A lo largo de los años, el festival Vida se ha caracterizado por facilitar la conciliación familiar, no en vano el primer escenario que nos encontramos al cruzar sus puertas es El Niu, donde niños y niñas pueden disfrutar de conciertos, talleres y actividades para realizar junto con sus familias. Quizá sea reflejo y consecuencia de que la media de edad del público asistente ronde los 40 y que muchos de ellos tienen hijos, los cuales probablemente andarán cerca en vez de en casa de los abuelos, como ocurre en otros festivales. Punto a favor del Vida.
Al igual que en la edición anterior, el calor hizo mella en el ambiente durante las primeras horas y hasta que empezó a bajar el sol, especialmente en los escenarios grandes, donde apenas había sombras en las que resguardarse. Desde la organización se insitrió en el tema de la hidratación, tanto emitiendo periódicamente recordatorios en las pantallas como indicando la situación de las distintas fuentes en las señalizaciones y mapas. Sumen otro punto al Vida.
En cuanto a la oferta artística, esta decimosegunda edición del Vida cubrió un amplio mapa musical, literalmente el mayor posible hasta que los astronautas de la estación espacial decidan montar un grupo y salir de gira. Si se da el caso, probablemente la primera parada sería Vilanova i la Geltrú. El programa abarcó desde las antípodas –tanto Aldous Harding como Balu Brigada proceden de Nueva Zelanda– hasta lo local: Dan Peralbo i El Comboi o Remei de Ca la Fesca, entre otros, son de poblaciones a poco más de una hora en coche de Vilanova i la Geltrú. También el espectro sonoro fue amplio, contando con artistas sobradamente consagrados –desde la gira de despedida de Saint Etienne, que han decidido que ya iba siendo hora de retirarse tras publicar “International” (2025), hasta la infalibilidad de Fatboy Slim– y con recién llegados como Tyler Ballgame, cuyo debut “For The First Time, Again” (2026) lo ha catapultado a la popularidad.
Tras su “renacimiento” el año pasado, el festival se muestra consolidado con un público fiel que responde a cada nueva edición y ya mira hacia el 2027 con ilusión. El primer nombre anunciado apunta maneras: Chinese American Bear y su pop psicodélico bilingüe. Javier Burgueño
Pasar la noche en la zona del bosque iba a deparar más alegrías a los seguidores del guitarreo desacomplejado y festivo, primero con los supervitaminados y mineralizantes Dan Peralbo i El Comboi, que tal y como proclaman en su tema “Ai ai ai quin goig que fas”, hacen bailar hasta al más empanado. Divertidos y estimulantes, una buena dosis de Peralbo y compañía te arregla la noche y hasta un festival, justo lo que ocurrió en el escenario La Cova. Más tarde llegó el punk-pop de unos Alavedra enérgicos –quien no se ponga a saltar inmediatamente con un trallazo como “Confía” debería considerar hacerse una revisión médica, por si las moscas– y capaces de reírse de todo, empezando por ellos mismos, algo que les hizo superar sin apenas dificultades un nuevo problema técnico en La Cabana: genios y figuras.
Si alguien se encuentra con el uruguayo Juan Wauters deambulando por el paseo marítimo de Vilanova i la Geltrú –cargando su acordeón y cantando el estribillo de su tema “A volar”: aquello de “te gusta la tele, te la pasas ahí metida, así te inventan la vida, tienes miedo de pelear”–, que le avise, por favor: la edición 2026 del Vida ya ha terminado. Lo suyo fue uno de los momentazos más maravillosamente delirantes que he vivido jamás en un festival. Luego os lo explico.
Como quiero ver a Edna Bravo, que abre la segunda jornada del Vida de El Garraf en el escenario La Cova, me presento en Vilanova i la Geltrú casi cuando Alcalá Norte están cerrando la velada inaugural del festi. Cosas de tribunero con miedo a no encontrar donde aparcar. A las 15 o 20 personas que estamos por ahí, entre ellos Ferran Palau, deberían darnos algún premio especial a la entrega. Hace tanto calor que si metiera la cabeza en el horno de casa, en comparación me parecería estar en Siberia un mes de diciembre. De la escuela de cantautoras de Anna Andreu, Edna Bravo muy bien. Como muy bien, también, los británicos Preen en el escenario El Vaixell: pop de melodías radiantes y armonías pluscuamperfectas. Imaginaos a Belle And Sebastian haciendo versiones de los Carpenters. Eso son estos londinenses.
Es precioso ver bailar a todo un festival. Lo han conseguido Frente Cumbiero haciendo danzar entre nubes de polvo a todos los que nos acercamos a La Cabana: lo único malo del Vida es ese terruño polvoriento que te hace regresar a casa con la garganta como si te hubieras fumado un cartón de Ducados en un par de horas, y con los zapatos como si te hubieras cruzado el Sahara andando. Los de Bogotá nos advierten que lo suyo es “tropicanibalismo”, y no engañan. Nos devoran con su fusión de cumbia tradicional y electrónica. Dadles al follow si os va el rollo de gente como Systema Solar, Mitú, Lido Pimienta o Bomba Estéreo. Como una orquesta de gran salón de baile pasándose a un soundsystem callejero y dándole a ritmos caribeños. Divertido y gozón no, lo siguiente.
Y a partir de aquí es cuando las horas empiezan a confundirse. En La Cova veo a Greta, la nueva representante de la estirpe Farelo, la de Bad Gyal y Mushkaa, que apareció en el escenario para acompañar a su gemela en “Señal de respeto”. Aunque también tira de Auto-Tune, a diferencia de sus hermanas lo suyo va más orientado hacia el indie y el pop. Urbano, pero pop al fin de cuentas. Me acerco a La Cabana disfrutar del punk-garage-pop de Mujeres, padrinos y gurús de la escena de guitarras barcelonesa. Un “Caen imperios” a pleno pulmón siempre entra bien a estas horas –también unas pocas cervezas, solo unas pocas, porque estoy de servicio– de la madrugada. Me despido del Vida por hoy en el escenario La Masia con el synthpop y french house de Lewis OfMan, productor parisino de nombre tan rimbombante como el de todos los franceses que se dedican a la electrónica. Lewis Pierre Simon Delhomme es sobrino del cineasta Benoît Delhomme –director de fotografía de pelis como “El olor de la papaya verde”– y nieto de Georges Delhomme, uno de los fundadores de la empresa cosmética Lancôme. Pero aquí no hemos venido a juzgar ascendencias genealógicas, sino a bailar. Con el bueno de Lewis en el escenario lo difícil es no hacerlo.
Encuentro el coche. Tribunero, mi gran pesadilla en un festival es perder las llaves del coche y, cuando las encuentro, no encontrar el coche. Arranco. Pongo dirección a la AP-7. Cuando estoy abandonando Vilanova me parece verlo. Creo que sí, que es Juan Wauters con su acordeón. Oriol Rodríguez
En su último disco, “Aniversari feliç” (2026), Ferran Palau ha prescindido de la batería. Sobre la barca del escenario El Vaixell se presentó acompañado de Bruna González al violonchelo, Marcel·lí Bayer a los vientos –travesera, clarinete, saxofón– y su inseparable Jordi Matas a las cuerdas. La ausencia de percusión conlleva un ritmo más pausado, un mayor protagonismo de las palabras y los detalles. En un lugar como El Vaixell, tan cercano e íntimo, estos adquieren mayor protagonismo, llegando a la emoción en momentos como “Que no plogui tan fort” o “Tan feliç”.
Por suerte, la sonorización con unos graves excesivos que provocó claros de público delante de los altavoces del escenario Estrella Damm, sin duda para evitar futuros problemas auditivos, no penalizó la actuación de Maria Arnal. Precisa, coreografiada milimétricamente y a la vez plena de sentimiento y emoción. Hubo tiempo para revisitar su álbum en solitario, “AMA” (2026), recuperar temas tradicionales como “Cant de la Sibil·la” o recordar los álbumes que firmó junto a Marcel Bagés, como la enorme “Tú que vienes a rondarme”. Sublime. Tirando de profesionalidad y frescura, Fatboy Slim, cerró el festival en el Estrella Damm haciendo bailar al público que todavía aguantaba en el recinto hasta bien pasadas las cuatro de la madrugada, poniendo así un estupendo punto final a esta edición. Javier Burgueño