¿Quién apostaba por más de un cuarto de siglo de Gorillaz? En el principio solo parecía un (efectivo, atractivo) divertimento: un matrimonio de animación y música en el que la primera correría a cargo del historietista Jamie Hewlett (padre, con Alan Martin, del querido personaje Tank Girl) y la segunda sería cosa de Damon Albarn, claramente con ganas de combinar el pop con géneros que tenían difícil encaje en Blur, como hip y trip hop, electro, reggae o dub; en otras palabras, de sonar menos a The Beatles que al McCartney groovy de “Check My Machine”.
La atención al detalle, eso hay que decirlo, apuntaba grandes ambiciones. A principios de los dos mil vimos desplegarse el mundo Gorillaz no solo en vídeos musicales, sino también en una página web en forma de tour por los ficticios estudios del grupo, alguna (fallida) aparición holográfica, una autobiografía ilustrada o conciertos llenos de visuales que, en un primer momento, escondían a los músicos, pero que ya en la residencia inmortalizada en el DVD “Demon Days. Live At The Manchester Opera House” (Parlophone, 2006) mostraban a la banda silueteada.
Con el paso del tiempo, los miembros animados irían siendo menos importantes; desde 2010 se puede ver al grupo perfectamente sobre el escenario. Gorillaz se convirtió en, sobre todo, ese proyecto en el que Damon Albarn se entretenía probando estilos y jugando con nuevos amigos. Pero el espíritu lúdico ni siquiera era la única opción: hay una clara continuidad entre el melancólico “Everyday Robots”, editado por Albarn a su nombre en 2014, y un disco tan reflexivo como “The Now Now” (Parlophone, 2018), que incluía la preciosa “Fire Flies”, aquella del “I got drunk, I’m sorry / Am I losing you?”.
El triste pero luminoso “The Mountain” (Kong, 2026) empezó en Belgrado, donde Jamie Hewlett supo que su suegra había entrado en coma en Jaipur. A pesar de la situación, se enamoró del lugar y convenció a Albarn para ir allí y hacer algo, absorber la cultura, trabajar con sus músicos. El álbum está marcado anímicamente, sobre todo, por la muerte de los padres de ambos líderes del grupo, primero el de Albarn y, solo diez días después, el de Hewlett. “Cuando era pequeño, mis padres ponían cosas como Ravi Shankar y ragas aún más tradicionales”, ha contado Albarn. “Esa fue la banda sonora de mi infancia, más que The Beatles. Curiosamente, solo me metí en The Beatles cuando conocí a Graham Coxon (el guitarrista de Blur). Así que hay una extraña conexión entre la muerte de mi padre y la India y la música”.
En el tema inicial, principal y titular del disco, con una bellísima melodía que Albarn tomó medio prestada de un violinista apostado en el Fuerte Amber, brillan la flauta de Ajay Prasanna y el sitar de Anoushka Shankar (hija del citado Ravi), sonidos celestiales que reaparecen durante el álbum y lo definen. Para “The Plastic Guru” y “The Manifesto” se hicieron con los servicios de un coro de Mumbai que trabaja en Bollywood; en la segunda, además, participa la banda de bodas JEA Band, con la que grabaron en el casco antiguo de Jaipur mientras “monos astutos trataban de robar cosas”, según ha explicado Hewlett. “Cuando algo funciona, es porque nos hemos visto envueltos en alguna clase de aventura loca”, apunta Albarn.
Pero “The Mountain” recorre tantos paisajes musicales y geográficos, tantos continentes, que podríamos estar hablando del disco más global de Gorillaz. El sitar de Shankar comparte espacio con la voz soul de Kara Jackson y una fanfarria de narcocorrido en “Orange County”. Sparks animan con su clásica euforia “The Happy Dictator”, en la que Albarn exploró sus impresiones durante un viaje a Turkmenistán con su hija: “Esa idea de que no haya malas noticias –ni en los periódicos ni la televisión– para que la gente pueda dormir mejor de noche. Me pareció extrañamente encantador. Quitarle a todo el mundo su libertad para que duerma bien”.
“The Mountain” es un disco optimista sobre la muerte, uno que nos recuerda, tanto en su estructura –el tema inicial y el final ligados por la misma melodía– como en sus letras y conceptos, que nada ni nadie acaba nunca. Solo estamos en un ciclo continuo de nacimiento, muerte y renacimiento, o eso es bonito pensar. Tiene sentido que Gorillaz den nueva vida a voces que grabaron en otros tiempos a artistas ya fallecidos: grandes como Bobby Womack, Trugoy the Dove, Proof, Lou Reed o Tony Allen, al que oímos decir “me preocupa olvidar”. Se trata de hacer las paces con la muerte y las ausencias.

Albarn empezó produciéndolo a solas, pero acabó invitando a Dan The Automator, al que acababa de ayudar en el supergrupo hip hop Deltron 3030. Los hits como “Tomorrow Comes Today” o “Clint Eastwood” son rotundos pero aún escasos en un disco muy tentativo en comparación con todo lo que vino después. Completado con la colección de caras-B “G-Sides” (Parlophone, 2001) y el disco de remezclas dub “Laika Come Home” (Capitol-EMI, 2002), grabado con otro grupo virtual, Spacemonkeyz.

“Demon Days”, infinitamente superior al anterior, gracias a la gran química entre Albarn y el nuevo copiloto Danger Mouse. Entre sus asombrosos singles, “Feel Good Inc.”, con De La Soul, inicio de una colaboración que daría otros tres temas de Gorillaz y uno de los propios hippies del hip hop; “Dare”, con Shaun Ryder, que tuvo enorme remezcla de DFA, o la doble cara A con “Kids With Guns” y “El mañana”, que tuvo revisión (abrasiva) de Metronomy. Hubo “D-Sides” (Parlophone, 2007).

Esta vez sin copiloto, Albarn insiste musicalmente en el synthpop, con el énfasis puesto en el pop, en las melodías más concretas; tremendas la de “Rhinestone Eyes” (misteriosamente no lanzada oficialmente como single), “On Melancholy Hill” o, claro, “Stylo”, gran encuentro electro de Bobby Womack y Mos Def. Cargado de espíritu ecologista, habla de una isla secreta del Pacífico Sur hecha de todos los residuos de los que nos desprendemos alegremente.

Así es, hubo dos discos de Gorillaz en un mismo año. Albarn se sirvió de, básicamente, un iPad para dar forma a un diario musical de la parte estadounidense de la gira de “Plastic Beach”. Y como los buenos diarios, es directo, crudo: los cortes aparecen tal y como estaban el día que fueron compuestos y grabados, sin producción adicional ni overdubs. Pero no quedó lo bastante bien, al parecer, como para ser incluido en el cofre “G Collection” (Parlophone, 2021).

Tras sus diferencias en “Plastic Beach”, en las que las canciones fueron más importantes que los vídeos musicales, Albarn y Hewlett separaron sus caminos por un tiempo, bastante tiempo. En 2014 decidieron volver a intentarlo y, aliados con The Twilite Tone y Remi Kabaka Jr (a la larga, tercer miembro de Gorillaz), se marcaron su disco de sensibilidad más hip hop y R&B hasta la fecha. Invitados de lujo, para variar: Vince Staples, Pusha T, Danny Brown, etc.

Como “The Fall”, un diario musical compuesto en mitad de una gira por Estados Unidos, pero con muchos más matices y deliciosas melodías con mucho de new wave de los ochenta. Hay grandes momentos rurales, como “Idaho”, y otros más callejeros y de Costa Oeste, como la hip hop “Hollywood”, con Jamie Principle y Snoop Dogg, dos de los bastante pocos invitados del repertorio. Disco “de verano”, dijo Albarn, aunque a veces, como en “Fire Flies”, pudiera deslizarse hacia el otoño.

Recopilatorio de la primera (y finalmente, única) temporada de “Song Machine”, una webserie musical y colección de singles de periodicidad mensual. En su día, los invitados no se sabían de antemano; solo estaba claro que serían interesantes. Se unieron al proyecto slowthai, Fatoumata Diawara, Peter Hook, Georgia, Tony Allen, Skepta, Octavian, Schoolboy Q (en un homenaje al videojuego “Pac-Man” en su 40º aniversario), Robert Smith o Beck.

Del trabajo hecho y las conexiones buscadas para la nunca realizada segunda temporada de “Song Machine” acabó surgiendo este álbum breve y efectivo, de temas muy pop grabados en su mayoría con el hitmaker Greg Kurstin en Los Ángeles. Albarn demostró a su hija que era un padre guay grabando con Bad Bunny la estupenda “Tormenta”, una estrella más en el firmamento completado por Thundercat, Tame Impala o la mismísima Stevie Nicks.

Según dijo Albarn, “Cracker Island” iba a ser un disco influido por Latinoamérica, una idea que se extiende a “The Mountain”, en el que participan Trueno o Bizarrap y a punto estuvo de hacerlo Peso Pluma. Pero más importante aún es el influjo de la India, tanto de sus instrumentos y melodías como de su espiritualidad. “Lo más difícil del mundo es decir adiós a alguien a quien quieres”, canta Albarn en “The Hardest Thing” y “Orange County”, dos aciertos de un disco sobre vivir el duelo con luz. ∎