Con su enésima demostración de actitud, conexión y, sobre todo, repertorio, The Cure iluminó la segunda noche de Primavera Sound en el Fòrum barcelonés. Siguiendo su rutilante estela, disfrutamos de muchos momentos memorables –Amaarae, Merzbow, Kylesa, Viagra Boys– que subrayan la singularidad de este festival. Y asistimos a una coronación que quizá muchos no esperaban: la de PinkPantheress petándolo a lo bestia, convirtiendo su actuación en acontecimiento.
Desde su subida al escenario Cupra, con la solitaria presencia –aunque cada vez más habitual– de bases pregrabadas, la artista ghanesa-estadounidense asaltó el pabellón reservado a las divas veneradas. Un público extasiado la absolvió de su origen y el color de su piel para ponerla al nivel de las divas anglosajonas. El mérito no es solo su desprejuiciado mejunje sonoro –que pone en la batidora R&B lubricado, gqom, favela funk, kuduro, rap revoltoso y homenajes dance como “Pump Up The Jam” incluido en “S.M.O”– sino ejecutarlo con una fuerza arrolladora. La respuesta se evidenció en la estampa de una audiencia completamente entregada, lanzada a ese baile que exuda feromonas y que al mínimo roce crea pasiones. Su rodillo rítmico no entendió de distinciones, modales ni protocolos. Fue capaz de asimilar, y bascular, entre el rap metal de Rage Against The Machine, el rap-rave poligonero de Die Antwoord, la world music eléctrica de M.I.A., el funk carioca de su excompañero Diplo o el dancehall más bombeante. No reprimió su sexualidad desatada, ni se cortó en su apología de las drogas con ese “ketamine, coke and molly” de “Starkilla”. Porque, al fin y al cabo, a Amaarae le va la fiesta y la invoca, ahora mismo, como pocas. Y sin formalidades que valgan. Marc Muñoz
Creo que todo empezó con Harry Styles. Él fue el primero en demostrarnos que podías salir de un concurso de talentos como ‘The X Factor’, formar una boy band prototípica y de nulo interés musical como One Direction, emprender tu camino en solitario y acabar desarrollando una trayectoria más que notable. Luego han llegado otros y otras, como Jade, uno de los nombres destacados del cartel de la segunda noche del Primavera Sound 2026. El Reino Unido la descubrió en el mismo programa en que años antes se presentó Styles, y el resto del planeta supo de ella como miembro de la girl band Little Mix: ayer recuperó sus temas “Wasabi”, “Woman Like Me” y “Shout Out to My Ex”, además de aquel “Reggaetón lento” de CNCO del que participaron en una de sus remezclas. Lo petaron entre fuerte y muy fuerte y ahora, queriéndose probar volando libre, ha debutado sin compañía con “That’s Showbiz Baby!” (2025). Dance-pop y R&B adictivo como los vídeos de gatos en Instagram. Azúcar para niños. Y qué, un poco de vez en cuando no hace daño. Hija de las Kylie Minogue y Madonna –de la que suele versionar “Frozen”, aunque ayer se decantó por el “Run The World (Girls)” de Beyoncé– y sobrina de Lady Gaga; también prima de Dua Lipa, de Charli XCX o de esa Addison Rae que un par de horas antes se había comido uno de los escenarios principales del festival. En directo, lo vimos en el escenario Occident, Jade es una divaza que apuesta sin faroles por jugar en el patio de las mayores. Qué bien sienta un viernes por la noche un poco de “FUFN (Fuck You For Now)”, “Plastic Box” o ese “Angel Of My Dreams” con el que cerró, sin prejuicios ni reparos. Oriol Rodríguez
Había dudas e interrogantes al respecto de la reunión de la banda estadounidense, y todas se despejaron cuando “Tired Climb” arrancó su castigador set a primeras horas de la madrugada en el Port. Lo primero a remarcar es que su paso de dos baterías a una en absoluto disminuye su impacto, ya que el remplazo –Roy Mayorga, de legendarios grupos de crust-punk como Nausea o Amebix– es una magnética bestia parda a las baquetas. Lo segundo es que siguen siendo una bien engrasada apisonadora de sludge sureño: cuando finiquitaron el concierto con “Running Red”, un auténtico paraíso de los riffs inconmensurables, pocas cabezas debían quedar sin dislocar entre los asistentes. Más allá de la rotundidad esperable de palizas sónicas como “Scapegoat”, destacaron las poses rockeras y la variopinta labor guitarrera de Laura Pleasants, que aporta un bienvenido color al conjunto: punteos psicodélicos en el momento de respiro de “Hollow Severer”, acrobacias de tapping a dos manos en “Cheating Synergy” o amenazantes melodías reverberadas a lo Chameleons en “Unspoken”. A pesar de la energía, la ejecución de los de Georgia fue demasiado clínica y mecánica, y su actitud escénica, muy seria y esquiva. Nada de eso, sin embargo, perturbó al público: a medida que avanzaban las cuestiones, el inicialmente tímido mosh pit se fue ensanchando hasta adquirir proporciones magnas. Xavier Gaillard
El rey del noise Masami Akita compareció con su característico gorro de pescador y actitud sobria ante un sorprendentemente abarrotado Auditori Rockdelux, espacio que se fue vaciando poco a poco, algo ya no tan chocante. Puede que algunos ilusos pensaran que quizá el japonés tendría un día amable; y es cierto que al principio se mostró juguetón, lanzando simpáticas cacofonías de estrépitos aleatorios. Pero Merzbow vino a hacer de Merzbow: poco tardó en empezar a abusar metódicamente de su notoria “guitarra chatarrera” y los instrumentos que traía en su quirúrgica mesa de operaciones, amontonando chirridos metálicos, tijeretazos agudos, aspas de turbina eólica, torrentes de estática licuados, serruchos en forma aural y otras cosas inenarrables, todo bajo unos vídeos hechos por IA, estrafalarios y casi kitsch de insectos, animales y edificios transformándose o implosionando. Las frecuencias del ruido fueron mutando paulatinamente en cuanto a texturas, tonos y virulencia, pero nunca cesaron: hacia el final de la sesión, varios de los espectadores de las primeras filas parecían cadáveres, mientras que, más atrás, otros dejaban ir gritos delirantes de “emoción”, quizá perdidos ya para siempre en ensoñaciones de barcos oxidados deslizándose por rampas de cemento. Cumplidos los sesenta minutos, Akita cortó en seco la tortura y se retiró a sus aposentos sin mostrar ni un atisbo de aprecio por los aplausos de los supervivientes, una actitud que solo las leyendas se pueden permitir. Xavier Gaillard
Ya lo he contado unas líneas más arriba: en 2023 PinkPantheress se desvirtualizó en el Primavera Sound con resultados divisivos, dando un concierto mucho más físico y presente de lo que sus pasos apuntaban por entonces, cuando era solo una especie de rumor en internet. La británica quería ser una superestrella, y tenía madera para ello: no quería ser una sombra ni un secreto; mucho menos un meme. Anoche, tres años después y con un segundo trabajo publicado –“Fancy That” (2025)– que la ha terminado de poner en la rampa de lanzamiento para lo que ella siempre quiso ser, PinkPhanteress se coronó definitivamente en el Primavera Sound, ante un escenario Cupra peligrosamente abarrotado como pocas veces se ha visto antes. Más pop que jungle, drum’n’bass o cualquier onda electrónica, pero siempre festiva y electrónica porque está en su naturaleza, dio un concierto condensado, breve y apoyado en todo momento por un imponente cuerpo de baile. Se hizo corto, de hecho, y se echaron de menos más transiciones y más locuras, algo a lo que la británica es bastante aficionada –si escuchamos “Rush” de Troye Sivan, su remix con Zara Larsson o algún tema de Basement Jaxx–, pero temazos como “True Romance” –maravillosamente progresiva–, una “Boy’s A Liar Pt. 2” que levantó verdaderas pasiones –gente de la organización y de su propio equipo se asomaba tras las vallas móvil en ristre para grabar la impresionante postal– o la final “Illegal” convirtieron la actuación en incontestable. ¿La Kelela de la generación TikTok? Diego Rubio
Zapatilla y tentetieso. Dale al mono que es de goma. Dame ritmos rotos, préndeme unas buenas llamaradas y dime tonto. ¿Alguien podía esperar de Skrillex algo distinto a la sesión de inmisericorde EDM, electrizante y áspera, que nos propinó en el escenario Revolut tras el set de The Cure, cuando todos los gatos ya empiezan a ser pardos? Cayeron su remezcla del “Levels” de Avicii, su “Cheeni” (con Naisha) o su “Butterflies” (colaboración con Starrah y Four Tet), entre otras bombas de racimo con las que incendiar la noche del viernes ante el escenario Revolut, y bien que lo danzó la concurrencia. Era bailar o morir. Sin medias tintas. Carlos Pérez de Ziriza
La prodigiosa jukebox ambulante de Robert Smith y los suyos, sublimando el lenguaje del pop: podría ser un titular adecuado para describir su primer concierto desde noviembre de 2024. También valdría el grito exultante de un chico a un par de metros de mí mientras entonábamos el estribillo de “Just Like Heaven” como becerros: “¡Viva la vida, coño!”. Tal cual. Era la quinta vez que los veía –desde 1996– y juraría que ninguna a este nivel. Por repertorio, por sonido y por entrega. Las tres cosas. Me pareció que Smith casi se pone a llorar tras mirar al público por última vez antes de enfilar la salida de un escenario que no parecía querer abandonar: nunca lo vi tan pletórico ni tan comunicativo. Tan visiblemente emocionado. Incluso amagó con unos pasos de baile un par de veces, evocando –ay– su caricatura chanante.
Sus dos horas y media en el escenario Estrella Damm sepultaron los sinsabores de la complicadísima jornada del jueves en esos dos escenarios principales que tuvieron que ser desalojados. Y a diferencia de su última gira, no se explayaron The Cure en la presentación del sobresaliente “Songs Of A Lost World” (2024), uno de sus cinco mejores trabajos desde el momento de su edición (cuando nadie ya lo esperaba), sino que conjugó hits y lugares comunes, pero también hallazgos y rarezas de todas las etapas de su discografía: hasta diez álbumes representados en estos 29 temas, con preponderancia para “The Head On The Door” (1985), “Disintegration” (1989) y “Wish” (1992), con cuatro canciones cada uno. Nadie en el cartel de 2026 tiene un repertorio más poderoso y completo.
Los Cure más maduros y reflexivos (“Alone”, Trust”), los más tribales (“Burn”), los más livianos (“Mint Car”, “High”, “Friday I’m In Love”), los más totémicos (“A Night Like This”, “A Forest”, “Play For Today”), los más juguetones (“Let’s Go To Bed”, “The Lovecats”), los más imprevisibles (la cara B “2 Late”), los más febriles (me faltó “Disintegration”, pero sonaron “From The Edge Of The Green Deep Sea” y “Fascination Street”) y los más funk (“Hot Hot Hot!!!” o “Why Can’t I Be You?”, quizá provocando la mueca del sector más integrista de su fandom, si es que aún resiste) comparecieron en un concierto memorable, a ratos descomunal y con instantes cercanos a la sinestesia, secuenciado en tres fases diferenciadas (las dos horas de set, digamos, convencional, separadas entre el subidón de “Just Like Heaven” y la vuelta a la calma con “Trust”, y el posterior bis de fogonazos pop) que volvió a poner de manifiesto que también es justo hablar más de la mordaz guitarra de Reeves Gabrels y del bajo hercúleo de Simon Gallup a la hora de valorar las hechuras en directo de un grupo inimitable. Carlos Pérez de Ziriza
Los suecos tenían claro a lo que venían y lo ofrecieron sin dudar en el escenario Occident: se quitaron el trámite de presentar su nuevo disco en los primeros compases, inflando poco a poco la intensidad y dejando entrar progresivamente más y más detalles sintetizados y electrónicos, y acabaron armando una vorágine de acid punk con alma bailable –en el recuerdo, Andrew Weatherall– que conquistó a la mayoría de asistentes en una franja un poco rara. Era un slot arriesgado que en otros años han protagonizado proyectos mucho más bombásticos y hypeados como Charli XCX o Turnstile, pero también un guiño a ese viejo Primavera Sound que no solo se resiste a desaparecer, sino que parece haber vuelto en esta edición con más fuerza que nunca. Saxo en ristre, desataron más ruido y disonancias al final, poniéndose casi noise –como IDLES–, reivindicando una Palestina libre y asesinando al fascismo. En “Sports”, con las guitarras confundiéndose con cuchillos en la profundidad de la noche, y ante bombos que emulaban el fragor de la pista, el frenesí fue total. Diego Rubio