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Firma invitada / Sputnik V

Relicarios

Dirty Three, el trío australiano en el que milita Warren Ellis, tocó en el Élysée Montmartre de París el 14 de diciembre de 2025. Allí fue una entusiasta Mariana Enriquez, fan incondicional del violinista y multinstrumentista Ellis, a su vez compañero de Nick Cave en los Bad Seeds y en formato dúo. La escritora argentina nos explica en esta columna su experiencia en el concierto y nos transmite su pasión y el fetichismo que rodea el rock. 

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n 1999, Nick Cave fue curador del festival de Meltdown, que se hace todos los años en Londres, con sedes como el Royal Albert Hall. Una de las artistas invitadas entonces fue Nina Simone. La leyenda, la gran malhumorada, la doctora, la dañada, la sacerdota, la revolucionaria. Cave quedó tan impresionado ante su presencia que se sacó una rarísima foto con anteojos y ninguno en la producción supo qué hacer cuando ella pidió cocaína y salchichas en el camarín. Nina tenía ya dificultades para deambular, y su presencia en el festival pendió de un hilo hasta que finalmente se sentó al piano, los ojos maquillados de ardiente dorado y el vestido blanco. Todas sus limitaciones se desvanecieron cuando empezó a tocar y el público le respondió agradecido, desvariando. Tal fue el éxtasis que Warren Ellis, violinista de Dirty Three, una de las bandas invitadas, se subió al escenario y despegó del Steinway el chicle que Nina Simone se había sacado de la boca justo antes de empezar el show.

Lo guardó envuelto en diferentes telas, sobre todo toallas, como si se tratara de una parte de Nina –que de alguna manera lo era– y de un testimonio del poder de la música en vivo, un recuerdo del ritual. Poco antes de la pandemia, Nick Cave le pidió el chicle para mostrarlo en una exhibición, donde estuvo expuesto en un pedestal de mármol, con control de temperatura y tras un vidrio protector. Ellis se sintió el custodio de un objeto sagrado y fue consciente de que podría perderse si él no estaba para cuidarlo, así que después de investigar le encargó la tarea de inmortalizarlo en otro formato a la joyera Hannah Upritchard, que con inmensa paciencia y delicadeza convirtió al chicle en una alhaja. Después se siguió reproduciendo gracias al molde: dijes, anillos, esculturas, piezas de piedra y mármol.

Toda la historia está contada en el libro “El chicle de Nina Simone”, que, además, es una reflexión sobre nuestra relación con los objetos íntimos, esas cosas que seguirán ahí cuando hayamos muerto, esos trozos de mundo que guardan nuestro afecto pero no pueden decirlo.

La historia no termina ahí. Entre la pandemia y el libro, Warren Ellis sintió la necesidad de hacer algo, una inquietud imprecisa relacionada con el giro inesperado y suertudo de su propia vida: de chico provinciano en Australia a músico prestigioso, compositor de bandas sonoras, miembro de Dirty Three y los Bad Seeds, ladero de Nick Cave, colaborador de Marianne Faithfull, Cat Power, Low, Tinariwen y The 1975. Un amigo le sugirió que hablara con Femke Dem Haas, una rescatista y activista contra el tráfico de animales basada en Sumatra, Indonesia, que llevaba más de quince años trabajando casi sin ayuda. Se conocieron por Zoom. Warren confió en ella enseguida y compró una parcela de tierra para que Femke y sus colaboradores tuvieran espacio para montar el santuario y el centro de rehabilitación para los animales víctimas de tráfico y violencia.

La historia no termina ahí. Por muchas razones, Warren Ellis no fue a conocer su parque y entonces su amigo Justin Kurzel, el director de “Snowtown” (2011), “Nitram” (2021) y “The Order” (2024), le propuso hacer un documental. El resultado es extraño, una película que va tomando narrativa y sentido mientras se hace, con un montaje técnicamente prolijo pero libre en contar, sin subrayados, sin titulares que digan Infancia, Formación Musical, Primeros Años, sino paseos por el pueblo de Ballarat, en el estado de Victoria, Warren en la iglesia de la infancia, en el teatro del barrio, tocando el violín en el parque que lo inspiraba, en su estudio y con sus padres. A ellos, en la modesta casa de la infancia, les lleva una reproducción pequeña del chicle, una joyita. El padre está enfermo de cáncer. La madre tiene demencia. La visita no es solo el lugar común del hijo crecido y exitoso que vuelve a casa de los padres ancianos. La visita es más real y más oscura. La madre, antes de la demencia, fue una mujer violenta que golpeaba a sus hijos y a su marido. El padre, músico de country & western, abandonó la música y sus sueños para cuidar a su familia disfuncional, para proteger a su mujer enferma y sus hijos vulnerables. Y Warren se enfrenta al trauma y se da cuenta de todas las dimensiones de lo que significa cuidar del otro cuando viaja a Sumatra y conoce a Rina, la mona que cuando estuvo secuestrada se comió sus propios brazos –su captor le pasaba gasolina en las heridas– y que sobrevivió y vive mutilada pero feliz en una de las jaulas. La historia está mejor contada en “Ellis Park”, el documental, que está online en Filmin, pero lo que se decidió dejar fuera de cámara es el evento que parte al medio el documental: después de la visita a los padres y a Sumatra, Warren Ellis tuvo una crisis psicológica que duró seis meses, y de la que salió con antidepresivos y terapia. Una vez recuperado, rodó las partes musicales, en el estudio y en vivo. Ellis no volvió a ver la película entera, ni siquiera para presentarla en festivales.

“Ellis Park” se estrenó en 2025 en Australia y la vi en una pequeña sala del cine State Theatre de Hobart, la capital de Tasmania, donde vivo. Éramos cuatro personas en el cine. Dirty Three no es una banda famosa en su tierra natal, la gente no se agolpa en las salas para ver a Warren Ellis. Tiene sus fans, su público, su prestigio, por supuesto. Sus fieles, entre los que me cuento, saben que ese hombre con algo de chamán, t-shirts de AC/DC y aspecto de staretz borracho es un genio. Dirty Three se formó en Melbourne en 1992, en una cocina, nadie sabe bien cuándo, y nació instrumental: Mick Turner, Jim White, Warren Ellis, un trío virtuoso y sucio. Fue bastante tarde en los noventa cuando la banda salió de Australia y de la mano de Nick Cave & The Bad Seeds. Warren venía tocando en discos exitosos de la banda como “Murder Ballads” (1996), pero se unió en “The Boatman’s Call” (1997), el crossover, el disco de “Into My Arms”, el “Hallelujah” de la generación X.

Un año antes, Dirty Three había editado “Horse Stories”, y ese fue el disco que orbitó en el ecosistema de los artistas asociados a Bad Seeds –como Einstürzende Neubauten, The Triffids, Die Haut, Barry Adamson o Rowland S. Howard–. No hay nada como “Horse Stories”. Desde los primeros acordes de “1000 Miles” ese sonido de violín frágil, la percusión dominada por la pandereta y los acordes abiertos de la guitarra arman un paisaje de soledad, tristeza y peligro que habla de la enormidad de Australia, de esos desiertos que, como el amor, requieren de todo el coraje y el atrevimiento posible. En ese disco está la canción más triste jamás escrita, “Hope”, que define lo trágico de la esperanza y su hechizo. Es una maravilla como “Ocean Songs”, de 1998. Dirty Three es de esas bandas que dejan sin palabras, porque si siempre ha sido difícil escribir sobre música, aún es más complejo encontrar cómo hablar de un grupo que combina casi siempre lo mismo y siempre distinto, con esa nostalgia profunda y éxtasis desbocado. Uno de sus discos se llama “Sad & Dangerous” (1995), triste y peligroso, las dos palabras más adecuadas.

La historia no termina acá. En 2024 Dirty Three sacó un disco, “Love Changes Everything”, y, como siempre, los fans nos pusimos en alerta. Que Dirty Three toque es cada vez más difícil: Turner vive en Melbourne, White en Nueva York y Ellis en París. Cuando anunciaron algunas fechas en Europa, la duda me duró segundos. Vivo en Australia. El viaje es largo. Venía de pasar más de un mes en Argentina. Pero pensé en el chicle de Nina Simone. Hay rituales que hay que presenciar. Yo sé de lo inigualable de Dirty Three en vivo. Me da pena que no sean más famosos solo porque pienso en toda la gente que se los pierde, que se los perdió ya, que nunca escuchó las delirantes introducciones a sus canciones de Warren. Para la introducción de “Cinders” en vivo en Glasgow en 2005 dijo, por ejemplo: “Esta es una canción sobre despertarse en Venice Beach a los 48 años y darse cuenta, en ese momento de la vida, que todo lo que querés es ser adicto al crack. Así que vas y te hacés adicto y te sale una cosa del estómago, algo que crece, inexplicable para todos los doctores a los que se la mostrás, y soñás con que venga una chica hippie del amor de los ‘70 a acariciarla”. Por supuesto, “Cinders” no se trata de eso, o sí, porque como todas las canciones de Dirty Three se encarnan en cada escucha.

Así que hice cola en el frío, cerca del Sacré-Cœur, afuera del teatro Élysée Montmartre, esperando que se apiadaran de nosotros, fans de mediana edad, y abrieran la puerta. El show duró tres horas. No había mucha gente. No había merchandising, apenas unas t-shirts todas talla S de colores feos. Sobre el escenario un Warren ya jorobado, hablando en francés, escupiendo, punk y afiebrado entraba en combustión, puro riesgo, con canciones que podían desmoronarse en cualquier momento. El vals siniestro de “Some Summers They Drop Like Flies”, que, simultáneamente, trata de amigos muertos de sobredosis en los veranos de las ciudades y de la crueldad del sol del desierto, “I Remember A Time When You Used To Love Me”, aires griegos para la desolación del amor, la demencial “Everything’s Fucked”. Lloré con “Hope”, canté con Warren sus mantras para levantar a los muertos; esa noche se los dedicó a Steve Albini, Ozzy Osbourne, Marianne Faithfull, Jane Birkin, Mark Lanegan. Me puse una remera de AC/DC para que la viera, pero no la vio. Me estiré sobre el escenario para arrebatar una lista de temas, pero me ganaron de mano. Jim White le tiró la pandereta a alguien más. Empujé para que Warren pusiera en mis manos su violín –se lo da al público en una pausa–, pero no fui la elegida. No me llevé nada. No tengo mi chicle. Ni siquiera me escupió.

La historia termina acá, pero no tiene un final real porque salí en tal estado de conmoción del show que no recuerdo cómo volví al hotel. Lo siguiente es mi habitación en Le Marais y el ataque al minibar, té frío y chocolate y papas fritas y el violín en los oídos perdiéndose en la noche, en el grito de un borracho, las sirenas, la luz azul de la policía custodiando el mercado de Navidad, las canciones como heridas, las cicatrices como reliquias. ∎

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