso Polita, 2026), el noveno álbum en estudio de Nacho Vegas, ha llegado a tiendas y plataformas de streaming, un cuarto de siglo después de que el primero a su nombre –“Actos inexplicables” (Limbo Starr, 2001)– viera la luz. Sentado frente a la grabadora de Rockdelux en una concurrida taberna en el epicentro del barrio de Malasaña, el músico gijonés –que cumplió 51 años el pasado diciembre– afirma que solo echa ese tipo de cuentas cuando alguien lo invita a hacerlo, porque nunca creyó demasiado en “ese concepto que se llama ‘mi carrera’”.

Pese a su veteranía, recordemos que desde principios de los noventa ya andaba metiendo ruido en grupos como Eliminator Jr. y Manta Ray, algunas dinámicas de la industria discográfica –el álbum tiene una bella edición física que guarda en su interior un jardín de las delicias obra de la dibujante Candela Sierra– no dejan de sorprenderle. “Hay un cambio de paradigma cultural a la hora de hablar de música”, afirma. “Me vuela la cabeza cómo se ha normalizado tanto hablar de ‘consumir’ música, cuando antes era ‘escuchar’ música. El otro día escuchaba a Ben Yart, que me gusta mucho. Le preguntaban qué música estaba escuchando y decía: ‘Pues mira, hoy he consumido La Polla Records y he consumido tal…’. Me sonaba rarísimo y creo que al final es algo pernicioso que se hayan creado lógicas de consumo en nuestra manera de apreciar la música. Consumes cuando pagas los diez euros de Spotify o lo que sea al mes, pero no cuando escuchas música. A la literatura eso no llegó, nadie dice: ‘Consumo a Federico García Lorca’. En la música se ha normalizado”.

“Mi pequeña bestia”, vídeo realizado por Sara Condado.
Su propia relación con el consumo es una de las contradicciones personales que peor lleva. No se hace cruces ni tira de cilicio, pero tampoco lo minimiza. La educación recibida en casa le enseñó, entre otras cosas, que tener una conciencia ética obligaba a lidiar con estas impugnaciones morales autoimpuestas. “Me gustaría tener más conciencia a la hora de consumir, hacerlo con una cabeza más consciente, más ética, ir más al comercio justo”, reconoce. “En Xixón hay un colectivo, Picu Rabicu, montado desde hace ya dos décadas o así, conozco a mucha gente y nunca he comprado en esa tienda. No sé. Un amigo dice que menos de cinco contradicciones es dogmatismo, pero a veces son más de cinco. Ayer me pusieron en un hotel en la calle Pez, vi que había abierto un supermercado para comprar algo de fruta, vi que era un Carrefour, le había puesto una cruz al Carrefour como empresa colaboradora del sionismo, y me dije: ‘¿Dejo el plátano?’. Estoy en Madrid, estoy frío, me voy a otro sitio… Hay que aceptar las contradicciones. Esas contradicciones no me atrevería nunca a afearlas a nadie. Generalmente a la izquierda se la suele atacar afeando algunos hábitos personales que a cualquier persona de derechas se le dan como parte de la vida. Es un poco tramposo eso, pero es bueno siempre estar un poco alerta. La conciencia nos hace humanos, de hecho las canciones muchas veces salen de esas contradicciones, porque saltan chispas”.

El caso es que, desde la publicación del introspectivo “Mundos inmóviles derrumbándose” (Oso Polita, 2022), esas partículas encendidas han seguido prendiendo notas de voz en su móvil y apuntes en su libreta. Y once de ellas se propagaron hasta convertirse en las canciones que ocupan el centro de nuestra distendida conversación, materializándose en un trabajo de espíritu colectivo que incluye mayoría de composiciones propias, pero también infusiones de folk combativo colombiano (“Fíu”), estándares de canción autoral vasca (“Les ales”, su visión de “Txoria txori” de Mikel Laboa) o adaptaciones de la tradición musical cantábrica con sustancia revolucionaria (“Seis pardales”). En castellano y en asturiano, apelando a lo íntimo y personal (“Piedras semipreciosas”, “Los asombros”) o inflamando el discurso hacia el terreno contestatario e insumiso (“Deslenguarte”), con la deriva ultra global como inquietante escenario (“Tiempos de lobos”).

En lo sustancial, Vegas no se ve muy distinto al músico que compuso aquel trabajo pospandémico, pero la escalada reaccionaria de los últimos años, con toda su carga de incertidumbres y especulaciones, le preocupa especialmente. Y quizá por eso, por estar imbuido del ciclo reactivo en que vivimos, “Vidas semipreciosas” sea un álbum frontal y explícito como también lo fue “Resituación” (Marxophone, 2014). “Sí, sí, además recuerdo que cuando empecé a escribir las canciones de ‘Resituación’ y sobre todo las del EP anterior, ‘Cómo hacer crac’, era un momento –después de publicar un disco en 2011, “La zona sucia”, con el que hice una gira muy larga– en que me sentía un poco harto del indie, de enlazar varias giras tocando en los mismos sitios, con los mismos códigos y dinámicas en las promociones, en los conciertos… Había algo que me cansaba y que hubiera un revulsivo social… no sé… abriendo las ventanas encuentras otros estímulos, algo que puedes dejar que permee en tus canciones y te abra a un mundo nuevo. En ese momento la conexión con ciertos centros sociales y colectivos, tocar en sitios y espacios que no eran los habituales en la escena indie, me dio un poco la vida, fue como insuflar un poco de aire, y desde entonces me parecía natural incorporar cierto compromiso político en mi música. Es cierto que el disco anterior necesitaba que fuera muy intimista, no sé si porque volvíamos de la pandemia o por el momento vital, pero ahora el clima es diferente. En 2012 y 2013, cuando escribí las canciones de ‘Resituación’, estábamos en un clima muy ilusionante y ahora el panorama es un poco espeluznante. Una de las ideas que atraviesa el disco es la de la necesidad de seguir cuidando la capacidad de asombrarnos que tenemos durante la vida, y asombrarnos ante la vida significa a veces maravillarnos y a veces horrorizarnos. Tienen que ser ambas cosas, pero a veces toca el horror. Ahora si te levantas y lees el periódico o ves las noticias te horrorizas más que te maravillas, pero también encuentras momentos para maravillarte. Así va transcurriendo la vida y girando el mundo. No había pensado en ese arco que va de ‘Resituación’ a este, pero tiene sentido”.

Trinchera poética.
Trinchera poética.

“Alivio” de entrada me recordó –si quieres un poco por encima o por algunos de sus elementos– a “Tin Pan Alley”, del primer disco de Manta Ray. Por ese patrón de batería y el arreglo de cuerda. Me hizo pensar que quizá las cosas que nos impactan cuando somos jóvenes siempre están ahí de alguna manera, siempre permanecen.

La verdad es que no había pensado en la canción de Manta Ray, pero tiene sentido. Además siempre he defendido esa idea. Cuando salí de Manta Ray mis primeros conciertos eran solo con la guitarra, no tenía una banda. Manta Ray ya era un grupo al que le preocupaban mucho las texturas, el post-rock. A mí me interesaba mucho, pero hubo un momento en que tuve que elegir una cosa u otra, no podía estar en los dos sitios, no me daba la vida. Tuve que abandonar el grupo y fue una decisión difícil en aquel momento. Y la gente al principio no entendió ese cambio: “¿Qué hace ahora este así, a lo Patxi Andión?”. Siempre puse mucho esfuerzo en no ser un cantautor con banda de apoyo, sino en tener una banda, en rodearme de gente con la que pudiera compartir mi proyecto. De hecho, lo de firmar los discos con mi nombre pienso que fue un error. Tendría que haber creado un nombre de banda porque más o menos he estado con la misma gente durante temporadas largas, y cuando he dejado de estar ha sido por situaciones afortunadas como que León Benavente despegara y tuviéramos que hacer una última gira superbonita con ellos y luego conocer a otra gente y estar muchos años. El haber estado en Manta Ray, haber cuidado esas texturas, ser guitarrista, porque toco muy mal la guitarra en realidad y era guitarrista… Recibí incluso un premio AMAS de la música asturiana como mejor guitarrista. Tiene delito que yo reciba un premio como guitarrista, hay que estar sordo… Pero, bueno, como jugábamos mucho con el ruido y con las texturas pues colaba un poco. Es algo que me siguió interesando mucho y hay veces que alguna gente traza un paralelismo con lo que hice en Manta Ray, y yo lo reivindicaba como que también era mi herencia. Yo era una parte activa, siempre fuimos un grupo Manta Ray, no era un grupo con un líder y otros cuatro. Se hacía todo en el local de ensayo con todos tocando, buscando y dialogando. Y ese aprendizaje me lo llevé a mis discos, partiendo un poco más de la canción de autor pero envolviéndola con esas premisas.

“Fíu” parte de una canción del colombiano Pablus Gallinazo, “Mula revolucionaria”, a la que le pones una letra sobre tu madre muy emotiva. ¿La ha escuchado ella?

Sí, el otro día. Estaba yo en Madrid ya. El martes 20 de enero cumplió 76 años y le enseñé la canción como un primer regalo, se la mandé por Telegram. Me respondió “gracias, cariño, acuérdate que quedamos para comer el domingo, haces canciones preciosas”. Luego me mandó otro mensaje un poco más… Mi madre me sigue mucho ahora por redes, sabe dónde estoy en cada momento, pero tampoco ha sido fan de mi música. Lo que aprecio es que siempre me ha dejado hacer, con una distancia, con respeto, sin injerencias en todo lo que hacía, sin opinar donde no tenía qué… pero siempre al tanto como madre. Y luego los valores, lo que sale en la canción. De igual manera que decías antes que todos esos estímulos culturales que recibes en la adolescencia y juventud nos dejan una marca indeleble, más que las que nos pueden dejar ahora en la edad adulta, también los valores que te inculcan cuando eres más guaje son… hay cosas que se te quedan. Recuerdo cuando mi madre me habló por primera vez del aborto y por qué era un derecho por el que estábamos manifestándonos, porque a mí una niña en el cole me dijo que eso era matar niños y yo estaba muy confundido. Cómo me lo explicó ella con una amiga: los derechos reproductivos de la mujer y el derecho de la mujer a gobernar su propio cuerpo. “Como tú si quieres hacerlo con tu propio cuerpo”, me dijo. Fue algo que se me quedó y que se repitió varias veces con varias cosas que son básicas. Mi madre es maestra y nos explicó por qué íbamos a este y no a otro colegio, por qué la enseñanza pública era importante para ella y para mi padre. Te vas dando cuenta de que son ideas fundacionales para luego ir cogiendo compromisos, tanto afectivos como políticos como con el trabajo que haces, y se lo quise reconocer.


“Cuando salí de Manta Ray mis primeros conciertos eran solo con la guitarra, no tenía una banda. Manta Ray ya era un grupo al que le preocupaban mucho las texturas, el post-rock. A mí me interesaba mucho, pero hubo un momento en que tuve que elegir una cosa u otra, no podía estar en los dos sitios, no me daba la vida. Tuve que abandonar el grupo y fue una decisión difícil en aquel momento”


¿A ella qué música le gusta?

Le gusta mucho la música mexicana. Más que la ranchera, los boleros. Hace poco le traje un disco en la última visita a México con canciones de La Tariácuri, Amalia Mendoza. Es una de mis cantantes favoritas, eso lo tenemos en común. A ella le gusta mucho el bolero, música más íntima; en lo más vanguardista ni entra ni tiene por qué entrar.

¿Sonaba esa música en casa cuando eras pequeño?

En concreto la música que más le gustaba a mi madre no. Sonaba más la música que le gustaba a mi padre, creo que imponía los gustos, la música que sonaba en el coche, lo que eran los roles en aquella época. Tenía mucho más que ver con The Beatles, el Dúo Dinámico, Los Brincos, Joaquín Sabina con “La Mandrágora”… Eso lo tenían en común mi padre y mi madre; recuerdo “La Mandrágora” como algo importante para ellos y que al final también fue importante para mí.

En esta canción sacas pecho por todo lo que te enseñó ella.

Sí, me lo ha enseñado sin resultar… Nunca he sentido que en mi casa me adoctrinaran de ninguna manera, son valores que siento como limpios. Podíamos haber salido alguno de los hermanos policía nacional o facha, eso sí que habría sido una cosa disruptiva. Siempre lo sentí como algo natural que se vivía en casa. Mis padres se conocieron en los setenta y tenían en común la lucha antifranquista. Recuerdo tener a Salvador Allende omnipresente en el salón de casa…

¿Y eso?

Había un cuadro en el salón que no recuerdo que fue de él, porque años después ya no estaba. Supongo que lo cambiaron por otro. Pero en los años de infancia, sí. Yo ni siquiera sabía quién era Salvador Allende, lo aprendí después, supongo que en alguna conversación con ellos. Lo viví como una forma de enseñarme cuestiones que tienen que ver con la dignidad, con la empatía, con tener una conciencia ética que también implica lidiar con muchos dilemas, porque intentas ser consecuente con esos valores. Pero sí, es algo que vivo con orgullo, no como algo problemático.

Cuestión de valores.
Cuestión de valores.

En el disco hay tres interludios muy significativos que van apareciendo a lo largo de la escucha. El primero es de Javitxu Aijón, uno de “Los seis de Zaragoza”, que fue indultado a finales de 2025 tras ser condenado a cuatro años y nueve meses de prisión por participar en una manifestación contra VOX en 2019.

El interludio lo mandó desde la cárcel, en una llamada telefónica que le hizo un compañero a través de Anticapis de Zaragoza. Yo no lo conozco personalmente. Meses después le dieron el indulto. De “Los seis de Zaragoza” aún quedan dos en la cárcel.

Los otros dos interludios corresponden a Anna Gabriel –exdiputada en el Parlament de la CUP que fue requerida por el Tribunal Supremo tras el procés catalán y se marchó a Suiza, donde vivió cuatro años, antes de que la causa se archivara– y a Adur Ramírez de Alda, encarcelado durante cuatro años por el caso Altsasu pese a la inconsistencia de las pruebas que se esgrimían contra él. ¿En qué momento decides que estas tres piezas debían estar en el álbum colocadas de forma estratégica?

Sí, están ahí de forma muy consciente porque quería que cada uno guardara cierta relación con la canción que precede y que desembocara en la canción “Seis pardales”, la que habla sobre “Las seis de La Suiza”. Cuando estaba escribiendo las canciones de este disco era algo que estaba muy presente en Xixón y que me golpeó de forma particular, porque se vivió en Xixón y en Asturias en general de una manera muy poderosa, con movilizaciones. Se creó un grupo llamado Sofitu, también Arte poles 6, con gente de varias disciplinas, yo toqué varias veces en movilizaciones y se llevó a la calle el conflicto y el montaje judicial y policial por el que seis personas acaban siendo judicializadas por hacer sindicalismo. No la trabajadora que denunció acoso laboral sexual, sino las sindicalistas y la propia trabajadora, que acaban condenadas y ahora están en la cárcel esperando el indulto. Estaba tan presente en mi vida y en el clima social de Xixón que se coló en el disco. Rodrigo Cuevas también apoyó mucho las movilizaciones y yo quería hacer un homenaje, pero siempre me resulta difícil plantearme “quiero escribir sobre tal cosa” y tener éxito. Si te planteas lo de “acabo de romper con mi pareja y quiero escribir sobre esta ruptura”, ahí vas a hacer una mierda de canción, no va a servir para nada. Por lo menos en mi caso. Siempre hay una chispa, como te decía antes, pero tienes que dejar que vayan fluyendo o ir cogiéndolas al vuelo, pero no pretendiendo contar algo. Esto te lo digo porque me resultaba muy difícil escribir para “Las seis de La Suiza”, y por eso tuve que coger parte de una canción tradicional que pensaba que era asturiana, pero que es cántabra, y que se popularizó cuando se reescribió como himno revolucionario en octubre de 1934.


“Nunca he sentido que en mi casa me adoctrinaran de ninguna manera, son valores que siento como limpios. Podíamos haber salido alguno de los hermanos policía nacional o facha, eso sí que habría sido una cosa disruptiva. Siempre lo sentí como algo natural que se vivía en casa. Mis padres se conocieron en los setenta y tenían en común la lucha antifranquista. Recuerdo tener a Salvador Allende omnipresente en el salón de casa…”


¿Con el mismo título?

No, con otro título. No recuerdo bien cuál era el título original de la canción… “¿Dónde vas morena?” puede que fuera el primer título y “El chaflán número 8” el título oficioso cuando se reescribió de forma colectiva, destinada a la represión después de que fracasara la revolución o que se firmara la paz de 1934, que se prometió que solo se iba a juzgar a los cabecillas pero al final fueron más de 20.000 asturianas y asturianos represaliados, y de eso habla la canción. Ahí es cuando cogió una dimensión importante. Me pareció interesante volver a reescribir parte de esa canción, aprovechando que la había rescatado con L&R, con Leticia Baselgas y Rubén Bada, para una película de Pablo Gil Rituerto que se llama “La marsellesa de los borrachos”, que se estrenó el 2024 en la SEMINCI. Para escribir sobre “Las seis de La Suiza” necesitaba aferrarme a algo, a las voces solidarias que aparecen en la canción, a la tradición, a contar con Rodrigo Cuevas cantando, con Leticia y con Rubén. Esa canción era importante por lo que había significado, por cómo había vivido el conflicto de manera dolorosa e indignante. Pero también quería testimoniar que no es algo aislado, la represión por parte del Estado español se ha vivido en muchos momentos. Está también lo de “Los seis de Zaragoza”, con Javitxu, que es compañero de Anticapis y su testimonio era importante. Y Anna Gabriel, a quien políticamente admiro mucho y que ha sido perseguida judicialmente por delitos tan anacrónicos como el de desobediencia y fue obligada a exiliarse. Hablé con Fermin Muguruza, quería que estuviera en el disco, pero estaba ocupado con su gira y cuando respondió era un poco tarde. Al final a través de una amiga contacté con Adur Ramírez de Alda, uno de los chavales del caso Altsasu, que ni siquiera estaba en el bar cuando ocurrió la reyerta pero se comió muchos años de cárcel. Eso sí que fue un montaje judicial y policial en toda regla.

Al final los interludios funcionan como pequeñas piedras semipreciosas en el camino para acabar desembocando en el caso de “Las seis de La Suiza”, y para que atraviese el disco una conciencia de que vivimos en un país en el que muchas veces desde los medios oficiales se llenan la boca con la palabra democracia, pero creo que hay unas carencias democráticas importantes, una represión por parte del aparato del Estado. Y no hace falta que la gente mire a Venezuela para encontrar presos políticos. Es algo que formaba parte también de lo que me indigna y me remueve por dentro, y quería que estuviera en el disco. Cada una de esas voces tenía sentido particular, fueron casos que nos dicen mucho sobre la historia reciente de nuestro país. Podría haberme ido a Egunkaria, o a Pablo Hásel, que no hay que olvidar nunca que está en la cárcel por escribir canciones, por decir lo que le da la gana en las canciones. Y esa es una de las tesis del disco.

Otro de los hilos que hay en el disco es la reflexión sobre cómo funciona la justicia en España.

La judicatura está muy contaminada, es una de esas instituciones que dependen de castas, de clases sociales muy altas en las que se vive la judicatura como algo que se transmite de padres a hijos y por eso hay un ambiente tan reaccionario en el mundo de los jueces, salvo excepciones. Y no podemos fiarnos de ellos, de hecho estos casos, el de Altsasu o el de La Suiza, los tildaría de auténticos montajes judiciales por cómo retuercen la historia de la gente que ejerce su derecho a manifestarse en frente de un mitin de la extrema derecha o de manifestarse en frente de la confitería en la que el propietario estaba acosando a una trabajadora. Ese derecho se criminaliza, y no entiendo cómo los poderes han comprado ese discurso. No me explico otra manera que no sea pensando que la judicatura tiene tanto poder que es una institución que no sé si habría que reformar o abolir.

Contra el derrotismo.
Contra el derrotismo.

En “Mi pequeña bestia” reflexionas sobre tu oficio, das a entender que las canciones tienen libre albedrío.

Sí, es un poco meta, ya lo hice en otras ocasiones, lo de hablar en las canciones sobre el oficio de hacerlas. Antes te decía que prefiero que las letras tomen el poder de las canciones, que se dejen escribir, no pensar en qué quieres escribir. Es lo que ocurre cuando salta la chispa, son como pequeños animalillos salvajes que no sabes por dónde te van a salir y te sorprenden, y cuanto más te sorprendan es que vas yendo por buen camino. Asombrarse con uno mismo es la parte más bonita de escribir canciones. Es verlas como pequeños cachorrillos, que no sabes lo que van a hacer, que te vas una hora y te encuentras con la casa destrozada pero no puedes dejar de achucharlos. A veces necesitas que las canciones también te destrocen un poco por dentro, para enseñar partes de ti mismo que no querías reconocer que estaban ahí. Las canciones están ahí para confrontarlas. Funcionan como animales salvajes y depredadores de uno mismo, en el sentido más bonito.

Al escuchar “Deslenguarte” por primera vez, estando ahí Albert Pla, me acordé por ejemplo de su canción “Carta al Rey Melchor”, que provocó fricciones en su momento. ¿Fue por esto que le propusiste la colaboración o no tiene nada que ver?

Sí, algo tiene que ver. Admiro a Albert desde hace muchísimo, soy muy fan, además es un amor como persona y tenía muchas ganas de colaborar con él, pero necesitaba que surgiera alguna canción en la que viera que tenía sentido que la cantara y se hiciera con ella. Tiene algo que ver con lo que acabas de decir, porque a él le cancelaron un concierto en Xixón por unas declaraciones en las que era Albert Pla haciendo de Albert Pla. Era un concierto organizado por el Ayuntamiento de Xixón, con la misma alcaldesa que tenemos ahora, de Foro, del partido que fundó Álvarez-Cascos. Decía en una entrevista: “Me da asco ser español, como espero que a todo el mundo, y me gustaría que en Gijón fuera obligatorio estudiar catalán como nos pasa a nosotros”. Pues por eso le cancelaron un concierto… Si es que no sabéis ni a quién traéis, si está solamente haciendo de él mismo. Cuando escribí la canción, que además creo que tiene influencias de algunas canciones suyas, me acordé de este episodio, por eso es él quien se refiere a la ciudad como “un truño que elogia al mar”, que es algo que no se le perdonaría si volviera a Xixón y dijera algo así. Con el gobierno que hay ahora le volverían a cancelar el concierto seguro. Entonces me permití que lo dijera a través de mí, que yo importo menos y a mí no me va a venir ni la Audiencia Nacional ni ningún ayuntamiento a censurarme por eso.


“Asombrarse con uno mismo es la parte más bonita de escribir canciones. Es verlas como pequeños cachorrillos, que no sabes lo que van a hacer, que te vas una hora y te encuentras con la casa destrozada pero no puedes dejar de achucharlos. A veces necesitas que las canciones también te destrocen un poco por dentro, para enseñar partes de ti mismo que no querías reconocer que estaban ahí”


El disco termina con “L’acabose”, una canción que concluye con versos de esperanza: la vida continúa y merece la pena seguir adelante por las cosas brillantes que encontramos en ella. ¿Era una premisa terminarlo así?

Sí, es una premisa en general. Incluso en las canciones en que hablas desde una perspectiva pesimista o vuelcas emociones que tienen que ver con la desazón o el desencanto tiene que haber una puerta entreabierta por la que entre un poco de luz, porque de lo contrario sería estar regocijándose en la desgracia. Cuando cantamos sobre sentimientos dolorosos lo hacemos para confrontarlos, no para abrazarnos a ellos. Esto lo digo porque en este caso es una despedida a modo colaborativo, con los miembros de la banda diciendo adiós en sus propias lenguas, y viene a ser esa rendija por la que entra la luz. Me apetecía acabar así, es la única canción que no maqueté y no enseñé a la banda hasta que no estábamos en el estudio. Quería que nos pusiéramos a tocar y quedarme con la primera toma en directo, que al final fue la segunda. Que sonara muy orgánica, un poco descacharrada, pero que fuera una despedida en la que mostráramos nuestra vulnerabilidad, el sentido del humor y ese rollo que tiene que haber incluso en los finales más dolorosos.

Antes te decía que este es un disco frontal, pero no da mal rollo.

La gente que lo escuchó ha destacado eso. Ahora que escuché mis discos antiguos para elegir repertorio y ver qué canciones quiero rescatar para esta nueva gira, es la primera vez que me pasa; me he dado cuenta y me he dicho: “Hostia, vaya intensito era hace quince años, cómo podía aguantarme a mí mismo”. Ahora entiendo las críticas que me hace la gente, entiendo esa sensación cuando saco un disco luminoso y que haya gente que se sorprenda y diga: “No esperaba esto”. Incluso hay gente a la que le decepciona, quieren que vuelvas a hacer la misma canción triste una y otra vez. ∎

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