Del Gesù fue uno de los luthiers italianos más famosos de la historia y su “nombre artístico” deriva de la etiqueta que incluía en el interior de sus instrumentos, donde firmaba con el monograma de Cristo (IHS) y una cruz. La historia mola, pero no será él quien ponga las primeras notas a la velada en La Nau. Del Gesù, ahora, son él y ella. Él, descalzo y oculto tras la capucha de su sudadera, se encarga de las voces. Bramidos que, acompañados de bailes que más bien son convulsiones epilépticas, por momentos rozan el llanto de un demente. Ella acaricia un violín del que hace brotar notas disonantes. Con ellos, la máquina, amplificando una electrónica experimental, minimalista y ambiental. Rozan lo místico y lo divino. En otro entorno, podría ser una experiencia religiosa. Oriol Rodríguez
La británica Charmaine Ayoku, visiblemente emocionada durante su breve concierto en La (2) de Apolo, dio más un showcase que un concierto, luciendo especialmente las canciones de su mixtape de debut, “Time Flies” (2025), e impulsada por su actuación dentro de la plataforma COLORS. Todo fue algo caótico, pero también muy fresco y dinámico para el poco tiempo que tuvo, apenas 40 minutos: sacó la guitarra para deshacerse en momentos más íntimos, pero también supo poner a su DJ a bailar con ritmos rotos que recordaron a la primera Jorja Smith, a la de “Blue Lights”, entre el garage suave y el neosoul. Sus temas antiguos se pueden enmarcar más en el bedroom pop o en ese soul británico soleado con alma radiofónica y popera –“More To Me”, por ejemplo– y adquieren una dimensión más bailable y progresiva cuando crecen en directo y levantan la energía en una noche en general quizá demasiado relajada. Diego Rubio
El pop contemporáneo no se entiende sin ese laboratorio de ideas que fue PC Music, y no hay rostro que defina mejor la estética del sello de A.G. Cook que Hannah Diamond, esa diva hyperpop que borra la frontera entre lo humano y lo virtual. El cierre de la jornada en la sala Apolo, ya de madrugada, llegó con un torbellino de nostalgia y melancolía bailable. Dos canciones de su aclamado “Perfect Picture” (2023) –“Poster Girl” y “Affirmations”– para empezar y poner en marcha esa especie de karaoke futurista que son sus directos. Ella, sola en el escenario, bañada por el rosa chicle corporativo de sus visuales en un espectáculo en apariencia perfectamente milimetrado para mantener esa ilusión de perfección digital y estética de alta saturación. Pero a medida que avanzaron los temas, desde “Concrete Angel” a esa “Paradise” que comparte con Charli XCX o “I’m The One / I’m The Sun”, lo orgánico y lo procesado se fundieron en un torbellino hyperpop más techno, pistero y acelerado. Cesc Guimerà
Una controladora, muchos loops y una actitud desafiante que marcó todo el show. KeiyaA –Chakeiya Camille Richmond– cumple a priori con el tópico de artista R&B estadounidense –entre cantante intensa y rapera contundente, entre divas noventeras y SZA–, pero realmente está más alineada con los preceptos sonoros de la Kelela del sello Warp: no hay por qué cantar bien siempre, y a veces es hasta bueno gritar y desafinar; no hay por qué recostarse demasiado en melodías soleadas y no hay por qué mantener activos los mecanismos de la dopamina emocional rápida. Su concierto en La (2) de Apolo, sola sobre el escenario, fue breve, conciso y muy evocador, manteniendo una constante melódica como hilo pero desplegándose entre beats rotos y ritmos que tienen, realmente, mucho más que ver con la IDM o con el trap deconstruido que con un R&B canónico. Diego Rubio
Es encomiable la longevidad del dúo nipón, en liza desde 1992. Innegable, visto lo visto en la sala Apolo, el magnetismo inalterado por el paso del tiempo. Ya desde el momento de su irrupción, entonces como cuarteto, llamaron la atención occidental hasta el punto de que Steve Albini les produjo su debut “Speak Squeak Creak” (1994). Ahora dúo, Yasuko “Yako” Onuki y Ichirou Agata, desprovistos de bajo y batería y armados con un arsenal de bases programadas que van lanzando para formar aturdidores torrentes sonoros. Pop acelerado hasta los límites de lo imaginable, casi a la velocidad de la luz, como la voz de Yako, que proyecta a un ritmo casi absurdo, ininteligible, mientras Agata –como siempre enfundado en su máscara quirúrgica que ya es un rasgo distintivo irrenunciable– consigue con una guitarra eléctrica tradicional y una técnica de púa salvaje lanzar un ruido abstracto. Se presentan sobre el escenario con un prehistórico videojuego 8 bits sonando a través de unos auriculares crujidos, pero es una mínima concesión antes de su catarsis ruidista, un caos controlado y atronador, para dejar patente que el noise-punk nipón y el cybergrind siguen latentes. Eminencias del noise. Cesc Guimerà
Ouineta abrió la jornada inaugural en el Fòrum con una puesta en escena marcada por su frescura y energía. Con un sol que aún pegaba fuerte, Marta Ros apareció sobre el escenario luciendo un vestido rosa chillón, imagen que encajó con el carácter desenfadado y colorista de su propuesta. Al principio no había mucha gente, pero poco a poco se fue llenando de fans jóvenes que tarareaban sus temas mientras bailaban con alegría. En el concierto destacaron las canciones de “Ouineta Verificada” (2026), su reciente álbum. A lo largo de la actuación sonaron temas como “Buganvilla”, “Ves-te’n de la festa”, “La roda”, “DMs” y “Bikini Kill”. Curioso ver cómo los fans usaban Shazam en pleno concierto y las encontraban. Uno de los momentos más destacados llegó con la interpretación de “Va x tu” junto con Maria Jaume. Más adelante, Mushkaa se sumó al concierto para interpretar “NOIS”, una de las colaboraciones más celebradas de la noche que reforzó la complicidad en el escenario. Con una propuesta que mezcla pop en catalán y electrónica, Ouineta consiguió conectar con los fans adolescentes amantes de las coreografías y de los abanicos de colores. Laia Marsal
Era la primera vez en Barcelona del dúo londinense formado por los misteriosos Impey y Sleepie, y realmente una de las primeras también fuera de la burbuja de pop fantasmagórico que los ha acogido en la capital del Reino Unido y en el seno de la emisora de radio NTS: en La (2) de Apolo se hicieron corpóreos, pero solo de forma figurada; en lo literal, Spirit Blue renuncian a cualquier anclaje físico y se abandonan a una nebulosa etérea de dream pop gótico y oscuro, impulsada por guitarras puntiagudas bañadas en reverb, voces venidas de otro plano, lamentos melódicos y pulsos ralentizados y cannábicos. Son mejores, sin embargo, en los interludios de las canciones, en la forma de enlazarlas, que cuando enfrentan las convenciones sin más, y es ahí donde quedó espacio para intensidades mayores. Terminaron con una canción nueva, escrita hace pocas semanas, que los ve enfrentar dinámicas más móviles. Pero, de nuevo, demostraron que son más certeros cuando no lo son. Mucho futuro aquí. Diego Rubio
Yard Act salieron al escenario Estrella Damm cuando todavía quedaban restos de colores del concierto anterior flotando sobre el Fòrum. El problema de los festivales es que nadie te debe atención, tienes que ganártela a codazos. Y James Smith –el cantante de Yard Act apareció con una camiseta de los años del “From Enslavement To Obliteration” (1988) de Napalm Death, uno de los discos fundamentales del grindcore británico– lo sabe. Mientras el grupo explora el art rock, la electrónica y el spoken word, Smith sigue llevando al escenario el legado de una de las bandas políticamente más combativas del Reino Unido. Un detalle que resume la mezcla de ironía, conciencia social y cultura musical que caracteriza a Yard Act, que jamás han sido una banda para todos los públicos. Los primeros pogos aparecieron como tormentas en mitad de la multitud. “Dark Days” empezó como una bofetada elegante; “Blackpool Illuminations” convirtió el escenario en una postal torcida de la Inglaterra actual; “The Undertow” y “Redeemer” desplegaron esa mezcla rara de ansiedad, ironía y belleza que la banda maneja mejor que nadie. Terminó el postureo en el Fòrum. Porque Yard Act no tienen esa necesidad desesperada de aparentar importancia que afecta a tantas bandas. Smith no canta sus canciones, las escupe, las lanza contra el público como una conversación incómoda en una mesa de Navidad. Y camina de un lado a otro con la energía de un predicador que ha perdido la fe pero sigue disfrutando del sermón. “¿Quién es de Barcelona? ¿Quién es catalán? ¿Quién viene del resto de España? ¿Quién viene de cualquier otra parte?”. La gente responde. Él sonríe. Dice que “no importa una mierda”. Y durante un instante tiene toda la razón. Parte del concierto consistió en observar cómo Yard Act intentaban reducir la distancia con el público porque el escenario está diseñado para artistas mucho más obvios. Lo consiguieron a ratos. Sobre todo cuando sonó “Tall Tales” y “You’re Gonna Need A Little Music”; ahí el público ya era suyo. Cuando terminaron, la sensación fue rara. Yard Act dieron un buen concierto, muy bueno por momentos, pero también confirmaron algo que muchos sospechábamos: su hábitat sigue siendo una sala abarrotada. Algunas bandas nacieron para llenar estadios y otras para hacerte sentir incómodo a dos metros de distancia. Laia Marsal