Viernes de amor: Robert Smith y The Cure. Foto: Òscar Giralt
Viernes de amor: Robert Smith y The Cure. Foto: Òscar Giralt

Festival

Primavera Sound (5 de junio /y 2): esencias que permanecen

Con su enésima demostración de actitud, conexión y, sobre todo, repertorio, The Cure iluminó la segunda noche de Primavera Sound en el Fòrum barcelonés. Siguiendo su rutilante estela, disfrutamos de muchos momentos memorables –Amaarae, Merzbow, Kylesa, Viagra Boys– que subrayan la singularidad de este festival. Y asistimos a una coronación que quizá muchos no esperaban: la de PinkPantheress petándolo a lo bestia, convirtiendo su actuación en acontecimiento.

Addison Rae

Por su condición de joven estrella de ascensión meteórica y estudiado derroche de pícara candidez, me resultó inevitable recordar el concierto de Sabrina Carpenter hace un año. Pero a lo de Addison Rae en el escenario Revolut le veo mucho más fundamento. Y da la sensación de ser plenamente consciente de la ironía que irradia su personaje, aunque igual es una ilusión personal. En esencia no inventa nada, pero todo lo resuelve estupendamente: tiene un poco de Madonna (el collar de billetes a lo “Material Girl” o los ecos ballroom a lo “Vogue” de algunos cortes y coreografías), un poco de Britney Spears (guiño incluido a “Baby One More Time”) y otro poco de Charli XCX (ese grito al ritmo de “Von Dutch” antes de lanzarse al público de las primeras filas), sin llegar a empatar con la mejor versión de ninguna de ellas, pero combinando varias de sus mejores virtudes en un show aeróbico y entretenido de superpop elástico y chicloso, a ratos divertido por lo kitsch, repleto de groove y sostenido por un rotundo séquito de bailarines y una efectiva escenografía de dos alturas con predominio de los tonos pastel, que se desarrolla sin solución de continuidad, como una buena sesión de DJ o como cualquiera de esos discos –“Confessions On A Dancefloor” (2005) de Madonna, “Blackout” (2007) de Britney o “brat” de Charli (2024)– a los que seguro “Addison” (2025) quiere parecerse. Fue muy divertido comprobar la disparidad de públicos mientras los fans de The Cure aguardaban al otro lado de la valla el final de su set: dos mundos en un mismo festival. Carlos Pérez de Ziriza

Amaarae

Desde su subida al escenario Cupra, con la solitaria presencia –aunque cada vez más habitual– de bases pregrabadas, la artista ghanesa-estadounidense asaltó el pabellón reservado a las divas veneradas. Un público extasiado la absolvió de su origen y el color de su piel para ponerla al nivel de las divas anglosajonas. El mérito no es solo su desprejuiciado mejunje sonoro –que pone en la batidora R&B lubricado, gqom, favela funk, kuduro, rap revoltoso y homenajes dance como “Pump Up The Jam” incluido en “S.M.O”– sino ejecutarlo con una fuerza arrolladora. La respuesta se evidenció en la estampa de una audiencia completamente entregada, lanzada a ese baile que exuda feromonas y que al mínimo roce crea pasiones. Su rodillo rítmico no entendió de distinciones, modales ni protocolos. Fue capaz de asimilar, y bascular, entre el rap metal de Rage Against The Machine, el rap-rave poligonero de Die Antwoord, la world music eléctrica de M.I.A., el funk carioca de su excompañero Diplo o el dancehall más bombeante. No reprimió su sexualidad desatada, ni se cortó en su apología de las drogas con ese “ketamine, coke and molly” de “Starkilla”. Porque, al fin y al cabo, a Amaarae le va la fiesta y la invoca, ahora mismo, como pocas. Y sin formalidades que valgan. Marc Muñoz

Amaarae sin tapujos. Foto: Rosario López
Amaarae sin tapujos. Foto: Rosario López

Disobey

Hay cosas en la vida que son irrepetibles. Hace ya más de diez años surgió en Barcelona PXXR GVNG y un lustro antes Agorazein en Madrid, colectivos que supieron dar un volantazo a la escena del hip hop español, que empezaba a dar señales de cansancio y repetición de esquemas. A caballo entre Madrid y Málaga, en 2020 se creó Disobey, un colectivo que parece querer replicar algo difícil de repetir: aquella frescura, aquel caos natural, aquella inocencia. Ahora todo es distinto. Pero está claro que a Disobey, que buscan su propio camino, les hace falta encontrar su propia identidad, que a veces hallan en un humor peculiar que invade algunos de los temas que interpretaron en el escenario Schwarzkopf, como “Fiesta privada” (“a la que los guiris no están invitados”, señalaron en vista del percal claramente “nacional” al que se enfrentaban), “DISOBEY ANTHEM” (con una invitación al pogo), “Primera dama” (de Cybernene y El WiWi, dos de sus miembros), “JAJAJA” (dedicada a quienes se reían de ellos al principio) o “Mejor no” y su divertidísima letra. Con sus monos rojos, sus bajos reventones y su cóctel de trap, rap y drill, Disobey buscaron su sitio en el Olimpo. Luis Lles

Gran fiesta con el colectivo Disobey. Foto: Óscar García
Gran fiesta con el colectivo Disobey. Foto: Óscar García

fakemink

Era de esos conciertos clásicos del Primavera Sound en los que todo sale espectacular, histórico, o todo resulta un verdadero cuadro. Suele ser cualquiera de esas la forma de ganar en la zona del puerto –en este caso en el escenario Schwarzkopf– cuando está ya entrando la madrugada: recuerdo aquel concierto de PinkPantheress que supuso una de sus primeras materializaciones, y que acabó en desastre absoluto; anoche ella reinaba en el pop alternativo desde el escenario Cupra. Si lo de fakemink salía mal, a las pruebas nos remitimos, aún había esperanza. Si salía bien, quizá estábamos hablando de un talento generacional como, por ejemplo, Caroline Polachek. El problema aquí es quedarse en la medianía, en el “estuvo bien, sin más”. Aunque el concierto prometía –empezó deconstruyendo un hit enterrado del primer trance británico, “You’re Not Alone” de Olive, mezclándolo después un poco a lo bruto con el “Harder, Better, Faster, Stronger” de Daft Punk– y la energía del público, en general británico, acompañó bastante bien, lo cierto es que tampoco consiguió emocionar ni impresionar ni activar verdaderamente a la gente en ningún momento. Intentó montar un circle pit y no salió, y para el final había mucho público desaparecido o completamente desconectado. Por momentos pudo ser como ver a Kanye West en 2008: algo fresco, intimidante, cacofónico y compuesto por mil fragmentos. Pero todo quedó más bien en una ilusión. Diego Rubio

Fakemink: sí pero no. Foto: Óscar Giralt
Fakemink: sí pero no. Foto: Óscar Giralt

Jade

Creo que todo empezó con Harry Styles. Él fue el primero en demostrarnos que podías salir de un concurso de talentos como ‘The X Factor’, formar una boy band prototípica y de nulo interés musical como One Direction, emprender tu camino en solitario y acabar desarrollando una trayectoria más que notable. Luego han llegado otros y otras, como Jade, uno de los nombres destacados del cartel de la segunda noche del Primavera Sound 2026. El Reino Unido la descubrió en el mismo programa en que años antes se presentó Styles, y el resto del planeta supo de ella como miembro de la girl band Little Mix: ayer recuperó sus temas “Wasabi”, “Woman Like Me” y “Shout Out to My Ex”, además de aquel “Reggaetón lento” de CNCO del que participaron en una de sus remezclas. Lo petaron entre fuerte y muy fuerte y ahora, queriéndose probar volando libre, ha debutado sin compañía con “That’s Showbiz Baby!” (2025). Dance-pop y R&B adictivo como los vídeos de gatos en Instagram. Azúcar para niños. Y qué, un poco de vez en cuando no hace daño. Hija de las Kylie Minogue y Madonna –de la que suele versionar “Frozen”, aunque ayer se decantó por el “Run The World (Girls)” de Beyoncé– y sobrina de Lady Gaga; también prima de Dua Lipa, de Charli XCX o de esa Addison Rae que un par de horas antes se había comido uno de los escenarios principales del festival. En directo, lo vimos en el escenario Occident, Jade es una divaza que apuesta sin faroles por jugar en el patio de las mayores. Qué bien sienta un viernes por la noche un poco de “FUFN (Fuck You For Now)”, “Plastic Box” o ese “Angel Of My Dreams” con el que cerró, sin prejuicios ni reparos. Oriol Rodríguez

Jade: efluvios de superdiva. Foto: Christian Bertrand
Jade: efluvios de superdiva. Foto: Christian Bertrand

Kylesa

Había dudas e interrogantes al respecto de la reunión de la banda estadounidense, y todas se despejaron cuando “Tired Climb” arrancó su castigador set a primeras horas de la madrugada en el Port. Lo primero a remarcar es que su paso de dos baterías a una en absoluto disminuye su impacto, ya que el remplazo –Roy Mayorga, de legendarios grupos de crust-punk como Nausea o Amebix– es una magnética bestia parda a las baquetas. Lo segundo es que siguen siendo una bien engrasada apisonadora de sludge sureño: cuando finiquitaron el concierto con “Running Red”, un auténtico paraíso de los riffs inconmensurables, pocas cabezas debían quedar sin dislocar entre los asistentes. Más allá de la rotundidad esperable de palizas sónicas como “Scapegoat”, destacaron las poses rockeras y la variopinta labor guitarrera de Laura Pleasants, que aporta un bienvenido color al conjunto: punteos psicodélicos en el momento de respiro de “Hollow Severer”, acrobacias de tapping a dos manos en “Cheating Synergy” o amenazantes melodías reverberadas a lo Chameleons en “Unspoken”. A pesar de la energía, la ejecución de los de Georgia fue demasiado clínica y mecánica, y su actitud escénica, muy seria y esquiva. Nada de eso, sin embargo, perturbó al público: a medida que avanzaban las cuestiones, el inicialmente tímido mosh pit se fue ensanchando hasta adquirir proporciones magnas. Xavier Gaillard

Fortaleza: Laura Pleasants y Kylesa. Foto: Rosario López
Fortaleza: Laura Pleasants y Kylesa. Foto: Rosario López

Matmos

Con los años, el dúo afincado en Baltimore –M.C. Schmidt, todo un señor de los años cincuenta con traje y corbata; y Drew Daniel, mezclador de camisa hawaiana– nos ha ido acostumbrando al vanguardismo aguerrido. En esta ocasión comparecieron en The Levi’s Warehouse para interpretar “Metallic Life Review” (2025); ofreciendo un laboratorio-show muy singular –a ratos obtuso, a ratos brillante– donde la musique concrète, la electroacústica y el IDM convergieron con inusual naturalidad. Schmidt se pasó gran parte del espectáculo interactuando con objetos –rasgando placas metálicas, entrechocando canicas, sumergiendo una campanita en agua, rascando un termo, frotando un trozo de aluminio contra el micrófono, o maltratando y luego arrojando al suelo media docena de cuencos de acero inoxidable– mientras Daniel lo iba siguiendo con sus teclados y ordenadores, ya fuera intercalando samples o arrancando esporádicos patrones de beats. Cerraron la primera parte del set con la ominosa y experimental “Going To Sleep” –el intento de Schmidt de hipnotizarnos a todos– y a continuación se pusieron bastante más percusivos –sin abandonar el golpeteo físico de metales– con “Norway Doorway”: “La única canción sobre puertas chirriantes en un festival lleno de canciones sobre amor”, aseguraron con gamberra acidez. Los últimos minutos fueron dedicados a unos ritmos cluberos más “convencionales” –para sus estándares, en realidad fue un techno medio alienígena–, como si quisieran contrarrestar lo aventurado del inicio. Xavier Gaillard

Señores con ruidos: Matmos. Foto: Clara Orozco
Señores con ruidos: Matmos. Foto: Clara Orozco

Merzbow

El rey del noise Masami Akita compareció con su característico gorro de pescador y actitud sobria ante un sorprendentemente abarrotado Auditori Rockdelux, espacio que se fue vaciando poco a poco, algo ya no tan chocante. Puede que algunos ilusos pensaran que quizá el japonés tendría un día amable; y es cierto que al principio se mostró juguetón, lanzando simpáticas cacofonías de estrépitos aleatorios. Pero Merzbow vino a hacer de Merzbow: poco tardó en empezar a abusar metódicamente de su notoria “guitarra chatarrera” y los instrumentos que traía en su quirúrgica mesa de operaciones, amontonando chirridos metálicos, tijeretazos agudos, aspas de turbina eólica, torrentes de estática licuados, serruchos en forma aural y otras cosas inenarrables, todo bajo unos vídeos hechos por IA, estrafalarios y casi kitsch de insectos, animales y edificios transformándose o implosionando. Las frecuencias del ruido fueron mutando paulatinamente en cuanto a texturas, tonos y virulencia, pero nunca cesaron: hacia el final de la sesión, varios de los espectadores de las primeras filas parecían cadáveres, mientras que, más atrás, otros dejaban ir gritos delirantes de “emoción”, quizá perdidos ya para siempre en ensoñaciones de barcos oxidados deslizándose por rampas de cemento. Cumplidos los sesenta minutos, Akita cortó en seco la tortura y se retiró a sus aposentos sin mostrar ni un atisbo de aprecio por los aplausos de los supervivientes, una actitud que solo las leyendas se pueden permitir. Xavier Gaillard

Masami Akita y Merzbow: ruidismo con leyenda. Foto: Marina Tomàs
Masami Akita y Merzbow: ruidismo con leyenda. Foto: Marina Tomàs

PinkPantheress

Ya lo he contado unas líneas más arriba: en 2023 PinkPantheress se desvirtualizó en el Primavera Sound con resultados divisivos, dando un concierto mucho más físico y presente de lo que sus pasos apuntaban por entonces, cuando era solo una especie de rumor en internet. La británica quería ser una superestrella, y tenía madera para ello: no quería ser una sombra ni un secreto; mucho menos un meme. Anoche, tres años después y con un segundo trabajo publicado –“Fancy That” (2025)– que la ha terminado de poner en la rampa de lanzamiento para lo que ella siempre quiso ser, PinkPhanteress se coronó definitivamente en el Primavera Sound, ante un escenario Cupra peligrosamente abarrotado como pocas veces se ha visto antes. Más pop que jungle, drum’n’bass o cualquier onda electrónica, pero siempre festiva y electrónica porque está en su naturaleza, dio un concierto condensado, breve y apoyado en todo momento por un imponente cuerpo de baile. Se hizo corto, de hecho, y se echaron de menos más transiciones y más locuras, algo a lo que la británica es bastante aficionada –si escuchamos “Rush” de Troye Sivan, su remix con Zara Larsson o algún tema de Basement Jaxx–, pero temazos como “True Romance” –maravillosamente progresiva–, una “Boy’s A Liar Pt. 2” que levantó verdaderas pasiones –gente de la organización y de su propio equipo se asomaba tras las vallas móvil en ristre para grabar la impresionante postal– o la final “Illegal” convirtieron la actuación en incontestable. ¿La Kelela de la generación TikTok? Diego Rubio

A por todas con PinkPantheress. Foto: Marina Tomàs
A por todas con PinkPantheress. Foto: Marina Tomàs

Role Model

Tucker Pillsbury sale al escenario Occident y el corte de pelo y la chaqueta dicen britpop (luego se despeinará y se quedará en polo básico), la hebilla del cinturón dice country, los tejanos dicen heterosexualidad. Lo siento por el agravio comparativo, pero venía de Addison Rae y su show rollo Las Vegas y, bueno, hay que reconocer que, de cintura para abajo, Role Model no miente. No lo digo como algo (per se) negativo. Es como el meme: it ain’t much, but it’s a honest work. Así es el country-rock bizcochón, solvente y de corte clásico que despliega sobre un escenario con semicírculo de retroiluminación y visuales generados con IA de coches chocando en un rodeo. El público corea los hits y baila en línea. Y, justo cuando creo que esto es solo apto para yanquis, un amigo mío (local) aparece de la nada, me saluda con un abrazo y desaparece entre el público cantando a voz en grito. Así que supongo que estaba equivocado. Raül de Tena

Role Model: cosa de hombres. Foto: Rosario López
Role Model: cosa de hombres. Foto: Rosario López

Skrillex

Zapatilla y tentetieso. Dale al mono que es de goma. Dame ritmos rotos, préndeme unas buenas llamaradas y dime tonto. ¿Alguien podía esperar de Skrillex algo distinto a la sesión de inmisericorde EDM, electrizante y áspera, que nos propinó en el escenario Revolut tras el set de The Cure, cuando todos los gatos ya empiezan a ser pardos? Cayeron su remezcla del “Levels” de Avicii, su “Cheeni” (con Naisha) o su “Butterflies” (colaboración con Starrah y Four Tet), entre otras bombas de racimo con las que incendiar la noche del viernes ante el escenario Revolut, y bien que lo danzó la concurrencia. Era bailar o morir. Sin medias tintas. Carlos Pérez de Ziriza

Skrillex: baila o muere. Foto: Gisela Jane
Skrillex: baila o muere. Foto: Gisela Jane

The Cure

La prodigiosa jukebox ambulante de Robert Smith y los suyos, sublimando el lenguaje del pop: podría ser un titular adecuado para describir su primer concierto desde noviembre de 2024. También valdría el grito exultante de un chico a un par de metros de mí mientras entonábamos el estribillo de “Just Like Heaven” como becerros: “¡Viva la vida, coño!”. Tal cual. Era la quinta vez que los veía –desde 1996– y juraría que ninguna a este nivel. Por repertorio, por sonido y por entrega. Las tres cosas. Me pareció que Smith casi se pone a llorar tras mirar al público por última vez antes de enfilar la salida de un escenario que no parecía querer abandonar: nunca lo vi tan pletórico ni tan comunicativo. Tan visiblemente emocionado. Incluso amagó con unos pasos de baile un par de veces, evocando –ay– su caricatura chanante.

Sus dos horas y media en el escenario Estrella Damm sepultaron los sinsabores de la complicadísima jornada del jueves en esos dos escenarios principales que tuvieron que ser desalojados. Y a diferencia de su última gira, no se explayaron The Cure en la presentación del sobresaliente “Songs Of A Lost World” (2024), uno de sus cinco mejores trabajos desde el momento de su edición (cuando nadie ya lo esperaba), sino que conjugó hits y lugares comunes, pero también hallazgos y rarezas de todas las etapas de su discografía: hasta diez álbumes representados en estos 29 temas, con preponderancia para “The Head On The Door” (1985), “Disintegration” (1989) y “Wish” (1992), con cuatro canciones cada uno. Nadie en el cartel de 2026 tiene un repertorio más poderoso y completo.

Los Cure más maduros y reflexivos (“Alone”, Trust”), los más tribales (“Burn”), los más livianos (“Mint Car”, “High”, “Friday I’m In Love”), los más totémicos (“A Night Like This”, “A Forest”, “Play For Today”), los más juguetones (“Let’s Go To Bed”, “The Lovecats”), los más imprevisibles (la cara B “2 Late”), los más febriles (me faltó “Disintegration”, pero sonaron “From The Edge Of The Green Deep Sea” y “Fascination Street”) y los más funk (“Hot Hot Hot!!!” o “Why Can’t I Be You?”, quizá provocando la mueca del sector más integrista de su fandom, si es que aún resiste) comparecieron en un concierto memorable, a ratos descomunal y con instantes cercanos a la sinestesia, secuenciado en tres fases diferenciadas (las dos horas de set, digamos, convencional, separadas entre el subidón de “Just Like Heaven” y la vuelta a la calma con “Trust”, y el posterior bis de fogonazos pop) que volvió a poner de manifiesto que también es justo hablar más de la mordaz guitarra de Reeves Gabrels y del bajo hercúleo de Simon Gallup a la hora de valorar las hechuras en directo de un grupo inimitable. Carlos Pérez de Ziriza

The Cure y sus himnos eternos. Foto: Òscar Giralt
The Cure y sus himnos eternos. Foto: Òscar Giralt

Underground Resistance

Mike “Mad” Banks y Mark Flash subieron al escenario Schwarzkopf para dar un cierre-clase magistral marca de la casa Primavera Sound. El colectivo de Detroit Underground Resistance fue fundamental para entender la segunda generación del techno que desde allí se expandió sin vuelta atrás al resto del mundo, y su actuación trató de trazar un legado que empieza en los confines del electro, entre sintetizadores ácidos y distorsionados y atmósferas maquinales y de ciencia ficción, y termina en el techno industrial siempre con final abierto. Puristas en su concepción en cualquier caso futurista, desplegaron matraca consciente quizá sin demasiado riesgo, apostando por estructuras reconocibles y sin dejarse llevar demasiado por esa faceta que puede ser más experimental, más incómoda y ruidista. La cosa era un poco como volver a las noches del Cyberian de la sala Consulado: techno sin pretensiones, sucio pero a la vez funcional y bien recortado, hipnótico pero lo justo. Y estuvo bien, pero fue más valioso por su significado que por su poder efectivo como fiesta. Diego Rubio

Detroit nunca muere: Underground Resistance. Foto: Óscar García
Detroit nunca muere: Underground Resistance. Foto: Óscar García

Viagra Boys

Los suecos tenían claro a lo que venían y lo ofrecieron sin dudar en el escenario Occident: se quitaron el trámite de presentar su nuevo disco en los primeros compases, inflando poco a poco la intensidad y dejando entrar progresivamente más y más detalles sintetizados y electrónicos, y acabaron armando una vorágine de acid punk con alma bailable –en el recuerdo, Andrew Weatherall– que conquistó a la mayoría de asistentes en una franja un poco rara. Era un slot arriesgado que en otros años han protagonizado proyectos mucho más bombásticos y hypeados como Charli XCX o Turnstile, pero también un guiño a ese viejo Primavera Sound que no solo se resiste a desaparecer, sino que parece haber vuelto en esta edición con más fuerza que nunca. Saxo en ristre, desataron más ruido y disonancias al final, poniéndose casi noise –como IDLES–, reivindicando una Palestina libre y asesinando al fascismo. En “Sports”, con las guitarras confundiéndose con cuchillos en la profundidad de la noche, y ante bombos que emulaban el fragor de la pista, el frenesí fue total. Diego Rubio

Viagra Boys: dame frenesí. Foto: Óscar García
Viagra Boys: dame frenesí. Foto: Óscar García

Water From Your Eyes

Curioso ver cómo se articula en directo el eclecticismo inestable de Water From Your Eyes. Si en los álbumes solía destacar su intrincada narrativa llena de samples, en esta gira el dúo se decantó por su dimensión más rockera y contundente. Apuntalado por bajo y batería, en el escenario Port, Nate Amos desplegó sus “nuevas” destrezas de riffs, ruido y distorsión, con las que estructuraron “It’s A Beautiful Place” (2025), su “disco de guitarras”. “Born 2”, “Structure” y “Barley” marcaron la tónica de contrastes, dobleces y polirritmia: post-hardcore, shoegaze, rock alternativo de los noventa, indie-dance… Todo hilvanado por esa desafección vocal de Rachel Brown, capaz de pasar del murmullo sonámbulo a los coros luminosos y enigmáticos de “Life Signs” mientras te incrusta una melodía pegadiza en alguna estructura imposible. La energía fue creciendo a partir de los riffs juguetones de “It’s A Beautiful Place” hasta el culmen de techno atravesado por pop medio funky de “Playing Classics”. Susana Funes

La batidora de estilos de Water From Your Eyes. Foto: Óscar García
La batidora de estilos de Water From Your Eyes. Foto: Óscar García
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