Romy: la magnífica resurrección de The xx. Foto: Óscar García
Romy: la magnífica resurrección de The xx. Foto: Óscar García

Festival

Primavera Sound (6 de junio /y 2): volverte a ver

La última noche de Primavera Sound en el Fòrum permitió sellar esperadísimos rencuentros con The xx y My Bloody Valentine, rendirse a la liturgia comunitaria de Gorillaz, vibrar con los insumisos KNEECAP. También fue una velada propicia para los amantes del punk más aguerrido gracias a Touché Amoré y, sobre todo, Knocked Loose, que certificaron la permanencia del guitarreo frente a hypes que no siempre confirman la supuesta valía que se les atribuye.

Dijon

La música de Dijon puede verse como una especie de R&B deconstruido, lo-fi de producción densa. Pero su puesta en escena en el escenario Cupra parecía más de bien rock progresivo electrónico: mesas de mezclas, sintetizadores, cajas de ritmos, batería, guitarra, bajo, coros… una gran banda con la que ensambló quince temas de atmósferas tan acogedoras como contundentes, jugando con ese contraste de melodías y armonías cálidas sobre bases ásperas (“Fire”), efectos y reverbs. Suelen compararlo con Frank Ocean, Prince, Bon Iver o D’Angelo. En realidad se va transformando, a veces más aterciopelado (“Kindlove”), otras evocando los ochenta (“Yamaha”), más seductor (“Baby!”) o desgarrado, indie pop (“Dress”) o experimental (“Many Times”), uniendo lo viejo y lo nuevo. Esta noche prevaleció Prince, en su versión menos funk y más romántica y llena de soul, aunque con cierre de aspiración góspel. Susana Funes

Baile funk con Dijon. Foto: Rosario López
Baile funk con Dijon. Foto: Rosario López

Gorillaz

Lo de Gorillaz no fue un concierto. Fue un viaje y racconto. El sonido del sitar y las tablas de la canción “The Mountain” perfilaron la atmósfera –tras un breve parlamento de Arab Barghouti, hijo del preso palestino encarcelado Marwan Barghouti–, marcada –aunque no limitada– por su último álbum, inspirado a partes iguales por una visita a la India y el fallecimiento de los padres de Damon Albarn y Jamie Hewlett. Siete temas nos sumergieron en esa exploración de la vida, la muerte, el trayecto y el devenir posterior, intercalando otras trece canciones de sus 25 años de trayectoria. Magnético maestro de ceremonias, Albarn se movía más bien sobre el escenario Estrella Damm discretamente entre el piano, el micrófono, la guitarra acústica, algún intercambio con el público y las sombras, dejando el protagonismo a las visuales y aventuras de Noodle, 2D, Murdoch y Russel Hobbs, así como al tropel de invitados marca de la casa, tanto en samples y pantallas como en directo. Conmovedor sonó el dúo de Kara Jackson y Albarn en “Orange County”, con su estribillo “sabes que lo más difícil es decir adiós a alguien que amas”; Yasiin Bey (Mos Def) y la poderosa presencia virtual de Bobby Womack reavivaron “Stylo”; Sparks acompañaron en vídeo la divertida sátira de “The Happy Dictator”; Little Simz se unió por primera vez al tour con “Garage Palace”; el rapero Bootie Brown caldeó las masas para “Dirty Harry” y la explosión llegó con Posdnuos de De La Soul en “Feel Good Inc”. La coronación y cierre fue “Clint Eastwood”, con una introducción a dúo con el flautista clásico indio Ajay Prasanna. La maravilla de Gorillaz y su The Mountain Tour es que no se quedan en el legado: lo reinventan en tiempo real. Susana Funes

La montaña sagrada de Gorillaz. Foto: Óscar García
La montaña sagrada de Gorillaz. Foto: Óscar García

KNEECAP

El controvertido trío irlandés nos presentó en el escenario Occident diversos cortes de su flamante “FENIAN” (2026) así como algunos de sus clásicos: “Get Your Brits Out” o “Better Way To Live” con el invitado de lujo Grian Chatten (Fontaines D.C.), que los fans de las primeras filas se sabían al dedillo. Su música no es precisamente intrincada ni sutil: el hip hop duro con aperturas al techno y el grime de cortes como la extrañamente pegadiza “Smugglers & Scholars” o la muy bailable “Big Bad Mo” podría parecer machacante y facilón a primera vista, pero resultó idóneo para las tres de la mañana del último día del festival: fin de fiesta multitudinario para muchos. Tampoco deberíamos pasar por alto la relajada pero potente presencia escénica y dones interpretativos de los engorrados Mo Chara y Móglaí Bap, quien se subió sobre la mesa de mezclas en “An Ra”, ya fueran sus flows por separado como sus encuentros al micrófono. DJ Próvaí, por su parte, bajó en repetidas ocasiones de su plataforma para animar a los espectadores acumulados en los extremos del escenario. Hubo saltos, desfachatez y guasa, pero tratándose de KNEECAP, no podía faltar el componente activista y político: después de interpretar “Palestine” ante imágenes de Gaza acompañándose del rapero árabe Fawzi, invitaron al escenario al hijo de Marwan Barghouti, político palestino que lleva 24 años encerrado en una celda del estado de Israel, quien trazó un paralelismo entre la ocupación de su país con la de Irlanda, resultando en cánticos generalizados de “free, free Palestine” entre el público. Por último, encontraron un momento para celebrar su identidad cultural: después de interpretar la rave carcelaria “No Comment”, sobre la persecución política sufrida por Mo Chara, reflexionaron sobre cómo su decisión de abrazar el idioma irlandés les abrió puertas en vez de cerrarlas, discurso que salpicaron con algunos “puta España” y “visca Catalunya”, exclamaciones que, bromearon, estaban estipuladas en su contrato. Xavier Gaillard

La lucha necesaria de KNEECAP. Foto: Òscar Giralt
La lucha necesaria de KNEECAP. Foto: Òscar Giralt

Knocked Loose

A mitad de su concierto en el Cupra, bajo una enorme cruz iluminada, Bryan Garris, cantante del grupo de Kentucky, exclamó que querían ser “el puto grupo más bestia de todo este festival”. Y probablemente lo consiguieron: desde el comienzo con “Blinding Faith”, demencial fue la sesión matemática de blast beats y breakdowns, aceleraciones y ralentizaciones, gritos agudísimos alternándose con gruñidos guturales (“Don’t Reach For Me”) y riffs castigadores (mención especial para la zurra “Belleville”). Sí, es difícil diferenciar entre algunas de las canciones de Knocked Loose, pero se trata de una banda increíblemente entretenida cuya precisión técnica es digna de un reloj suizo, en gran parte gracias a la exactitud rítmica del batería Kevin Kaine (con razón situado en un pedestal), que además brilló en piezas particularmente percusivas (las catacumbas de “Take Me Home”). Se ayudaron también de una original disposición escénica, una hilera industrial de LED de color variable que, ubicada detrás de los músicos, los convertía en oscuras siluetas. Cuando no estaba chillando al micrófono o marcándose slam dances él solito, Garris no dejaba de insistir en que el público debía volverse “loco”. Este, hambriento de metalcore a las dos de la madrugada, obedeció: el espacio frente al escenario devino zona de guerra, con vasos voladores, cuerpos sudorosos chocando o discurriendo en horizontal sobre otros cuerpos, un par de circle pits de dimensiones épicas e incluso un individuo que fue transportado de pie por encima de las cabezas. Xavier Gaillard

Señores del metal: Bryan Garris al frente Knocked Loose. Foto: Óscar Giralt
Señores del metal: Bryan Garris al frente Knocked Loose. Foto: Óscar Giralt

Lambrini Girls

El combo de Brighton, las riot grrrl de nuestra generación, irrumpió en el escenario Port con un único objetivo: hacer que todos los presentes acabaran revolcándose en un charco de sudor y cerveza. Ya desde el minuto uno, la líder Phoebe Lunny, vestida para la ocasión con una llamativa corbata, ordenó al público que estallara en pogos porque, ¿qué necesidad había de calentar? No hay mucho que decir de las canciones como “No Homo” o “Help Me, I’m Gay”: suciedad guitarrera, griterío a ratos incomprensible, bajo distorsionado y batería punk tribal, algo cuyo diseño esencial y buscado es primitivo y poco ambicioso pero que, dada su fogosa actitud, entra como un tiro. Es curioso que una de las músicas más gamberras y anti-intelectuales –en sentido nada peyorativo– del festival viniera acompañada de algunos de los discursos más ferozmente políticos: antes de “God’s Country”, se cagaron en el gobierno británico, la ultraderecha y la pasividad europea ante el genocidio en Palestina; reivindicaron los derechos trans e hicieron al público exclamar “fuck fascism” durante la destartalada “Craig David”, en la que Lunny intentó crear el mosh pit más grande de la historia del festival, generando una memorable estampa visual. Aunque la mayoría de sus corrosivas artimañas performativas eran recicladas de sus incendiarios bolos de la pasada edición, restándole factor sorpresa al asunto, no dejó de ser un show divertido que remataron simpáticamente con la sesión de bailoteos “Cuntology 101”, ornamentada con enormes bolas hinchables. Xavier Gaillard

En la cara y en el frente: Lambrini Girls. Foto: Òscar Giralt
En la cara y en el frente: Lambrini Girls. Foto: Òscar Giralt

Marina

El show de la galesa Marina se enmarca en la gira de su último disco “Princess Of Power” (2025), publicado hace exactamente un año y que propone una historia de empoderamiento femenino representado a través de un videojuego retro dividido en seis niveles, de los que solo presentó dos en el escenario Occident: Starfield y The Cocoon, aunque con trece canciones. Más contenida que en otros conciertos, la solista controló el escenario a voluntad con su oficio y su encanto natural. Asimismo, manejó sin problemas las complejidades vocales de cortes como “Man’s World” y “Metallic Stallion”, canción que además fue precedida por una versión del “Hung Up” de Madonna. Con todo, éxitos como “Bubblegum Bitch”, “Cuntissimo” y “Primadonna” deleitaron al público, sobre todo LGTBIQ+, que saltó, bailó y coreó cada uno de ellos. Daniel P. García

Princesa Marina. Foto: Christian Bertrand
Princesa Marina. Foto: Christian Bertrand

My Bloody Valentine

Pocas bandas han definido un género con tanta autoridad como My Bloody Valentine. En su regreso al Primavera Sound, el grupo liderado por Kevin Shields volvió a demostrar por qué sigue siendo una referencia absoluta del shoegaze. Sobre el escenario Estrella Damm desplegó un inmenso muro de sonido donde la distorsión, el ruido y la melodía convivieron en perfecto equilibrio, envolviendo al público en una experiencia tan física como hipnótica. La apertura con “Only Shallow” marcó el tono de una actuación que apenas necesitó palabras. Los irlandeses dejaron que fueran las guitarras y las capas de feedback las que hablaran. El apartado visual amplificó la experiencia. Las pantallas proyectaban paisajes teñidos de rosas, violetas y azules eléctricos que evocaban pinturas impresionistas en movimiento. Caminos infinitos, jardines irreales, cielos cósmicos y caballos fantasmales aparecían y desaparecían en un flujo constante de imágenes oníricas que encajaban a la perfección con el carácter soñador de la música. El concierto alcanzó su punto culminante con un apoteósico “You Made Me Realise”. Su legendario tramo final de ruido convirtió el recinto en una experiencia inmersiva donde el sonido podía sentirse dentro tanto como escucharse. Más que un concierto, My Bloody Valentine ofrecieron una demostración de por qué siguen siendo un género en sí mismos. Laia Marsal

Polvo ruidista: Bilinda Butcher, muy My Bloody Valentine. Foto: Sergio Albert
Polvo ruidista: Bilinda Butcher, muy My Bloody Valentine. Foto: Sergio Albert

Ninajirachi

¿Podrá el hype con el Primavera Sound? A lo largo del fin de semana, ha habido varios conciertos en los que se han notado, más que en otras ediciones, los efectos de esas psy-ops musicales de las que hablaba Eliza McLamb en su famoso post de Substack: si hay alguna moda viral, allá que van las hordas de guiris de cabeza para poder decir que han estado ahí. Ha pasado con Geese y con Cameron Winter, hypeados de más pese a ser ambos proyectos excelentes y, por tanto, completamente desbordadas sus presentaciones. También con PinkPhanteress… y con Ninajirachi. La australiana convocó en el escenario Port una cantidad prácticamente inmanejable de público, que se desbordaba por todos los costados del lugar, lo que dificultó enormemente la visibilidad y lastró el sonido. Cerca sí podía sentir uno lo que significó para muchas la última fiesta del Primavera Sound, bajo la tormenta de bombos hardcore y de maximalismo post-ravero. En cuanto al concierto, no es exactamente un concierto, ni un live, sino más bien un DJ set bastante zapatillero en el que va intercalando sus propias canciones, los éxitos más reconocibles de “I Love My Computer” (2025), su hiperestimulante debut: la pólvora de “Infohazard”; el subidón constante de una “Fuck My Computer” apenas reconocible, desplegada a lo bestia. Sistep con devoción por el Skrillex pre-redención, por Porter Robinson o por colegas australianas también ultraenérgicas como Alison Wonderland, por el Red Bull y por el gabber-pop. Un poco pasado de vueltas, la verdad, y realmente decepcionante para tanto hype. Al final, después de demasiada matraca, por lo menos quedó una versión limpia –y no por ello menos divertida– de “iPod Touch”. Diego Rubio

Ninajirachi, todo al hype. Foto: Òscar Giralt
Ninajirachi, todo al hype. Foto: Òscar Giralt

Olivia Rodrigo

Ese lenguaje hooligan que a veces nos atraviesa a tantos hizo que Gabi Ruiz –director del festival– vendiera la actuación sorpresa de esta edición del Primavera Sound como “un Haaland”, tirando del hilo de la esperpéntica campaña presidencial merengue. Porras abiertas, pues. ¿Qué artista en la actualidad podía adaptarse a dicha comparación y encajar en el estilo de juego del festival? Varios ojeadores apuntaron hacia Fontaines D.C., mientras Charli XCX se antojaba como el fichaje que haría la portera de Nuñez. Tanto los irlandeses como la británica han sido vistos estos días en la Ciudad Condal –Grian Chatten terminaría siendo invitado al bolo de KNEECAP–, pero la tapada era una no menos estelar Olivia Rodrigo. Tras su paso por el Teatre Grec de Barcelona hace justo un mes, parece que la estadounidense le ha pillado el gusto a esta ciudad –en mayo del año que viene volverá para afrontar cuatro conciertos en el Palau Sant Jordi–. Quizá solo fue una alineación de los astros, con ese show impulsado por Spotify y el Barça tendiendo un puente de Montjuïc al Fòrum, o el hecho de que un par de días antes, Geese, la banda de su actual pareja Cameron Winter, actuara en el mismo escenario en el que ella saltó ayer, el Occident –el ganso no la pudo ver, ya había volado de vuelta a Nueva York–. Pero, sobre todo, la maniobra parecía responder a la necesidad de la propia Rodrigo de calentar motores para el lanzamiento de su tercer álbum, “you seem pretty sad for a girl so in love”, que saldrá este próximo viernes, y de, fundamentalmente, aprovechar la presencia de Robert Smith en el festival. Los arrolladores tres cuartos de hora de concierto fueron pura catarsis pop-punk similar a la vista en el Grec, pero adaptando la cercanía y el divertimento que ofrecía ese marco a una versión del mismo repertorio un poco más controlada, menos libre –el outfit también fue más “conservador”, dejando en el perchero ese vestido de babydoll que tanta absurda controversia ha causado–. Pero ese despliegue quedó irremediablemente eclipsado por el momento en que el líder de The Cure salió a cantar con ella “what’s wrong with me”, una colaboración, la primera de toda la carrera de Rodrigo, que ayer revelaron en primicia. Y no, no es que a sus 23 años Olivia, antigua chica Disney con tracción tiktokera, necesite el apadrinamiento de un pope del rock como Smith o el marchamo de calidad del Primavera, pero golazos como los de anoche –por permitirnos una última metáfora futbolera– sin duda ayudan a seguir alimentando un relato con el que –entre guiños riot grrrl (el rabioso grito de all american-bitch”), baladas a piano con explosión eléctrica (los colmillos de la infalible “vampire”, la desazón de “drivers license”), una vena melódica que desubica a Billie Eilish en el Seattle de los noventa (“good 4 u”) o ese teen angst que empieza a dar paso a un desencanto más adulto (“the cure”)– creer en ella como esa estrella pop cercana y honesta, nada diva, nada rara, que todos querríamos en nuestro equipo. Anton Casas

Inesperado y disfrutable: Olivia Rodrigo. Foto: Rosario López
Inesperado y disfrutable: Olivia Rodrigo. Foto: Rosario López

Peggy Gou

La surcoreana tenía la difícil misión de cerrar el Primavera Sound, un slot que, desde que lo abandonara DJ Coco, parece un poco maldito. Y, visto lo visto, de momento sigue siendo así. Primero, porque estaba hasta la bandera, probablemente haya sido uno de los cierres más multitudinarios de la historia del festival: había ganas y energía después del jarro de agua fría que muchos se llevaron el jueves. Segundo, porque estaba bajo. Y tercero, porque Peggy Gou no estuvo a la altura ni de los tópicos del escenario Cupra ni de lo que debería exigir un momento como este. House de subidón fácil, temas pinchados y enlazados sin alma, momentos un poco más deep y mucho postureo de postal. Sinceramente, ojalá le hubiera tocado cerrar a Yousuke Yukimatsu, que el jueves sentó cátedra demostrando cómo se debe clausurar un Primavera Sound. Diego Rubio

Peggy Gou, en zona de confort. Foto: Òscar Giralt
Peggy Gou, en zona de confort. Foto: Òscar Giralt

rusowsky

“Me han puesto el bolo a la hora de la siesta, pero todos conmigo”, exhortaba rusowsky al publico antes de instalarse en una actitud autoexculpatoria que venía a decir “muchas cosas están saliendo mal en este concierto, pero no es mi culpa”. Y es verdad que hubieron cosas que escaparon a su control (el sonido se cayó en mitad de la actuación en el Cupra), pero también hay decisiones que recaían sobre sus hombros, como un setlist que fue incapaz de construir las bases de un flow sobre el que pudiéramos subirnos para cabalgar la sucesión de temazos. Porque eso es lo malo: que los temazos –igual que la aparición estelar de Ralphie Choo y un divertido espectáculo basado en una cohorte de clones desperdigados por el escenario– estaban ahí, pero dispuestos con una coherencia tan fragmentada y a trompicones que, a mitad del show, abandonaron los que decidieron volar hacia otros conciertos. Raül de Tena

rusowsky se transforma. Foto: Òscar Giralt
rusowsky se transforma. Foto: Òscar Giralt

Shackleton

A la una de la madrugada, The Levi’s Warehouse dejó de parecer un escenario de festival para convertirse en un espacio de trance colectivo. Shackleton, figura de culto de la electrónica británica y fundador del sello Skull Disco, ofreció una sesión tan hipnótica como inclasificable. Lejos de los patrones previsibles de la música de club, construyó un entramado de percusiones repetitivas y obsesivas, polirritmias cambiantes y graves profundos que parecían llegar desde algún lugar indeterminado entre lo ancestral y lo futurista. Sam Shackleton mezcla ambient, techno y músicas tradicionales de distintos rincones del mundo, tejiendo un paisaje sonoro oscuro y psicodélico que logró una inmersión total del público. Durante algo más de una hora, el productor afincado en Berlín transformó el ritmo en una experiencia multicultural. Además, presentó temas de su reciente álbum “Euphoria Bound”, como “Elemental Dream” y “Philistine Wavelength”, que crearon en el público una sensación de ritual difícil de escapar. Laia Marsal

El ritual de Sam Shackleton. Foto: Òscar Giralt
El ritual de Sam Shackleton. Foto: Òscar Giralt

The xx

A lo mejor voy a meterme en un jardín un poco extraño pero, aunque sea por mera curiosidad, te animo a que me sigas un poquito más… La cuestión es que me he pasado absolutamente todo el concierto de The xx en este Primavera Sound 2026 pensando que lo de este trío ha acabado trascendiendo la música para convertirse en religión. Ya, lo sé, suena extraño, pero las señales están ahí. Lo primero de todo es la capacidad de la banda para la sacralidad: no se me ocurre ningún otro grupo capaz de hacer que una colosal masa de público se mantenga en el silencio sepulcral que exige el oficio de la liturgia. De lo segundo me doy cuenta cuando tras la segunda canción, “Angels”, varios conjuntos de amigos a mi alrededor se funden en abrazos grupales similares al de ese momento de la misa en el que te toca abrazar al prójimo. Y luego está la iconografía, claro: esa X que desata una catarsis colectiva al descender por vez primera desde el techo del escenario y que, a partir de entonces, gravita por encima de las cabezas de la banda creando momentos de iluminación dramática. Dicho de otra forma: lo de The xx es una misa y, como tal, exige asistencia devota. La banda llevaba ocho años sin tocar, pero su actuación en el escenario Revolut se sentía como una vuelta a casa, porque por el festival ya habían pasado en 2010, 2012 y 2017. Esta vez, sin embargo, no venían para presentar nada en concreto, por mucho que los rumores de nuevo disco sean insistentes, sino que se lanzaron un repaso a sus carreras juntos y por separado en el que se sintió que ellos también estaban volviendo a casa, rencontrándose, fundiéndose en un abrazo grupal que acabaron formalizando tras echar el cierre. Antes, nos regalaron una masterclass en economía de sonido, demostrando que los silencios son el instrumento más preciado para hacer brillar los distintos elementos de las canciones, que se sucedieron en una progresión pluscuamperfecta desde la nocturnidad cálida de sus temas más reposados hacia un grand finale digno de horario de club. Con un poquito de suerte, la próxima misa será para presentar nuevo disco. Raül de Tena

The xx: el brillo de Romy. Foto: Óscar García
The xx: el brillo de Romy. Foto: Óscar García

Touché Amoré

La banda de post-hardcore reunió en el escenario Schwarzkopf a una nutrida parroquia que sabía perfectamente lo que iba a ver. En el arranque de “Flowers And You”, esa bonita introducción con guitarras al estilo The Police que se convierte en el tupa-tupa hardcore, se montó un mosh pit vigoroso pero la mar de tierno y amable. Como su música, vaya. Con una puesta en escena sobria, los veteranos de Los Ángeles –su primer disco es de 2009, “... To The Beat Of A Dead Horse” – desplegaron un repertorio de canciones absurdamente vigorosas, una locomotora a máximo rendimiento desplazándose sobre raíles de guitarras limpias, sonoridades pop de lo más enganchadoras con el retumbar del gruñido cavernoso emo de fondo. El concierto avanzó como una exhalación de catarsis sentimentales en píldoras de dos minutos, canciones de estructura simétrica y letras llenas de culpabilidad y masculinidad vulnerable a flor de piel. Punk serio y políticamente correctísimo, pero de fórmula extremadamente definida. Ricard Martín

Combinado post-hardcore de veteranos: Jeremy Bolm, voz de Touché Amoré. Foto: Marina Tomàs
Combinado post-hardcore de veteranos: Jeremy Bolm, voz de Touché Amoré. Foto: Marina Tomàs
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