
Si bien el sonido del grupo es definido como country-soul, tiene mucho más de la última parte del binomio. Pero es un soul arrastrado, nocturno, como el que domina “JP And Me”, una balada en la que además de vientos solemnes hay una marejada de cuerdas absolutamente cinemáticas. Las letras no dejan dudas. Así, en “Nancy & The Pensacola Pimp”, la protagonista “was 16 when got under the thumb of him”. Menor en manos de un chulo, con final vengativo y unos vientos y un órgano que remite a Booker T. And The M.G.’s, lo mismo que la línea del bajista Freddy Trujillo en los jubilosos vaivenes de “Maureen’s Gone Missing”, que también combina los momentos delicados, cercanos a un fraseo recitado. Ramon Súrio
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Grabado en su estudio-taller y editado por su sello Berreto, fusionan con soltura psicodelia, krautrock, canción francesa, electrónica o bandas sonoras, sonidos orgánicos y sintéticos. Así, el tema “Tu viens Marie?” une una fuerte influencia de Serge Gainsbourg y Jane Birkin, aderezado con borbotones lisérgicos y las reverberantes enseñanzas del dub. No falta, a modo de cierre, un sentido homenaje a su querida Françoise Hardy en forma de versión yeyé y a la vez triposa de “Où va la chance”, servida por la frágil voz de Silvia Palmerini. Otro cover es el del clásico “Louie Louie”, que ellos transforman en un cruce de caricia french pop y sedante marejada de guitarras narcóticas. Ramon Súrio
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Quizá no llegue a las cotas de excelencia de hitos como “Double Cup” (DJ Rashad) o “Dark Energy” (Jlin), pero no anda muy lejos. Y, a diferencia de otros grandes títulos recientes del footwork (“Unleash”, de Heavee, o “Established!”, de RP Boo), Traxman no necesita revolucionar ni refinar demasiado el libro de estilo footworkiano para sonar fresco, convincente y plenamente contemporáneo. El secreto, por tanto, no radica en este caso en una paleta sonora renovada o en retorcer los patrones rítmicos; ni tan siquiera en alterar el tempo característico de su lenguaje (160 bpms). La idea de Cornelius es más simple: demostrar que el footwork puede contaminar cualquier otro estilo. Carles Novellas
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Sin miedo a usar ese término, este es el disco-de-madurez de Earl Sweatshirt. Una madurez encarada desde la vitalidad, la alegría y el amor, pero también desde la incertidumbre y el miedo a no estar a la altura de las circunstancias. A sus 31 años, Thebe Neruda Kgositsile acaba de ser padre por segunda vez, y esa hermosa responsabilidad –porque así ve él su paternidad, dispuesto a no repetir el ciclo del abandono: “God know my heart and that I’m out here tryna change the course, I’m working on it”, asegura en “CRISCO”– moldea en este disco su perspectiva vital. También lo hace la relación que mantiene con su esposa, la actriz y humorista Aida Osman, desprendiendo los versos más cándidos de su carrera. Anton Casas
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Aunque Carminho afirma que no tiene intención de cambiar el fado, en este nuevo disco, producido por ella misma, sí hay “audacias”, ejemplarizadas en sonidos de instrumentos poco convencionales en el fado, como es la guitarra eléctrica. Pese a estas instrumentaciones, el trabajo de Carminho no es revolucionario, pero sí audaz. El tono general coincide con lo que la memoria colectiva entiende como fado: ese regusto nostálgico y emotivo que transita por el dolor y el desgarro. Ella no ha querido desprenderse de las referencias inequívocas del género, que han sido respetadas, alumbradas con arreglos más que audaces. Jesús Rodríguez Lenin
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Los Beatles tenían su “White Album” y el francés Benjamin Biolay tiene “Le disque bleu”, su disco azul, un doble ambicioso donde se supera como compositor. Lejos queda “Rose Kennedy” (2001), debut que nos descubría a un compositor estelar. Este trabajo supone un nuevo hito en su carrera. Entronca con “La superbe” (2009) en cuanto a la exhibición como compositor y a la magnificencia como creador. Hay algo de inagotable en estos dos álbumes, de doce canciones cada uno. Cada escucha gana en matices y en capas, algo que sucede en las obras que pasarán a la historia. Biolay es un maestro, un fantástico fabricante de canciones, y aquí de nuevo alcanza su esplendor, su grandeza. Andrés Castaño
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Desde hacía años Natalia Lafourcade venía dedicándose a reversiones del cancionero popular, en un movimiento que, más adelante, conferiría una profundidad singular a su oficio. Fue allí donde floreció una nueva identidad. En este sentido, la artista da un nuevo paso adelante al asumir el alter ego Cancionera, homónimo del disco lanzado en abril. Recibidas con gran expectativa, las catorce canciones refuerzan la idea de que Lafourcade entrelaza sus discos como un gran cordel musical en el que se encuentran tradición y presente. Serenas, las pistas apuntan hacia un recorrido sentimental tan bello como el trazado por su antecesor, aunque no completamente libre de fallas. Guilherme Araujo
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No es fácil hacer un trabajo como este, que no superpone ni fusiona, sino que más bien integra para dibujar y habitar un espacio genuino y propio, una dimensión muy personal en la que la naturaleza tiene integrado el club, como si fuera la savia que circula por sus arterias, o el club implica una disociación casi astral, conteniendo entre sus paredes y sus techos la infinidad de un plein air. Que comparte visión radical con el Flying Lotus de “Cosmogramma” (2010) y el Four Tet de “Rounds” (2003) en su síntesis de organicismo, IDM, ambient y UK bass, pero que también funcionaría como un disco de The Bug hecho por Jon Hopkins en un mundo en el que Jon Hopkins es Squarepusher. Diego Rubio
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Refulge y satisface allá donde le hinques el diente. En las baladas, en los medios tiempos, en los destellos de inmediatez en que se muestra más directo. Bien puede ser su declaración de intenciones más ambiciosa. El gran trabajo poliédrico con el que sueña todo songwriter que se quiera preciar de gran autor. Un muestrario que rebosa detallismo, dinamismo, intimismo, reflexividad, lirismo, desafío, travesura, delicadeza, rockerío y muchas otras sensaciones que, combinándose a veces unas con otras en la misma canción, indagan con sutileza y maestría, sin prisa alguna, en cuestiones tan universales como la autenticidad o la fidelidad a los propios principios. Una joya. Carlos Pérez de Ziriza
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El cuarto álbum de Turnstile no pretende demostrar nada. Lo que hace ahora es quedarse con el control del volante y pisar a fondo. Turnstile construye un disco que se permite estallar, arder, flotar y evaporarse sin dejar de sonar a ellos mismos. Puede que “NEVER ENOUGH” no tenga el factor sorpresa de “GLOW ON”, pero tampoco lo necesita. Es un disco menos inmediato y más atmosférico, que gana con escuchas y no teme sonar enorme, melancólico o directamente raro. Donde otros habrían hecho una copia segura del éxito anterior, Turnstile se suelta el cinturón, pisa el pedal y redibuja qué puede ser una banda de hardcore en 2025. Y lo mejor es que parece que acaban de arrancar. Ana Dara Peña Giraldo
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Seguimos viendo a Squid catalogados, de vez en cuando, como grupo post-punk, pero en realidad hace tiempo que Ollie Judge ha diversificado su forma de cantar y que conduce a su grupo por tierras bastante difusas, colindantes con el post-rock, el krautrock, la electrónica o el indie rock. Son una entidad en constante mutación, incapaz de hacer un disco igual a otro y de actuar solo por cómoda inercia. En el ambiguamente titulado “Cowards”, su infinito tercer largo, buscan y encuentran nuevos motivos sónicos que añadir a su paleta. Que complicando la mezcla hayan logrado su disco más claro, accesible y directo tiene su misterio y su mérito, mucho mérito. Juan Manuel Freire
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“A Danger To Ourselves” no excluye lo tradicional –“amorcito caradura”, casi “el exceso según cs”–, pero se decanta por experimentar con las texturas y los ritmos propuestos por Álex Lázaro, su talentoso percusionista y colaborador habitual al menos desde 2022. El resultado es un trabajo atmosférico que no prescinde del estrato melódico aunque lo minimiza. A cambio, “A Danger To Ourselves” plantea una experiencia sensorial unitaria –otra influencia del cine aunque sus trece cortes tengan sobrada entidad propia por separado–, suscitando de paso esa reflexión tan recurrente alrededor de los misterios de la composición: qué hay de original y qué de antiguo en todo esto. José Manuel Caturla
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Algo ha permanecido inalterable: la extrema personalidad de un frontman como pocos ha habido en la historia del indie rock. Destroyer se pasan el álbum destroyerizando diversos sonidos, siempre desde una perspectiva sónica más cálida y orgánica que en los últimos discos, más sintéticos. Aquí todo está empañado de soledad, cansancio y, a pesar de todo, esperanza. Solo alguien que todavía ama la vida podría componer algo tan inspirador, embriagador e intenso como“Cataract Time”, lo más cercano a una canción pop clásica (o al material del importante “Kaputt”, de 2011) que incluye “Dan’s Boogie”. Tema, todo sea dicho, de ocho minutos de duración y con letras improvisadas sobre la marcha. Juan Manuel Freire
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Su mezcla de electrónica, música experimental y hip hop se dio a conocer formando parte del dúo 700 Bliss, compartido con la insobornable poeta y activista Moor Mother. Tras curtirse con varios EPs, esta artista de Brooklyn demuestra poderío en “Beside Myself”, incidiendo en su maestría mezclando ritmos bailables, drones experimentales, hip hop, constantes guiños a los sonidos de sus ancestros y haciendo gala de una buena agenda de amistades. Hace falta llegar a “Remaining” para comprobar su potencial aglutinador, con la participación del rapero palestino Dakn y el trompetista Aquiles Navarro; este añade un fondo soundscape a un tema dominado por las voces de Dakn y DJ Haram. Ramon Súrio
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Juana Molina es tan peculiar y especial como su música. “DOGA” es más profundo y espacioso que su predecesor, el aclamado “Halo” (2017), con toques orquestales sintetizados: las guitarras de “miro todo” suenan (a partir del minuto y medio de la canción) como violines desafinados, pero es exactamente así como quieres que suenen. Los sintetizadores de “rina soi” podrían ser los de un viejo disco de Autechre, mientras que en “la paradoja” el inicio es casi tan maquinal como una canción de Suicide, aunque con una voz más amable… En realidad, casi toda la instrumentación se basa en viejos sintetizadores analógicos, de esos que parecían las centralitas telefónicas de “Las chicas del cable”. Jesús Rodríguez Lenin
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Tanto Lina_ como Marco Mezquida son colaboradores natos cuya personalidad artística crece en contacto con el talento de los demás. Ambos parecen llevados por la misma voluntad de renovar la tradición, de conjugar una emoción ajena al tiempo y la distancia. El título de este cuarto álbum de Lina_ no da lugar a equívocos: igual que en los dos anteriores, el fado es su centro de gravedad. Lina_ se aleja del perímetro sonoro del fado ortodoxo, tan apegado a la guitarra portuguesa, para afrontar el género desde otras sonoridades y texturas. “O fado”, cuyo armazón sonoro se asienta únicamente sobre el piano de cola de Mezquida, parece anclado en un pretexto más clásico. Juan Monge
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Nate Amos y Rachel Brown funcionan cada vez más en una dimensión enteramente propia; el primero no deja de probar nuevas estrategias sónicas, compases imposibles, estructuras diabólicas, mientras que la segunda sigue buscando la emoción desde la desafección vocal o retorciendo palabras en busca menos de respuestas que de una cierta electricidad y un cierto misterio. De nuevo, con sus canciones llenas de cosas y giros es más fácil pensar en Deerhoof, aunque hace tiempo que estos últimos no entregan algo tan excitante como “It’s A Beautiful Place”. Da igual si sus temas significan algo o no; hay que hacer caso a la generación Z y dejarse llevar por las vibes. Juan Manuel Freire
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Desde su estudio en Lisboa y con una separación sentimental de por medio, el confundador de Animal Collective entrega en “Sinister Grift” (algo así como “Estafa siniestra”) su disco más accesible hasta la fecha y el mejor desde el magistral “Person Pitch” (2007). Etéreo y psicodélico, poético e imaginativo, antiguo y moderno, “Sinister Grift” –envuelto en esa portada a lo Caravaggio obra de Rivka Ravede– es la prueba de que el motor de Animal Collective, disperso o cohesionado, continúa con la brújula en la dirección adecuada aunque las cimas de “Strawberry Jam” (2007) y “Merriweather Post Pavilion” (2009), discos que definieron el pop de cambio de siglo, sean difíciles de alcanzar. Juan Cervera
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La hora del difícil segundo disco ha llegado y Model/Actriz han decidido bajar el nivel de “ruido” (en ocasiones bellamente asfixiante), pero eso no significa bajar la intensidad. “Pirouette” sigue teniendo esa disonancia no wave y ese retorcido latido de bacanal que los caracterizó en sus espectaculares inicios, pero hay un poco más de melodía. Ciertamente, se intuye que Model/Actriz podrían ir en cualquier dirección futura: mantener estos hallazgos de (relativa) suavidad en su sonido y aspirar a un puesto en las grandes ligas del indie rock, o volver a ahondar en su propio psicodrama. Ahora mismo son apasionantes: una fiesta de baile para gente que se siente bien y se siente mal. Jesús Rodríguez Lenin
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Su razón de ser siempre ha estado en tratar de encontrar emoción, belleza y alma en música inerte y denostada, atrezo sonoro aparentemente sin vida. La sensación es la de adentrarse en una casa solariega que parece construida con recuerdos deformados de la infancia. A cada paso, se agolpa la misma mezcla inasumible de extrañeza y costumbre en los pasillos y las habitaciones. Lopatin es todo un maestro en invocar la experiencia de los sueños en sus discos y puede que jamás haya logrado plasmar ese desbordamiento del subconsciente como aquí. “Tranquilizer” despliega imágenes tan reconocibles como delirantes, como un holograma insólito, un salvapantallas derritiéndose píxel a píxel. Juan Monge
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La mayor sorpresa de “moisturizer” es que venga tan cargado de canciones de amor, después de un álbum de debut tan sarcástico (a costa de los corrillos indie de Isle Of Wight) y con tantos temas de ruptura. Teasdale se ha enamorado locamente, como deja claro desde el principio en una “CPR” en la que sus sentimientos la dejan con necesidad de reanimación cardiopulmonar. Quienes busquen a las Wet Leg más gamberras disfrutarán sobre todo con “catch these fists”, bomba garagera sobre (o mejor, en contra de) la invasión del espacio personal. En el otro extremo de energía estaría la meditabunda ¿y verdadera cima del disco? “11:21”, una perla de baladismo art pop que gustará a Julia Holter. Juan Manuel Freire
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Como en su sonido queda espacio libre, pueden probar a añadir cosas nuevas, como ese violín en “In Twos” o al final de la divertida “2468”. Sin electricidad enmarañada por todas partes, el alto nivel de composición pop se deja ver con claridad. También quedan más a la vista las emociones: aquí encontramos temas emo sobre dejar atrás la adolescencia (“Rock City”), el no poder dejar atrás la incertidumbre, el trabajo que puede llevar a veces conectar (“I Know You’re Shy”) o esperar con ansia a que la persona que quieres se despierte (“Frontrunner”); que se despierte para, por ejemplo, poder ponerle tu nueva canción favorita, que en el caso de este cronista sería la propia “Frontrunner”. Juan Manuel Freire
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Somerville está sorprendiendo a propios y extraños con su debut largo en 4AD, sello al que había regalado un par de versiones por su 40º aniversario: asaltos suaves a “Seabird”, de Air Miami, y “Kinky Love”, de la legendaria Nancy Sinatra. En el punch de esta última se adivinaba la pronta llegada de una Somerville diferente, una creadora que parece saber mejor quién es, lo que quiere y, sobre todo, dónde quiere estar: en su natal Connemara, paisaje salvaje en la costa oeste rural de Galway (Irlanda) al que regresó tras una temporada en Dublín. Su agua, sus nubes y su amplitud nutren no solo espiritual, sino también incluso sónicamente este álbum de apego a las raíces y a la comunidad. Juan Manuel Freire
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Como un maestro shaolín capaz de controlar sus impulsos tras horas de concentración y de guardarse su mejor golpe para el final, ha soltado la obra más innovadora del techno de este año, y probablemente de lo que llevamos de década. Hace lo que un músico superdotado como él tendría que intentar siempre: inventar un nuevo lenguaje que lleve el contexto en el que se encuentra a otro nivel. Un idioma que aquí es hipertenso, distorsionado y amenazante, encapsulado en temas cortos que concentran todo su poder en pocos minutos y evitan en todo momento la monotonía, enemiga de ese techno que se mira demasiado a menudo el ombligo y del que Blawan ha querido escapar. Carles Novellas
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Al de Chicago no le basta con mantener a flote a Wilco, echarle un cable a Mavis Staples, salir de gira en solitario o con su hijo Spencer y escribir libros, así que sumando tiempos muertos se ha sacado de la manga el monumental y encantador “Twilight Override”. 30 canciones, casi dos horazas de música y ni un solo segundo de relleno. En su quinto trabajo en solitario, esa estrategia de ensayo-error se traduce en una versión refinada, exquisita y popular en el mejor sentido del término del folk-rock, la americana y la canción de autor como melancólica exploración del otoño de la vida. No es un aparatoso capricho ni una oda a la desmesura, sino una impecable vuelta al sol. David Morán
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Se cierra por todo lo alto con “Bikini” y no busca reproducir su pulso ni su energía, tampoco su visión comercial, sino más bien lo contrario: este es un disco sumergido y más introspectivo de lo que parece, que prefiere ir por la puerta de atrás que por los caminos conocidos, que persigue mostrar la decadencia de lo que entendemos por bello y que encuentra liberación en una especie de baile mental, onírico, bastante lejos del club pero sin perderlo de vista. La esencia es la fusión, una alta entropía de géneros musicales de herencia tropical y caribeña –con sus evoluciones “blancas”– que conforman el ADN del productor estadounidense de origen colombiano. Diego Rubio
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Aunque en sus orígenes These New Puritans exhibían una pegada derivada de un post-punk más cercano a lo industrial y abierta a cierta disonancia electrónica y rítmicas más agresivas del hip hop hardcore de los noventa, su carrera más bien se ha definido por una aproximación ceremonial a la música, mucho más contemplativa, y por incorporar paulatinamente el espectro neoclásico. “Crooked Wing” balancea excepcionalmente la intensidad y la intimidad, la megalomanía y la circunspección, la pegada física y la abstracción, y ofrece algunos de los momentos más adictivos de su carrera, al mismo tiempo que deja ver una persecución de la belleza naturalista entendida de una forma más concreta. Diego Rubio
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Entre el goce estúpido de quedarse y la urgencia por irse se debate constantemente “Big City Life”, un disco que se sitúa en un lugar esencialmente onírico sonorizado por el jazz de Chicago y Nueva York, el electro y el hip hop de los ochenta, el lounge retrofuturista de Stereolab y Air, el trip hop, los pianos de Clarisa Connelly, la psicodelia o el electroclash, todo desnudado hasta el esqueleto y en versión rudimentaria, y que apela, como lo hacía desde Hong Kong el músico Bolis Pupul en su último “Letter To You” (2024), a una especie de city pop contemporáneo y underground que romantiza, no sin comentario crítico, la vida artística en la gran ciudad y los mitos alternativos. Diego Rubio
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Se inspira en un ciclo solar, desde los primeros rayos hasta los últimos. Funciona como un círculo en el que “ABRIR MONTE” (la que inicia) y “COMBAT” (la que cierra) se acercan más a las corrientes ambientales o al space age tardosesentero, como si la colombiana en otra vida hubiera sido amiga íntima de Mort Garson y Robert Moog. “ABRIR MONTE”, de hecho, se refiere a una práctica consistente en desbrozar una parte de este para hacer el camino más transitable: de ahí que esta introducción sea más abstracta y menos percusiva. Por su parte, el contenido de ese sándwich aumenta de intensidad a medida que nos acercamos al ecuador, siendo el techno más puro protagónico en la mitad del trabajo. Marta España
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Baxter Dury ha llegado a esa madurez en la que ya no necesita comparaciones con su progenitor ni aparentar más de lo que es. A sus 53 años, con su noveno álbum de estudio, “Allbarone”, nos sorprende con una explosión magistral de creatividad, gamberrismo y sarcasmo. Moda, arte, sonido, atmósfera, imagen… Tal vez sea su madurez o esa impronta británica lo que le da ese aire de elegancia. El resultado es una obra tan personal como social, donde Baxter se convierte en un crítico mordaz del capitalismo emocional. Estamos ante un Baxter más maduro, juguetón, irreverente y audaz: un auténtico maestro del descaro que se ríe de la cultura nocturna mientras consigue que sigamos bailando. Laia Marsal
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Karly Hartzman y sus muchachos han revalidado su condición de grupo que, dentro del espectro indie, están llamados a llevar la tradición vaquera outlaw a las cuitas e inquietudes juveniles contemporáneas, dentro de un imaginario de historias en los márgenes protagonizadas por los misfits de la tierra. Si bien el arte de la portada y las historias de Karly, además del título mismo del disco, podrían invitarnos a pensar que estamos ante una obra de bajonazo, no es para nada lo que se define en el álbum, ni siquiera en sus pasajes más perturbadores. Estamos ante una banda profundamente cohesionada que ha dejado claro su estilo en un momento de inspiración altísimo. Isabel Guerrero
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El componente experimental que siempre se ha asociado a su música queda aquí relegado a una simple forma de entender la producción y la relación de los elementos y su posicionamiento y protagonismo en el conjunto, como ocurre en el repertorio menos indescifrable de Grouper. Es un disco realmente mucho más folk que sus predecesores, aunque su percepción del folk sea espectral; marcado por pastorales psicodélicas como la de “Why Me” o la hipnótica “Peaceful”, y guiado a veces por melodías perfectas como la de “Exit Vendor”, una balada casi grunge empapada de melancolía dream pop que tiene algo de la versión de “My My, Hey Hey” (Neil Young) de Chromatics, “Into The Black”. Diego Rubio
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Contiene vulnerabilidad, autodestrucción, masoquismo, relaciones conflictivas y crueles abandonos amorosos. “Janie”, el corte que lo abre, ya muestra todo eso. “To love me is to suffer me”, repite Ethel Cain durante los ocho minutos de la estupenda “Nettles” entre evocadoras guitarras slide y un bellísimo arreglo de violín country. También es un disco de contrastes: internos, dada la variedad de registros, pero también comparándolo con los dos álbumes anteriores. Hayden Anhedönia recupera lo que hay de accesibilidad pop en el primero, así como los largos desarrollos del segundo. José Manuel Caturla
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Parece negativizar la realidad ideal estadounidense hasta revelar la pesadilla que es. La sensación turbadora y apocalíptica flota incluso sobre las producciones más jazz y cannábicas. Si el rap sigue significando algo hoy que todo está tan pervertido, si puede hablarle a la razón y al corazón deshojando las posibilidades que le da el lenguaje para construir poesía, belleza u horror, la respuesta la da fácil billy woods. Y “GOLLIWOG” es seguramente la cima de una madurez que empezó en 2019 y cristalizó definitivamente con la pandemia, pero también una especie de culminación conceptual de un viaje por los confines del rap que empezó hace ya más de veinte años. Larga vida a billy woods. Diego Rubio
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Se aprecia que el sonido es más orgánico y clásico que en anteriores entregas. En repetidas escuchas, más de uno se preguntará en qué momento esta mujer pudo sentir la ausencia de confianza en sí misma, porque su voz y su manera de cantar o rapear están más llenas de determinación que nunca. Se atreve a probar diferentes palos. En “Young” exagera el acento inglés para armar una canción de pop que la acercaría a las noventeras Shampoo de no mediar la negritud del sonido. A continuación, el ritmo de jazz, sección bossa nova, subraya la elegancia de los coros de Lydia Kitto, mientras que en “Free” son unos preciosos arreglos de cuerda y unos coros los que ayudan a cantar al amor. Pepe Nave
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Si antes podíamos situarlos en la intersección de folk, emo y post-rock, ahora las etiquetas comienzan a quedarse cortas y empezamos a meditar sobre cómo describir lo desconocido. Combinando lo orgánico y lo artificial, las maquetas y las grabaciones de estudio, consiguen un disco abierto, expansivo e infinito, de aquellos que suenan diferentes a cada escucha. Acaban de hacerlo todo absorbente esas letras tan basadas en frases repetidas, mantras enigmáticos a los que el oyente puede dar el significado que desee. Algunas frases cortas pueden sonar en distintos temas, como sucede con “lightning on sky”, primero oída en “Song two” y más adelante en la gritada “Two riders down”. Juan Manuel Freire
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Puede sonar refinada, casi inalcanzable. Pero jamás pierde el cable a tierra de una emoción palpable, identificable y anclada en la radiofórmula de su infancia. En su música late el presentimiento insistente de que todo es puro juego. Su aproximación al pop sortea la tentación del virtuosismo: es un animal de conservatorio que estudió piano, chelo y teoría musical durante muchos años. Pero siempre acaba oscilando hacia lo asequible. Encarnando un trasunto de Natalie Imbruglia, Nelly Furtado y Dido, esboza reflejos más claros del pasado sin dejar de sonar al futuro. Esa mezcla irreal entre la nostalgia y lo futurista empapa todo lo que hace, fijando su música en el presente. Juan Monge
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Prácticamente todos los temas en este “Los Thuthanaka” están nombrados tras una danza tradicional aimar –huayño, caporal, kullawada, parrandita o salay– que se inserta en un continuum de ritmos afrodiaspóricos que dan forma a lo que entendemos como latin club. Despliega una espiritualidad material, canalizada a través del baile y desde varias emociones. La percepción del tiempo ha sido una constante en la trayectoria de Chuquimamani-Condori, pero con “Los Thuthanaka” se sublima dinamitando la linealidad y apostando por una alucinación que parece eternizarse, que se sustenta en los principios de repetición del serialismo integral. Diego Rubio
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Si su anterior disco era como despertarse en plena parálisis del sueño en medio de la pista –rodeado de gente anónima que son como los demonios de los que habla “the names of Faggot Chav boys”–, o como quedarse atrapado en la incapacidad motriz de un pedo de keta, y la idea que se reforzaba era la de sumisión y trascendencia, en su nuevo álbum temas como “off to the ESSO” o “heat death” parecen más bien rememorar esos momentos pero desde una perspectiva irónica, reflexiva y crítica, pero sobre todo más materialista y física: el primero es una frenética colisión de hardcore techno y dubstep ácido, mientras que el segundo parece representar directamente un viajazo mezclando ketamina y coca. Diego Rubio
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Para su segundo álbum, lejos de ofrecer una prolongación de su primera encarnación –lo cual sería comprensible dado que ha grabado con el mismo equipo–, ha dado con un sonido distinto, a base de trabajar más la producción, jugando con los instrumentos reales, filtrándolos o devolviéndoles su sonido habitual, añadiendo samples, colchones de teclado, reverb y repeticiones que lo alejan del citado sonido Soulquarians para acercarlo, entre otras cosas, al de Prince de los ochenta, brillantemente actualizado con aportes de las producciones R&B más osadas de las últimas décadas. Imposible no referirse repetidamente al genio de Minneapolis, en su versión menos funky y más romántica. Pepe Nave
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Probablemente haya pocas bandas que hayan estado o estén tan activas como los Swans tras su reforma o, como lo denominó Michael Gira en su momento, su “reconstitución”. Al principio, la insistencia en la terminología podría haberse calificado como una argucia semántica, pero los años transcurridos desde la publicación de “My Father Will Guide Me Up A Rope To The Sky” en 2010 han sido impresionantes; no solo por el número de álbumes, sino también por su tamaño y extensión: se ha tratado, a menudo, de obras gigantescas –cuesta creer, a la vista de las catedrales de sonido que elabora, que Michael Gira escriba la mayoría de las canciones de los Swans solo y con guitarra acústica–, algunas de las cuales solo podían presentarse en dos cedés o tres discos de vinilo, y las canciones se desarrollaban e iban evolucionando durante las numerosas giras y conciertos, tan exigentes para la banda como para el público, al que se abruma por la intensidad, la repetición ritual del mantra. Swans son todo o nada. Y “Birthing”, si es lo último de este formato “orquestal”, no iba a ser una excepción. El nuevo álbum abre con “The Healers” y cuando Gira dijo en una entrevista para el pódcast www.thevinylguide.com que echaría de menos, en el futuro, los crescendos, esta idea encaja bien con la pieza de casi 22 minutos, que se va intensificando gradualmente tras un largo pasaje inicial sostenido, al que no se incorpora la batería hasta el minuto 7 tras los paisajes sonoros del principio. Jesús Rodríguez Lenin
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Max Oleartchik dejó la banda y, en vez de cerrar filas, Adrianne Lenker, Buck Meek y James Krivchenia decidieron abrir la puerta de golpe. Resultado: “Double Infinity”, su sexta entrega de estudio, un álbum grabado en Nueva York con un ejército de invitados. Con “Dragon New Warm Mountain I Believe In You” (2022) firmaron un disco desbordante, veinte canciones de folk expansivo, psicodelia luminosa y una intimidad compartida como pocas. Entremedias publicaron como un acto de generosidad “Passional Relations”, un EP solidario con cinco descartes de 2018-2020. Mientras tanto, Lenker siguió alimentando su propio mito en solitario, capaz de entregarnos la delicadeza espectral de “Bright Future” (2024) o la intimidad en bruto de “Live At Revolution Hall” (2025), confirmando que su voz y su escritura ya juegan en liga histórica. Es desde ese doble frente desde el que “Double Infinity” se planta como un nuevo comienzo más dispuesto a abrirse hacia lo comunitario y lo espiritual. El mito de las cuatro cabezas se quebró, pero en “Double Infinity” Big Thief han encontrado una nueva forma de respirar. Todo se diluye en una masa sonora más coral, con capas de voces, percusiones y reverbs. El folk sigue ahí, pero atravesado por loops, mantras y texturas que lo empujan hacia otro territorio. Se abre así un ciclo distinto, más arriesgado, más expansivo y, al mismo tiempo, profundamente humano. Big Thief han vuelto y, sorpresa, siguen mutando. Ana Dara Peña Giraldo
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Las tareas vocales se asientan en un tridente formado por Tyler, Georgia y May que recuerda a boygenius y en el que apuestan definitivamente por el pop barroco, los arreglos profusos, las ricas armonías –ojo a “Mary”– y un espíritu folkie y progresivo muy británico. “For The Cold Country” es más Joanna Newsom que Squid, una maravilla mutable y dramática que estalla recordando a los Arcade Fire de “The Well And The Lighthouse”, y “Nancy Tries To Take The Night”, con su arranque juglaresco a dos guitarras y la mandolina de Georgia y su repetitivo crescendo de vientos puntillistas, ejemplifica también a la perfección la evolución que estas canciones han vivido desde las tablas al estudio; ambas son el propulsor de un disco que se siente, a todos los efectos, como el debut de unos Black Country, New Road completamente reseteados. Están en su momento Fleetwood Mac, y esto sería en cierto modo su “Tusk” (1979), una reinvención bizarra, un freak show medieval en el que integran clavecines y flautas dulces como las que componen el abrigo de la voz de May en la titular –y björkiana– “Forever Howlong”. Un disco fábula, en el que grandes historias, leyendas oscuras sacadas de un folclore medieval de caballeros, posadas y doncellas, como la de la siniestra “Two Horses”, se confunden con narraciones sobre la amistad realmente no tan abstractas. En “Forever Howlong”, Black Country, New Road abandonan de pleno el cinismo del post-punk y cualquier conexión con una escena ya totalmente atomizada. Diego Rubio
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Un grupo mítico anuncia su regreso discográfico. La felicidad de rencontrarse con un viejo amigo; el miedo de que ese legado quede manchado por un intento nostálgico de volver a un pasado que ya no puede volver. La banda en cuestión es Pulp, combo británico liderado por Jarvis Cocker que, tras un período underground durante los años ochenta y primeros noventa, encontró el éxito masivo con su álbum “His N Hers” (1994) y, sobre todo, “Different Class” (1995), convirtiéndose en actor clave del movimiento britpop y, en general, en uno de los grupos idiosincráticos del pop de su país.
Lo que ya no se podía esperar tanto es que Pulp anunciaran también un nuevo álbum y que este tuviera la enjundia de este “More”. Nadie va a esperar que a estas alturas el combo entregue una obra maestra que supere a la trilogía noventera de los de Sheffield, pero “More” es mucho más que un trámite. De hecho, en cierta medida, suena tan exultante que uno podría pensar que tan solo han pasado un par de años desde “We Love Life” (2001), su anterior LP.
En “More”, la memoria y el presente se entremezclan, la realidad y la ficción. Ir a ver a los Stone Roses en su momento de gloria (es decir, ser joven de nuevo). Rememorar a Tina, una chica de Sheffield que dejó huella en Cocker aunque nunca llegaron a hablar. “Grown Ups” es todavía más explícita en su reflexión sobre el paso del tiempo. Una suerte de continuación con menos ironía y más dolor de “Help The Aged”, el himno incluido en “This Is Hardcore” (1998). Nacho Ruiz
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El álbum nace cuando Tahliah Debrett Barnett (re)descubre la música techno en Europa del Este y se reconcilia con su cuerpo en la pista de baile. En ese sentido, se hace patente que “EUSEXUA” no es un álbum de sexo en el sentido más gráfico y explícito de la palabra, sino la forma en la que la artista se ha reconciliado con su fisicidad tras algunos sucesos dolorosos.
Para ello, recurre a la rave, la música electrónica y el club. En lo musical, mezcla gran parte de los estilos asociados con la celebración. Casi todas sus referencias se enmarcan en la década de los noventa: FKA twigs crea una fórmula sabiendo lo que funcionaba en aquella época, pero aportando texturas contemporáneas, más ligeras y con menos capas. Así, en “Girl Feels Good” se hacen patentes las referencias a Massive Attack o Portishead, mientras que “Perfect Stranger” se acerca a Kylie Minogue. “Drums Of Death” combina R&B con glitch pop a través de una producción vocal que vuelve a reflejar esa esencia global de trance dance que inunda todo el trabajo. En esta última, además de contar en la producción con Koreless, también participa G-Dragon, titán del k-pop de la década pasada y líder de uno de los grupos más exitosos del pop hallyu (Big Bang). Las canciones tampoco serían difíciles de empastar en una sesión de house o Jersey club, y es que son protagónicas las frecuencias agudas por encima de las graves. Ahí radica la innovación de twigs: techno pop con una ecualización controvertida. Marta España
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Su nuevo álbum, regreso oportuno a la acción musical tras más de quince años de silencio discográfico, es exactamente todo lo que esperarías de un nuevo disco de Stereolab, para bien y para mal, una especie de resumen de su trayectoria, una compilación formada exclusivamente por nuevas canciones.
En “Instant Holograms On Metal Film”, Stereolab abren más que nunca el reparto de voces aunque Sadier mantenga el papel protagonista, y sobre todo se asientan en fórmulas “jazzísticas” para lograr el dinamismo que ya no les permiten los juegos melódicos.
Más cerrado seguramente que nunca en torno a la escena de Chicago, que siempre acogió a los anglofranceses como su satélite más auténtico, en su regreso Stereolab acuden a Cooper Crain para ayudar en la grabación y para añadir sintetizadores, al multinstrumentista Rob Frye y al cornetista Ben LaMar Gay, que brilla especialmente en “If You Remember I Forgot How To Dream Pt. 1”, para reforzar su pulso progresivo y su interés por la repetición desde un lugar que no deja de ser maquinístico, pero que al mismo tiempo es mucho más orgánico. Así lo demuestra un tema como “Flashes From Everywhere”, que termina siendo uno de los que mejor sirven para describir en general el sonido disco, quizá del mismo modo que “Esemplastic Creeping Eruption”, que cambia durante sus seis minutos tanto y tan sutilmente como Stereolab lo hacen a lo largo de su trayectoria. Diego Rubio
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Compruebo que ya se han hecho numerosas listas en plan “los mejores discos inspirados en la pandemia del COVID-19”, pero, cinco años después de todo aquello, el influjo del confinamiento sigue sobrevolando sobre nuevos trabajos que aparecen. Es cierto que Perfume Genius publicó en 2022 “Ugly Season”, aunque aquella era una obra por encargo, y grabada antes del coronavirus. Es por eso que el séptimo álbum de Mike Hadreas se debe entender como la continuación de “Set My Heart On Fire Immediately” (2020), la expresión artística de toda la complejidad de pensamientos y sensaciones que han pasado por su cuerpo y su cabeza en este último lustro. “Glory” sería un estado mental que no suena frontalmente glorioso pero que, de alguna manera, debe tener pleno sentido para él.
“Full On” introduce una de las imágenes más poderosas del álbum: “Vi a todos los quarterbacks llorando / tumbados en el césped / y cabeceando como una violeta”. “Hanging Out”, por su parte, es poética y, al tiempo, violenta en una onda entre gore y surrealista, y muestra al narrador como si fuera un cerdo devorando a un personaje llamado Tate. En cuanto al sonido, hay cierto predominio del rock clásico y la americana, pero no tan frontal como parece. Eso está más patente en el arranque, con “It’s A Mirror” y “No Front Teeth”, esta última engrandecida por la ¡ma-ra-vi-llo-sa! colaboración vocal de Aldous Harding y por un desarrollo que sorprende con su fuga hacia un indie rock distorsionado. David Saavedra
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Parece un collage fragmentado en el que, si bien el final de una canción parece conectar con el principio de la siguiente, las texturas se entrelazan desde un planteamiento casi anárquico, como si hubiera tratado de condensar todos los discos que marcaron su infancia en uno solo: algo así sucede con el jungle que rompe en mitad de “The Last Of England”, con el indie clásico de “The Train (King’s Cross)” o con los arreglos sinfónicos de “Vivid Light”. Por ello, la intencionalidad del álbum va cambiando de forma abrupta: “Mind Loaded” pasa de un piano arpegiado a otro percutido con rabia casi de la nada, y en “Vivid Light” se detiene el ritmo lo-fi para dar pie a un solo de chelo, combinando capas que, pese a todo, no se suceden con agresividad.
Los recuerdos, sin embargo, nunca se presentan en su forma plena ni objetiva; siempre están velados por una neblina de percepciones fragmentarias, desplazamientos temporales y reinterpretaciones constantes. “Essex Honey” es de lo más experimental que ha aparecido en 2025 dentro del espectro del pop, y no ha sido tanto por intención propia sino por llevar desde la era prepandémica aprendiendo otros sistemas tonales y modales para ser capaz de quebrarlos a su antojo. Así, el nuevo disco de Blood Orange, como cualquier memoria, está plagado de grietas, recuerdos y otras partes borrosas: es un recuerdo de todo lo que ha sido, pero también un reflejo de la persona en la que se ha convertido. Marta España
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La canción inicial, “Trinidad”, marca la pauta: una base melódica de funk-rock se ve salpicada por estallidos caóticos de guitarra, batería, trombón y voces gritadas. En la canción que da título al álbum, los potentes riffs de rock sureño dan paso a acordes abstractos y discordantes, como si se despojaran de la piel de Lynyrd Skynyrd y encontraran a Radiohead. Suena descabellado, pero la agitada energía rítmica de la canción discurre, en sus transiciones, por esos derroteros, en los que tenemos que fijarnos, además, en la batería de Bassin como fuerza motriz del disco.
Los casi siete minutos de la canción final, “Long Island City Here I Come”, pasan volando con una flexible interacción de percusión mientras Cameron Winter se embarca en un delirio febril al estilo de Dylan. Cameron es un vocalista expresivo, que pasa de forma impredecible de un murmullo nasal de aires folk de los Apalaches (¿recordáis a los “osos montañeses” de los dibujos animados?) a los gritos desinhibidos de un enfebrecido cantante de rock de los setenta. Y, personalmente, prefiero al Cameron Winter de Geese que al que debutó en solitario: suena menos histriónico en compañía de su banda que en el entorno musical más tranquilo de su paradójicamente titulado “Heavy Metal”. Y la neurótica fiereza de su música (más rockista, pero con algo que también remite a los psicóticos inicios de Talking Heads) me resulta también muchísimo más convincente. Jesús Rodríguez Lenin
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En su sexto álbum de estudio, el rapero muestra la cara más oscura de Puerto Rico. No es su primer acercamiento a la gentrificación y turistificación de los barrios: “El apagón” (2022) versa sobre un corte de luz de más de 20 horas en un hospital del Estado, y venía acompañada de un corto-protesta. A esta le siguió “Una velita”, en la que también hablaba de la expulsión de los puertorriqueños por parte de los de fuera, y que hoy se entiende como una suerte de teaser de su nuevo LP.
Obviamente, es un álbum de folclore. Tradición y modernidad, porque va a ser complicado que Bad Bunny se desapegue de la 808. Aun así, el grueso del trabajo se mueve entre la música popular puertorriqueña y la salsa, no necesariamente de cosecha propia. El LP se abre con “NUEVAYoL” (primer guiño a su fonética natal), cuya base es una fusión de samplear “Un verano en Nueva York” de El Gran Combo de Puerto Rico y una caja de ritmos aguda y opaca. “BAILE INoLVIDABLE” empieza como una balada urbana dominada por unos sintetizadores lush y un manto de pads para meter, inmediatamente, un combo de viento metal y transformarse en una salsa al completo, con sus congas y su piano sincopado.
“DeBí TiRAR MáS FOToS” es el disco más oscuro de Bad Bunny pese a los ritmos festivos que emplea. Un disco de folclore crítico con la instrumentalización capitalista del género, en el que el puertorriqueño no da puntada sin hilo sobre todos esos pensamientos que, aunque en su cabeza durante mucho tiempo, nunca había logrado desarrollar con tanta coherencia como hasta ahora. Marta España
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1986 Joe Jackson Big World / 1987 Prince Sign 'O' The Times / 1988 Public Enemy It Takes A Nation Of Millions To Hold Us Back / 1989 Pixies Doolittle / 1990 Jungle Brothers Done By The Forces Of Nature / 1991 Massive Attack Blue Lines / 1992 R.E.M. Automatic For The People / 1993 PJ Harvey Rid Of Me / 1994 Portishead Dummy / 1995 Tricky Maxinquaye / 1996 Sepultura Roots / Tortoise Millions Now Living Will Never Die / 1997 Spiritualized Ladies And Gentlemen We Are Floating In Space / 1998 Manu Chao Clandestino / 1999 The Flaming Lips The Soft Bulletin / 2000 The Magnetic Fields 69 Love Songs / 2001 Mogwai Rock Action / 2002 El-P Fantastic Damage / 2003 Robert Wyatt Cuckooland / 2004 Tom Waits Real Gone / 2005 M.I.A. Arular / 2006 Joanna Newsom Ys / 2007 Animal Collective Strawberry Jam / Panda Bear Person Pitch / 2008 Portishead Third / 2009 Animal Collective Merriweather Post Pavilion / 2010 Kanye West My Beautiful Dark Twisted Fantasy / 2011 PJ Harvey Let England Shake / 2012 Swans The Seer / 2013 Kanye West Yeezus / 2014 Sun Kil Moon Benji / 2015 Kendrick Lamar To Pimp A Butterfly / 2016 Nick Cave And The Bad Seeds Skeleton Tree / 2017 Kendrick Lamar DAMN. / 2018 Low Double Negative / 2019 FKA twigs MAGDALENE / 2020 Fiona Apple Fetch The Bolt Cutters / 2021 Low HEY WHAT / 2022 Kendrick Lamar Mr. Morale & The Big Steppers / 2023 Lana Del Rey Did you know that there’s a tunnel under Ocean Blvd / 2024 Charli XCX brat ∎