Maria Arnal, pura vida. Foto: Óscar García
Maria Arnal, pura vida. Foto: Óscar García

Festival

Vida, cuestión de identidad

Entre el 2 y el 4 de julio se reunieron, de nuevo en la Masia d’en Cabanes en Vilanova i la Geltrú (Barcelona), un total de 32.000 personas atraídas por el cartel, el lugar y el ambiente del Vida, que este año ha llegado a su decimosegunda edición sin renunciar a sus peculiares señas de identidad. Basta con echarle un ojo a su programación –en la que siempre se conjuga lo popular con la apuesta– para confirmarlo.

A lo largo de los años, el festival Vida se ha caracterizado por facilitar la conciliación familiar, no en vano el primer escenario que nos encontramos al cruzar sus puertas es El Niu, donde niños y niñas pueden disfrutar de conciertos, talleres y actividades para realizar junto con sus familias. Quizá sea reflejo y consecuencia de que la media de edad del público asistente ronde los 40 y que muchos de ellos tienen hijos, los cuales probablemente andarán cerca en vez de en casa de los abuelos, como ocurre en otros festivales. Punto a favor del Vida.

Al igual que en la edición anterior, el calor hizo mella en el ambiente durante las primeras horas y hasta que empezó a bajar el sol, especialmente en los escenarios grandes, donde apenas había sombras en las que resguardarse. Desde la organización se insitrió en el tema de la hidratación, tanto emitiendo periódicamente recordatorios en las pantallas como indicando la situación de las distintas fuentes en las señalizaciones y mapas. Sumen otro punto al Vida.

En cuanto a la oferta artística, esta decimosegunda edición del Vida cubrió un amplio mapa musical, literalmente el mayor posible hasta que los astronautas de la estación espacial decidan montar un grupo y salir de gira. Si se da el caso, probablemente la primera parada sería Vilanova i la Geltrú. El programa abarcó desde las antípodas –tanto Aldous Harding como Balu Brigada proceden de Nueva Zelanda– hasta lo local: Dan Peralbo i El Comboi o Remei de Ca la Fesca, entre otros, son de poblaciones a poco más de una hora en coche de Vilanova i la Geltrú. También el espectro sonoro fue amplio, contando con artistas sobradamente consagrados –desde la gira de despedida de Saint Etienne, que han decidido que ya iba siendo hora de retirarse tras publicar “International” (2025), hasta la infalibilidad de Fatboy Slim– y con recién llegados como Tyler Ballgame, cuyo debut “For The First Time, Again” (2026) lo ha catapultado a la popularidad.

Tras su “renacimiento” el año pasado, el festival se muestra consolidado con un público fiel que responde a cada nueva edición y ya mira hacia el 2027 con ilusión. El primer nombre anunciado apunta maneras: Chinese American Bear y su pop psicodélico bilingüe. Javier Burgueño

Jueves, 2 de julio

Consecuencias de las cada vez más continuas olas de calor: empezamos el Vida esperando a Maria Jaume refugiados bajo la sombra de la mesa de sonido del escenario La Masia, el más castigado por el sol despiadado que a veces domina la explanada de tierra del festival. Estamos a primeros de julio, época de fiestas mayores y celebraciones estivales similares, y eso es lo que nos propone Maria junto a su banda, rememorar a ritmo de electropop la fiesta mayor de su pueblo natal mallorquín, Lloret de Vistalegre, eje central sobre el que gira su último disco, “Sant Domingo Forever” (2026). En directo la propuesta funciona, y temas como “Sant Domingo Forever” o “Festa i drama” trasladan al público los recuerdos de la inocencia y el hedonismo juvenil que conllevan esas celebraciones.

Hedonismo e inocencia: Maria Jaume. Foto: Óscar García
Hedonismo e inocencia: Maria Jaume. Foto: Óscar García
Y de una festividad a otra, en este caso teóricamente más piadosa, con la procesión metafísica propuesta por El Petit de Cal Eril en el escenario Estrella Damm, espectáculo-ritual colectivo en el que participaron diversas agrupaciones de bailes populares –con bastones, cintas, etc.–, bestias, bandas de música tradicional y un par de grúas. Desde una de ellas un predicador metafísico –el poeta Max Codinach, también conocido musicalmente como Gavina.mp3– declamaba versos mientras los acólitos procesionaban entre el público de camino hacia la última parada sobre el escenario. Allí, Joan Pons y compañía, acompañados por una ingente cantidad de invitados, revisaron sus canciones, haciendo hincapié en su último álbum, “ERIL ERIL ERIL” (2025). Empezaron y finalizaron acompañados por Tarta Relena en “Aigua fosca” y “Ara no sé que dir-te”, cediendo el turno entremedias a destacados artistas de la escena catalana como Mar Pujol, Ferran Palau, Remei de Ca la Fresca, Dan Peralbo o La Ludwig Band, entre otros.

El Petit de Cal Eril: desfile metafísico. Foto: Óscar García
El Petit de Cal Eril: desfile metafísico. Foto: Óscar García
Saint Etienne pasó por el festival a despedirse de sus fans después de anunciar el final de su carrera tras la publicación de su, nunca mejor dicho, “International”. Y lo hicieron a base de hits, demostrando su condición de banda imprescindible a lo largo de todos estos años en el escenario La Masia. Algún guiño se llevó también su álbum final, como la espectacular y pegadiza “Brand New Me”, pero evidentemente fueron temas como “Who Do You Think You Are”, “You’re In A Bad Way” o “Pale Movie” los más aplaudidos. Canciones que hicieron que el público congregado en las primeras filas bailara mientras en sus ojos se vislumbraban pequeñas lágrimas de emoción, conscientes de que se trataba de un adiós.

Sarah Cracknell: Saint Etienne nos dice adiós. Foto: Óscar García
Sarah Cracknell: Saint Etienne nos dice adiós. Foto: Óscar García
En la zona boscosa del festival, el escenario de La Cabana dio algunos problemas durante el jueves, y quienes más lo sufrieron fueron los californianos Osees, que tuvieron que esperar más de veinte minutos hasta poder comenzar su actuación. John Dwyer, guitarrista y líder de la banda, pasó gran parte del concierto pidiendo disculpas al público por ello. Estas dificultades y el mal rato que pasó Dwyer no hicieron mella en Osees, que con sus dos baterías descargaron una jam psicodélica en la que la mayor parte de los temas se sabe cuándo empiezan pero no cuándo acaban, para disfrute del personal concentrado en los alrededores.

Osees contra los circunstancias. Foto: Óscar García
Osees contra los circunstancias. Foto: Óscar García

Pasar la noche en la zona del bosque iba a deparar más alegrías a los seguidores del guitarreo desacomplejado y festivo, primero con los supervitaminados y mineralizantes Dan Peralbo i El Comboi, que tal y como proclaman en su tema “Ai ai ai quin goig que fas”, hacen bailar hasta al más empanado. Divertidos y estimulantes, una buena dosis de Peralbo y compañía te arregla la noche y hasta un festival, justo lo que ocurrió en el escenario La Cova. Más tarde llegó el punk-pop de unos Alavedra enérgicos –quien no se ponga a saltar inmediatamente con un trallazo como “Confía” debería considerar hacerse una revisión médica, por si las moscas– y capaces de reírse de todo, empezando por ellos mismos, algo que les hizo superar sin apenas dificultades un nuevo problema técnico en La Cabana: genios y figuras.

Dan Peralbo i El Comboi: viva la fiesta. Foto: Óscar García
Dan Peralbo i El Comboi: viva la fiesta. Foto: Óscar García
La primera noche la cerramos en el escenario La Masia con Alcalá Norte y su muro de sonido que va del post-punk al pop noventero, con cruces de referencias intelectuales y mundanas en sus letras –de los Pitagóricos a Cristiano Ronaldo– en un directo cada vez más sólido y contundente. Empezaron por todo lo alto y, aunque por un momento pareció que iban a entrar en piloto automático, superaron el bache marcándose una actuación memorable, con versión del “Gimme! Gimme! Gimme! (A Man After Midnight)” de ABBA incluida. Javier Burgueño

La solidez de Alcalá Norte. Foto: Óscar García
La solidez de Alcalá Norte. Foto: Óscar García

Viernes, 3 de julio

Si alguien se encuentra con el uruguayo Juan Wauters deambulando por el paseo marítimo de Vilanova i la Geltrú –cargando su acordeón y cantando el estribillo de su tema “A volar”: aquello de “te gusta la tele, te la pasas ahí metida, así te inventan la vida, tienes miedo de pelear”–, que le avise, por favor: la edición 2026 del Vida ya ha terminado. Lo suyo fue uno de los momentazos más maravillosamente delirantes que he vivido jamás en un festival. Luego os lo explico.

Como quiero ver a Edna Bravo, que abre la segunda jornada del Vida de El Garraf en el escenario La Cova, me presento en Vilanova i la Geltrú casi cuando Alcalá Norte están cerrando la velada inaugural del festi. Cosas de tribunero con miedo a no encontrar donde aparcar. A las 15 o 20 personas que estamos por ahí, entre ellos Ferran Palau, deberían darnos algún premio especial a la entrega. Hace tanto calor que si metiera la cabeza en el horno de casa, en comparación me parecería estar en Siberia un mes de diciembre. De la escuela de cantautoras de Anna Andreu, Edna Bravo muy bien. Como muy bien, también, los británicos Preen en el escenario El Vaixell: pop de melodías radiantes y armonías pluscuamperfectas. Imaginaos a Belle And Sebastian haciendo versiones de los Carpenters. Eso son estos londinenses.

Es precioso ver bailar a todo un festival. Lo han conseguido Frente Cumbiero haciendo danzar entre nubes de polvo a todos los que nos acercamos a La Cabana: lo único malo del Vida es ese terruño polvoriento que te hace regresar a casa con la garganta como si te hubieras fumado un cartón de Ducados en un par de horas, y con los zapatos como si te hubieras cruzado el Sahara andando. Los de Bogotá nos advierten que lo suyo es “tropicanibalismo”, y no engañan. Nos devoran con su fusión de cumbia tradicional y electrónica. Dadles al follow si os va el rollo de gente como Systema Solar, Mitú, Lido Pimienta o Bomba Estéreo. Como una orquesta de gran salón de baile pasándose a un soundsystem callejero y dándole a ritmos caribeños. Divertido y gozón no, lo siguiente.

Frente Cumbiero: cumbia caníbal. Foto: Óscar García
Frente Cumbiero: cumbia caníbal. Foto: Óscar García
Juan Wauters llega al escenario El Vaixell tocando el acordeón, infiltrado entre el público. La cosa promete. Dice que está aprendiendo a tocarlo. Que si se equivoca, que lo perdonemos. Cómo no perdonarlo. Lejos queda su época como líder de los garageros The Beets. Lo suyo ahora se acerca al antifolk, en algún cruce imposible entre Kiko Veneno, Syd Barrett y Daniel Johnston. Sería maravilloso verlos juntos cantando “Disfruta la fruta”. Wauters es un personajazo adorable. Pregunta qué hora es. Aún le quedan 15 minutos de concierto. Empieza a “A volar” subido sobre la barca del Vaixell. Baja e inicia una procesión cual flautista de Hamelín. Le seguimos por todo el festi hasta llegar al escenario principal. Y ahí se pierde. Véte a saber dónde está ahora. Maravillosamente delirante.

Juan Wauters y su acordeón: puro delirio. Foto: Óscar García
Juan Wauters y su acordeón: puro delirio. Foto: Óscar García
Ya que estaba por ahí, me quedo a ver a Júlia Isern Tomás, Lia Kali en el nomenclátor artístico. Juega en casa y despliega todo su arsenal sobre el escenario Estrella Damm. Pasión y autoconfianza nivel diosa. “Es el concierto en el que menos gente me conoce, soy Lia Kali y vengo dispuesta a conquistaros, nos vemos en el siguiente concierto”, se presenta, consciente de que suma más likes lejos de Barna que en su ciudad. La rodea una banda que empodera su propuesta de acento urbano tamizada de rap, flamenco y funk. Va sobrada. Como para no irlo cuando en tu repertorio tienes temas como “Me muero”, “Fosforito” (colaboración con Dellafuente), “Brindo x los míos” (colabo con Queralt Lahoz) y “Chulx” (colabo con Eladio Carrión ).

Lia Kali: el triunfo de la autoconfianza. Foto: Óscar García
Lia Kali: el triunfo de la autoconfianza. Foto: Óscar García
Todo el mundo se pira a ver a los sobrinos de Sopa de Cabra y Els Pets: La Ludwig Band. Son la banda del momento “en la catalana terra”. No es por llevar la contraria, disfruto con la Ludwig, pero me voy a La Cova a ver a Gazella, que son Los Planetas del siglo XXI, con menos interés por componer himnos generacionales pero más virtuosos. A través de los pantanales del shoegaze, dan un bolazo. Lo había gozado con sus dos álbumes, pero aún no los había visto en directo. Son, al menos durante los próximos días y aún bajo el efecto de su concierto, mi nueva banda favorita.

Gazella: yo soy shoegaze. Foto: Óscar García
Gazella: yo soy shoegaze. Foto: Óscar García
“So happy to be in Sitges”, se presentan los británicos Shame al más puro estilo Spinal Tap. Piscinazo de guiri haciendo balconing tó taja, eso de confundir Vilanova i la Geltrú con su vecina y rival histórica Sitges. No pueden decir que no sabían dónde iban. Los del sur de Londres ya habían actuado en el Vida en su edición de 2017. Este viernes regresaron ya establecidos como un nombre imprescindible de la actual escena post-punk. Hiperactivos y provocadores, incendiaron La Cabana con un bolo que basculó entre la presentación de su último largo, “Cutthroat” (2025), y lo más aclamado de sus anteriores álbumes.

Incendio Shame. Foto: Óscar García
Incendio Shame. Foto: Óscar García
Guitarricadelafuente es otro viejo amigo del festival. Álvaro Lafuente ya actuó aquí en 2022, poco después de publicar su álbum de debut, “La cantera”. Entonces era un artista novel que coleccionaba elogios. Ahora encabeza carteles de grandes saraos. El viernes todo el mundo lo quería ver decodificando los temas de su segundo largo, “Spanish Leather” (2025). Fue una actuación delicada en el escenario Estrella Damm. El susurro del amante en el oído. Un balanceo entre esa extraña dicotomía de estar mostrando algo extraordinariamente íntimo para deleitar a un colectivo eufórico, casi llegando a lo orgásmico. Un fenómeno bien sustentado en mimbres artísticos.

El fenómeno Guitarricadelafuente. Foto: Óscar García
El fenómeno Guitarricadelafuente. Foto: Óscar García
Pocos han relatado el desaliento vital de la juventud contemporánea como Marcos Crespo, alma del proyecto de post-punk mesetario y bedroom rock castizo Depresión Sonora. Promesa hace tiempo consolidada, su segundo largo, “Los perros no entienden internet (... y yo no entiendo de sentimientos)” (2025), fue de lo mejor que se publicó en nuestro país el curso pasado. Su directo en el escenario La Cabana también estuvo entre lo mejor que se ha visto este año en el Vida. Entre lo melancólico y lo intenso, resulta curioso sentirse reconfortado por unos temas que te abren en canal recordándote que todos somos víctimas de la ansiedad, el tedio de la rutina y la desorientación existencial.

Depresión Sonora contra el tedio. Foto: Óscar García
Depresión Sonora contra el tedio. Foto: Óscar García

Y a partir de aquí es cuando las horas empiezan a confundirse. En La Cova veo a Greta, la nueva representante de la estirpe Farelo, la de Bad Gyal y Mushkaa, que apareció en el escenario para acompañar a su gemela en “Señal de respeto”. Aunque también tira de Auto-Tune, a diferencia de sus hermanas lo suyo va más orientado hacia el indie y el pop. Urbano, pero pop al fin de cuentas. Me acerco a La Cabana disfrutar del punk-garage-pop de Mujeres, padrinos y gurús de la escena de guitarras barcelonesa. Un “Caen imperios” a pleno pulmón siempre entra bien a estas horas –también unas pocas cervezas, solo unas pocas, porque estoy de servicio– de la madrugada. Me despido del Vida por hoy en el escenario La Masia con el synthpop y french house de Lewis OfMan, productor parisino de nombre tan rimbombante como el de todos los franceses que se dedican a la electrónica. Lewis Pierre Simon Delhomme es sobrino del cineasta Benoît Delhomme –director de fotografía de pelis como “El olor de la papaya verde”– y nieto de Georges Delhomme, uno de los fundadores de la empresa cosmética Lancôme. Pero aquí no hemos venido a juzgar ascendencias genealógicas, sino a bailar. Con el bueno de Lewis en el escenario lo difícil es no hacerlo.

Encuentro el coche. Tribunero, mi gran pesadilla en un festival es perder las llaves del coche y, cuando las encuentro, no encontrar el coche. Arranco. Pongo dirección a la AP-7. Cuando estoy abandonando Vilanova me parece verlo. Creo que sí, que es Juan Wauters con su acordeón. Oriol Rodríguez

Lewis OfMan: dance chic. Foto: Óscar García
Lewis OfMan: dance chic. Foto: Óscar García

Sábado, 4 de julio

El sábado empezó con este redactor jugando a la ruleta rusa frente a Rodalies de Renfe y, evidentemente, perdiendo. La idea de ver cómo Irieix llevaba al directo la amalgama (casi) imposible de estilos –música tradicional catalana retorcida, Luis Aguilé, Auto-Tune, música latina y cien mil etiquetas mutantes más– de su debut en formato largo, “Irieix I ‘el Geperut’” (2025), quedó truncada conforme pasaba el tiempo en un oscuro túnel de la Ciudad Condal, gracias a un tren varado, olvidado por los jefes de estación mientras otras máquinas pasaban junto a él, entre otros componentes de una serie de catastróficas desdichas. Queda pendiente.

Irieix: ensalada catalana. Foto: Óscar García
Irieix: ensalada catalana. Foto: Óscar García

En su último disco, “Aniversari feliç” (2026), Ferran Palau ha prescindido de la batería. Sobre la barca del escenario El Vaixell se presentó acompañado de Bruna González al violonchelo, Marcel·lí Bayer a los vientos –travesera, clarinete, saxofón– y su inseparable Jordi Matas a las cuerdas. La ausencia de percusión conlleva un ritmo más pausado, un mayor protagonismo de las palabras y los detalles. En un lugar como El Vaixell, tan cercano e íntimo, estos adquieren mayor protagonismo, llegando a la emoción en momentos como “Que no plogui tan fort” o “Tan feliç”.

Ferran Palau: luz en la intimidad. Foto: Óscar García
Ferran Palau: luz en la intimidad. Foto: Óscar García
Sobre el escenario Estrella Damm, Aldous Harding nos abrió una rendija a su mundo particular acompañada por su banda. Se trataba de una trampa, porque una vez te asomas a ella estás perdido, cayendo bajo la influencia de sus canciones, siendo arrastrado por sus letras. Pop de cámara de muchos quilates y folk psicodélico, con Harding moviéndose con destreza entre estilos y dejando su impronta personal en cada tema. Aunque su cuerpo esté sobre el escenario, ella realmente habita en el interior de sus canciones, compartiéndolas desde las profundidades de su ser, haciendo de sus directos una experiencia catártica e inolvidable.

Aldous Harding, catártica. Foto: Óscar García
Aldous Harding, catártica. Foto: Óscar García
Yerai Cortés se presentó solo sobre la barca de El Vaixell, acompañado únicamente de su guitarra, para desgranar una selección de temas de sus dos discos bajo el silencio respetuoso del público. Entre tema y tema explicaba los palos que iba tocando: una malagueña, una taranta de Alicante, una farruca de Lebrija… Mientras, comentaba que le resultaba más fácil recordar el palo que el nombre que les había puesto en el disco, ya que en el fondo lo había hecho para que el oyente pudiera nombrar los temas. Así siente su música Yerai y así se la transmite a su público: emoción a flor de piel, y, por segundo año consecutivo, efusiva ovación de admiración tras su recital.

Yerai Cortés, solo flamenco. Foto: Óscar García
Yerai Cortés, solo flamenco. Foto: Óscar García
Cupido acaban de publicar el álbum “Amor compartido”, plagado de colaboraciones con otros artistas. Es un disco que presentarán en directo en salas en los próximos meses y que contará con una detallada producción y puesta en escena. Por eso el grupo obvió las nuevas canciones en su actuación en La Masia, tirando de repertorio ya conocido por su público, que lo disfrutó plenamente, con temas como “La pared” o “Tu foto”.

Cupido pop. Foto: Óscar García
Cupido pop. Foto: Óscar García
En la otra punta del recinto, en La Cabana, Tyler Ballgame presentó “For The First Time, Again”, debut en el que trae a nuestro tiempo el rock clásico de los sesenta y setentas para actualizarlo. Intenso, vibrante y acompañado por una banda solvente y entregada, Ballgame se desfondó sobre el escenario, logrando una conexión emocional con el público que provocó una emotiva retroalimentación entre el músico y su audiencia. Sin duda fue uno de los triunfadores del festival.

Tyler Ballgame, la revelación. Foto: Óscar García
Tyler Ballgame, la revelación. Foto: Óscar García
Los neozelandeses Balu Brigada, el primer nombre del cartel del Vida 2026 anunciado por el festival, vinieron a darlo todo en agradecimiento. Los hermanos Beasley salieron al escenario La Masia hipermotivados de principio a fin, intercambiando instrumentos y liderazgo vocal, pasando gran parte del concierto sobre los monitores frente al escenario para estar lo más cerca posible del público, especialmente al interpretar hits como “So Cold” o “Backseat”. Aprovecharon también para versionar a Grimes vía “Oblivion” y presentar un nuevo tema, “Bedhead”.

Balu Brigada: desde Auckland con amor. Foto: Óscar García
Balu Brigada: desde Auckland con amor. Foto: Óscar García

Por suerte, la sonorización con unos graves excesivos que provocó claros de público delante de los altavoces del escenario Estrella Damm, sin duda para evitar futuros problemas auditivos, no penalizó la actuación de Maria Arnal. Precisa, coreografiada milimétricamente y a la vez plena de sentimiento y emoción. Hubo tiempo para revisitar su álbum en solitario, “AMA” (2026), recuperar temas tradicionales como “Cant de la Sibil·la” o recordar los álbumes que firmó junto a Marcel Bagés, como la enorme “Tú que vienes a rondarme”. Sublime. Tirando de profesionalidad y frescura, Fatboy Slim, cerró el festival en el Estrella Damm haciendo bailar al público que todavía aguantaba en el recinto hasta bien pasadas las cuatro de la madrugada, poniendo así un estupendo punto final a esta edición. Javier Burgueño

Algo sublime: Maria Arnal. Foto: Óscar García
Algo sublime: Maria Arnal. Foto: Óscar García
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